Juan Gómez-Jurado - El emblema del traidor

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Esta obra obtuvo el VII PREMIO DE NOVELA CIUDAD DE TORREVIEJA 2008
otorgado el 26 de septiembre de 2008, en Torrevieja (Alicante), por el siguiente jurado: J. J. Armas Marcelo, José Calvo Poyato, Julio Ollero, Nuria Tey (directora editorial de Plaza Janes) y Eduardo Dolón (concejal de Cultura del Excmo. Ayuntamiento de Torrevieja), actuando como secretario Alberto Marcos.
***
Estrecho de Gibraltar, 1940. En el epicentro de una tormenta, el capitán González rescata a un grupo de náufragos alemanes. Cuando cesa el temporal, el cabecilla le obsequia con un emblema de oro macizo. De la conversación con ellos, González no olvidará dos palabras: traición y salvación. En torno a este emblema gira la aventura de Paul, un joven huérfano que vive con su madre y sus tíos, los barones von Schroeder. Una revelación oculta sobre la extraña muerte del padre de Paul precipitará una peligrosa investigación en el Munich de entreguerras. Ni siquiera su amor por Alys, una intrépida fotógrafa judía, acabará con su obsesión por descubrir qué le sucedió realmente a su padre. Pero lo que Paul no sabe es que su indagación traerá consecuencias imprevisibles y cambiará para siempre el destino de las personas que le rodean.

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El símbolo del profano es la mano tendida, abierta, solitaria pero capaz de aferrarse al conocimiento.

1

Había sangre en las escaleras del palacete de los Schroeder.

Paul Reiner se estremeció al verla. No era la primera sangre que veía, por supuesto. Entre primeros de abril y mayo de 1919, todos los habitantes de Munich habían vivido, concentrado en apenas treinta días, todo el horror que no habían sentido en cuatro años de guerra. En los meses inciertos entre el fin del Imperio y la proclamación de la República de Weimar, numerosos grupos intentaron imponer sus intereses. Los comunistas habían tomado la ciudad y declarado Baviera una república soviética. Los saqueos y los asesinatos habían aumentado a medida que los Freikorps acortaban el trecho entre Berlín y Munich. Los rebeldes, conscientes de que les quedaba poco tiempo, se dieron prisa en llevarse por delante a cuantos enemigos políticos pudieron. Civiles ejecutados en plena noche, sobre todo.

Así que Paul había visto ya rastros de sangre, pero ninguno en la puerta de la casa donde vivía. Y éste, aunque pequeño, se metía por debajo del quicio de la gran puerta de roble.

Con suerte Jürgen se habrá caído de boca y se habrá roto todos los dientes, pensó Paul. Tal vez así me dejase en paz unos días. Meneó la cabeza con tristeza. No sería tan afortunado.

Tenía tan sólo quince años, pero una sombra de amargura le cubría el corazón, como las nubes aquel perezoso sol de mediados de mayo. Apenas media hora antes, Paul remoloneaba entre los arbustos del Englischer Garten, contento de haber vuelto al colegio una vez terminada la revolución, no por las clases. Paul iba siempre por delante de sus compañeros, e incluso del profesor Wirth, que le aburría soberanamente. Paul leía todo lo que caía en sus manos y lo absorbía como un borracho la bebida en día de cobro. Fingía atender en el aula y siempre era el primero.

Paul no tenía amigos, por más que se esforzara en acercarse al resto. A pesar de todo disfrutaba del colegio porque las horas de clase eran horas sin Jürgen, que iba a una academia donde los suelos no eran de linóleo y los pupitres no tenían los bordes desportillados.

Siempre regresaba a casa dando un rodeo por el Garten, el parque más grande de Europa, que aquella tarde aparecía casi desierto, sin tan siquiera los sempiternos guardas de chaqueta roja dispuestos a reñirle cada vez que abandonaba el camino de tierra. Paul aprovechó la circunstancia y se quitó los raídos zapatos. Le gustaba pisar la hierba con los pies descalzos, y mientras caminaba se agachaba distraído y recogía alguno de los miles de panfletos amarillos que los aviones del Freikorps habían arrojado sobre Munich la semana anterior, exigiendo la rendición incondicional a los comunistas. Los iba arrojando en las papeleras. De buena gana se hubiera quedado a limpiar todo el parque, pero aquel día era jueves, y tenía que encerar los suelos del cuarto piso del palacete, una tarea que le llevaría hasta la cena.

Si por lo menos él no estuviera…, pensaba Paul. La última vez me encerró en el cuarto de las escobas y volcó un cubo de agua sucia sobre el mármol. Suerte que mamá me oyó gritar y me sacó antes de que Brunhilda se enterase.

Paul quería recordar un tiempo en que su primo no se había comportado de aquel modo. Años atrás, cuando ambos eran muy pequeños y Eduard los traía al Garten de la mano, Jürgen le sonreía. Era un recuerdo fugaz y breve, casi el único hermoso que le quedaba de él. Luego vino la Gran Guerra, con sus orquestas y sus desfiles. Allá se marchó Eduard, agitando la mano y sonriendo mientras el camión que lo llevaba iba cada vez más deprisa y Paul corría junto a él deseando marchar al frente con su primo mayor, estar sentado a su lado y lucir aquel impresionante uniforme.

Para Paul, la guerra había consistido en las noticias que leía cada mañana en la pared de la comisaría camino del colegio a lo largo de cuatro cursos, muchas veces abriéndose paso entre una maraña de piernas, algo que nunca le había costado trabajo porque era delgado como un cuchillo. Allí leía complacido los avances del Ejército del Káiser, que cada día tomaba miles de prisioneros, ocupaba ciudades, y expandía las fronteras del Imperio. Luego en clase dibujaba un mapa de Europa y se entretenía en imaginar cuál sería la siguiente gran batalla, y si en ella estaría Eduard. De pronto, y sin que nadie lo advirtiese, las «victorias» comenzaron a producirse cada vez más cerca de casa, y los partes de guerra anunciaban casi siempre «regreso a las posiciones de seguridad previstas inicialmente». Hasta que un día un enorme cartel proclamó que Alemania había perdido la guerra. Debajo había una lista de lo que tenía que pagar por ello, y era muy larga.

Leyendo aquella lista y aquel cartel, Paul se había sentido engañado y estafado. De pronto ya no hubo un colchón de fantasía que mitigase el dolor por las cada vez más frecuentes palizas de Jürgen. La gloriosa guerra no iba a esperar a que Paul creciese y fuese a reunirse con Eduard en el frente.

Y por cierto, no es gloriosa en absoluto.

Paul se quedó mirando la sangre de la entrada durante unos instantes. Descartó mentalmente que la revolución hubiera empezado de nuevo. Había pelotones de Freikorps patrullando por todo Munich. El charco sin embargo parecía fresco, una anomalía minúscula sobre la gran escalinata de piedra, en cada uno de cuyos escalones cabían dos hombres acostados a lo largo.

Será mejor que me dé prisa. Si vuelvo a llegar tarde tía Brunhilda me matará.

Se debatió un poco más entre el miedo a lo desconocido y a su tía, y este último prevaleció. Sacó del bolsillo la pequeña llave de la puerta de servicio y entró al palacete. Dentro todo parecía estar en calma. Se encaminaba hacia la escalera cuando oyó tensas voces procedentes de la zona noble de la casa.

– Se resbaló mientras subíamos, señora. No es fácil agarrarlo, y nosotros estamos muy débiles. Las heridas no paran de abrírsele desde hace meses.

– Estúpidos incompetentes. No me extraña que perdiésemos la guerra.

Paul cruzó el recibidor intentando hacer el menor ruido posible. La mancha alargada de sangre que se colaba por debajo de la puerta se había convertido en un goteo espaciado en dirección al salón más grande del palacete. Dentro, su tía Brunhilda se encontraba junto a dos soldados encorvados sobre un sofá. Se frotaba las manos con fuerza hasta que se dio cuenta de ello y las ocultó entre los pliegues de su vestido. Incluso parapetado tras la jamba de la puerta, Paul no pudo evitar encogerse de miedo viendo así a su tía. Los párpados se habían convertido en finas rayas grises, la boca que normalmente apenas revelaba la edad de su dueña estaba retorcida en un signo de interrogación, la voz autoritaria vibraba por la ira.

– Miren cómo está poniendo la tapicería. ¡Mariis!

– Baronesa -dijo la criada, adelantándose y entrando en el campo de visión de Paul.

– Busque una manta, deprisa. Llame al jardinero, habrá que quemar sus ropas, están llenas de piojos. Y que alguien avise al barón.

– ¿Y al señorito Jürgen, señora baronesa?

– ¡No! A él menos que a nadie, ¿me has comprendido? ¿Ha vuelto del colegio?

– Hoy tiene esgrima, señora baronesa.

– Estará aquí enseguida. Quiero que este desastre esté arreglado antes de que vuelva -dijo Brunhilda-. ¡Vete!

La criada pasó junto a Paul en un revoloteo de mandil y faldas, pero éste no se movió, porque acababa de atisbar entre las piernas de los soldados la cara de Eduard. El corazón comenzó a latirle más deprisa. Así que era él a quien habían traído los soldados y a quien habían acostado sobre el sofá.

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