Estaba allí el calzado deportivo, pero faltaban las botas y la cazadora. Sentí una leve punzada de satisfacción. Al menos era un progreso.
Shiloh se había ido a donde fuera a pie. No había salido a correr ni al aeropuerto. Un recado. Debía de haberse dirigido a algún lugar, vestido ya para el viaje, y no había vuelto.
En eso sonó el teléfono.
– Soy yo. -Era la voz de Vang-. Han llegado algunos faxes de los hospitales de la zona de Virginia. En las últimas setenta y dos horas no ha ingresado nadie que coincida con la descripción de tu marido.
– Lo sé -dije.
En mis primeros días como detective, Genevieve me dijo en una ocasión: «Cuando tienes un caso de desaparición que consideras cierto, y has tenido una mala impresión desde el principio, la clave está entre las primeras veinticuatro a treinta y seis horas. Hay que trabajar duro y rápido». Habitualmente, casos como ésos solían ser desapariciones de niños. A veces las personas desaparecidas eran mujeres que se volatilizaban después de una compleja serie de circunstancias: pruebas de allanamiento o de agresiones, un coro de amigos testimoniando acerca de un horrible ex novio que rondaba por los alrededores, una reciente orden de alejamiento.
Ninguno de estos sucesos acompañaba la desaparición de Shiloh. En este caso, yo había empleado la mayor parte de las treinta y seis primeras horas en convencerme de que había desaparecido.
Por lo tanto, se trataba de hacer lo que no había hecho antes. Tenía que examinar todas las perspectivas que pudiera imaginar en las próximas veinticuatro.
Necesitaba hablar con las personas del vecindario. La mayor parte pertenecía a la clase trabajadora y, por consiguiente, no sería fácil encontrarlas en sus casas a mitad de la tarde. Por otra parte, los vecinos menos inmediatos necesitarían una foto de Shiloh para reconocerlo.
Había una persona, sin embargo, que lo conocía muy bien de vista y con la que tenía trato frecuente.
Probablemente, la viuda de Muzio había visto a Shiloh muchas más veces que cualquiera de los otros vecinos. Lo apreciaba mucho, ya que Shiloh cuidaba de ella en muchas ocasiones. Lo hacía porque Nedda Muzio vivía sola y sufría los achaques de la senilidad.
Era dueña de un perro de buen talante y tipo fuerte, con el pelo crespo de un perro lobo, aunque puede que hubiese en su sangre algo de pastor.
Este animal, que tan impropiamente recibía el nombre de Snoopy, solía escaparse de casa de la señora Muzio por una puerta desvencijada que pretendía cerrar el patio trasero. Normalmente, Shiloh escuchaba los chillidos de la señora cuando llamaba infructuosamente a su Snoopy. A menudo encontraba al perro detrás de la casa, revolviendo las bolsas de basura, y se lo devolvía a la anciana.
La señora Muzio se mostraba siempre efusiva ante el regreso de su mascota, en parte porque atribuía la desaparición de ésta a los «tunantes» que la perseguían. Eran los mismos «tunantes» que según ella le robaban del buzón el cheque de la Seguridad Social, cuando ella olvidaba la fecha y creía que ya era principio de mes. Los «tunantes» entraban en su casa y le abrían los grifos, le robaban comida de la alacena y se ponían a espiar por las ventanas en plena noche. Shiloh intentaba razonar pacientemente con ella, pero nunca logró hacer mella en lo que él llamaba su estructura alucinatoria.
Resultó mejor ayuda arreglar la puerta una tarde de sábado, lo cual permitió que Snoopy permaneciera a buen recaudo dentro de la casa.
Cuando me fui a vivir con Shiloh, la señora Muzio me dedicó una mirada severa. Su paranoia me atribuyó el papel de enemiga. «¿Por qué lo ha robado?», me increpó una de las veces que Snoopy desapareció; en otras ocasiones gritaba «Strega!», que en italiano significa «bruja», según me lo aclaró el diccionario bilingüe que hay en casa. Shiloh, divertido, me contó todo lo que le susurraba acerca de «esa mujer», atemorizada por la seguridad de mi marido.
De golpe y porrazo, por una razón que no llegué a discernir (puede que soplase el viento del noroeste, por ejemplo), dejó de tratarme de ese modo. Empezó a mostrarse amistosa. Yo ya no era una strega. Sólo era la chica que acompañaba a Shiloh, su fidanzata, es decir, su novia.
A medida que me acercaba a su casa, observé preocupada el camino de acceso. Necesitaba reparaciones. El cemento se había resquebrajado y se levantaba en verdaderas placas tectónicas que se elevaban y hundían por la fuerza de los veranos e inviernos de Minnesota. La anciana podía tropezar en los escombros. Pensé que le hablaría de ello a Shiloh cuando volviésemos a vernos.
Llamé a la puerta con la parte lateral de los puños y no con los nudillos, no por razones de rudeza, sino porque la señora Muzio era dura de oído.
– Hola, señora Muzio. ¿Puedo pasar un momento? -le pregunté en cuanto su figura se perfiló en el umbral.
Me miró con su cara benigna y pálida. Apenas medía un metro cincuenta de altura, y siempre iba encorvada.
– Me conoce, ¿verdad? -le interrogué.
– Sí, la fidanzata -respondió mientras todo su rostro se plegaba en una sonrisa.
– Ya no. Nos hemos casado -le expliqué.
No me respondió.
– ¿Puedo pasar? -repetí mientras restregaba mis botas en el felpudo para explicarme mejor.
Me gustaba el interior do aquella casa. La señora Muzio cocinaba mucho, mezclando carne con las hortalizas que cultivaba, de modo que en lugar de percibirse ese tufo mohoso propio de las casas donde viven solos los octogenarios, se aspiraban los aromas de la cocina italiana.
Una vez en la cocina, preparó café. Me mantuve de pie en su agrietado linóleo de color rosa pálido, y la observé. No me había comprendido cuando le había aclarado que Shiloh y yo nos habíamos casado. La verdad es que no tenía importancia pero, si no era capaz de comprender eso, dudé del alcance que podía tener un subsiguiente interrogatorio. ¿Podría hacerle entender algo a la señora Muzio?
La miré a los ojos.
– Ya no soy la fidanzata de Shiloh. Nos hemos casado.
Me observó sin comprenderme.
– Casada, ¿lo ve? -dije levantando una mano y mostrándole ostentosamente la alianza.
Comprendió y sonrió. Dijo incluso, con su acento de matrona italiana en una película de serie B, que la cosa le resultaba encantadora. Sirvió el café y nos sentamos a la mesa de la cocina.
– ¿Cómo está Snoopy ? -pregunté.
– ¿Snoopy ? -repitió. Hizo un movimiento de cabeza indicando la puerta tras la cual yo acababa de ver al perro de pelaje ceniciento que dormitaba ante el cuenco vacío de comida.
– Snoopy es… un viejo. Como yo -dijo sonriendo para sí misma. Le brillaba la mirada.
Sin proponérmelo, me figuré a una muchacha siciliana, seis décadas atrás, de ojos oscuros, risueña y fuerte. Siempre la había visto como una vieja viuda, y me sentí un poco avergonzada de mí misma.
– Escuche, señora Muzio -comencé-. Necesito hablar con usted. Mi marido. ¿Lo recuerda? Mike. -Hice una pausa.
– ¿Mike?
– Eso es -dije mientras afirmaba con la cabeza-. ¿Lo ha visto recientemente?
– Me arregló la puerta de atrás.
– Sí, pero eso fue hace meses. ¿Lo ha visto en los últimos días? -Intenté enfatizar las palabras clave.
– Lo vi andando por la calle -respondió.
– ¿Qué día?
Entrecerró los ojos, como si intentase ver la imagen de Shiloh.
– ¿Ayer, quizás? -sugirió.
– No creo que fuera ayer -puntualicé-. ¿Recuerda algo que hubiese pasado el mismo día en que lo vio?
– El gobernador hablaba por la radio.
– ¿Sobre qué?
– Hablaba por la radio -repitió sacudiendo lentamente la cabeza-. Parecía muy enfadado.
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