Conocía a Christian Kilander como fiscal del condado y como jugador habitual en partidos de baloncesto informales. Siempre nos habíamos llevado bien, pero sin profundizar, y me había sorprendido cuando se había saltado las normas del sistema al que ambos servíamos para advertirme de que era la principal sospechosa en la investigación de la muerte de Royce Stewart. Tras recibir la llamada de advertencia de Gen, lo primero que se me ocurrió fue ir a ver a Kilander, por si se había enterado de algo. Si al final no lo hice fue porque no me convenía en absoluto que nadie, ni siquiera él, supiera que me preocupaba el caso.
Aunque quizá no estaba siendo sincera conmigo misma. Si no había buscado la ayuda de Kilander era por otra razón más simple. Desde nuestro encuentro junto a la fuente, en diciembre, no habíamos vuelto a hablar, salvo cuatro frases que habíamos cruzado en el contexto de una investigación.
Si nos veíamos casualmente por la ciudad, se limitaba a saludarme con un gesto, cuando antes se habría detenido a cambiar unas palabras, y me producía la incómoda sensación de que procuraba evitar a una colega apestada igual que un hombre remilgado evitaría un charco de barro en la acera.
El acompañante de Kilander se volvió ligeramente y en ese momento me di cuenta de que lo conocía de vista. De treinta y tantos años, medía metro ochenta y tenía el cabello castaño, encanecido en las sienes. Salvo que me equivocara rotundamente, aquél era el hombre al que había visto observarme tras del volante de su coche mientras yo estaba de servicio, haciendo la calle.
El semáforo cambió y el tráfico de final de jornada me forzó a avanzar. Por el retrovisor, Kilander y su nuevo colega cruzaron la calzada y se perdieron de vista.
De vuelta en mi despacho, me encontraba escribiendo un breve informe cuando sonó el teléfono. Era Begans.
– Tengo novedades para usted -anunció.
– Bien. Le escucho.
– Verá, Paul sabía dónde está la cabaña de Hugh Hennessy y, por otra parte, teníamos que atender cierto asunto por la zona, unos chicos que disparaban al blanco en un lugar donde no está autorizado hacerlo, de modo que nos acercamos por allí y llamamos a la puerta.
– ¿Y? -Daba la impresión de que Begans quería hacerse de rogar.
– Que allí no hay nadie. La cabaña está desocupada desde hace tiempo. Todo estaba cerrado a cal y canto. El agua estaba desconectada.
– ¿Seguro? -repliqué.
Pero ya lo venía sospechando: la verdadera incógnita de la ecuación era Hugh Hennessy, y no Aidan.
– Completamente seguro. ¿Era esto lo que necesitaba saber?
– Sí -respondí y me cambié el teléfono de oído; el izquierdo me dolía de la fuerza con la que apretaba el aparato contra él-. Le agradezco que se haya ocupado del asunto tan deprisa. Deséele una buena jubilación a Paul.
– ¡Oh, la llevará fatal! -replicó Begans con una risilla-. Dentro de tres semanas estará harto de pescar y vendrá a reclamar su antiguo empleo.
Cuando colgué, reflexioné sobre lo que acababa de saber. Al condado de Hennepin le traía sin cuidado Aidan Hennessy. En cambio, si la persona desaparecida era Hugh, un residente del condado, el caso era claramente de su incumbencia, ¿no?
Podía conseguir sin problema la dirección de los chicos, pero de poco serviría presentarme en la casa. No creía que Hugh estuviera allí y que, sencillamente, se negara a participar en la búsqueda de su hijo. El muchacho, Liam, me había dicho que Hugh no estaba y lo había hecho sin que yo me identificara, lo cual significaba que los chicos Hennessy daban aquella respuesta a cualquiera que llamase.
¿Creían de veras que Hugh estaba en la cabaña, o mentían?
La pieza clave en todo aquello era Marlinchen. Era la única persona involucrada en aquel asunto que había buscado ayuda. Paradójicamente, por esa misma razón no quise volver a llamarla, ni presentarme en la casa en aquellos momentos. Los abogados, por lo menos ante los tribunales, nunca plantean una pregunta cuya respuesta ignoren. En los interrogatorios, resulta muy útil seguir esta máxima. Necesitaba conocer algunas respuestas, al menos, antes de hablar con Marlinchen. De lo contrario, podía colarme la primera mentira que se le ocurriera y no me enteraría.
Después me di cuenta de otra cosa: el oído izquierdo seguía doliéndome. Y no era la oreja, el pabellón externo, ni se debía a que apretara excesivamente el auricular contra ella. Se trataba más bien de un dolor pulsante, más profundo, en el canal auditivo. En realidad, resultaba bastante doloroso.
«No me gusta nada el aspecto de ese oído», había dicho Cisco. ¡Magnífico! ¡Quién habría pensado que aquel tipo resultaría ser un médico titulado y competente!
Tendría que darme prisa en elaborar mi informe sobre él, o empezaría a tenerle lástima. Ignoraba cómo se había metido en la situación desesperada que lo había llevado a recibir pacientes en un gran bloque de viviendas para pobres, pero estaba claro que era un hombre de gran inteligencia. La suficiente para saber que si se le ocurría quebrantar la ley, iría a la cárcel como cualquier otro.
Con todo, me pregunté cuántos años le caerían en la sentencia.
Al día siguiente, el dolor de oído había empeorado, pero lo mantuve a raya a base de aspirinas. El resfriado se me había pasado, me dije, y lo mismo sucedería con esto. Intenté olvidar que Cisco había sugerido lo contrario y me había prevenido de que tal vez necesitara una receta de antibióticos.
«Deja de preocuparte de sus malditos consejos -me dije-. El dolor desaparecerá solo, como tantas veces. Los médicos no pueden aceptarlo porque, si lo hicieran, se quedarían sin empleo.»Pero al otro día, el oído aún se resentía de que no le prestara atención. La última aspirina que había tomado por la noche dejó de surtir efecto y, cuando desperté, el tímpano me latía como un doloroso eco del pálpito del corazón. Me incorporé hasta quedar sentada, moviéndome muy despacio pues no quería que la menor subida de tensión sanguínea fuese a empeorar las dolorosas pulsaciones.
Cuando estuve preparada, fui al baño. Mi rostro era un estudio de contrastes, pálido con zonas de color intenso, febril. Engullí las tres últimas aspirinas y arrojé la caja a la basura. Seguramente estaba pasando la fase crítica, me dije. Un día más y empezaría la mejoría.
Me di una ducha de un cuarto de hora con la puerta y la ventana del baño bien cerradas, inhalando vapor. Después de una taza de té y un par de tostadas, empecé a notar el efecto de las aspirinas. Me sentí ligeramente mejor, lo suficiente para vestirme y salir.
Supongo que habrá quien considere extraño que alguien con semejante dolor y con fiebre no decida faltar al trabajo pero, de hecho, llegué temprano a la oficina. No me apetecía quedarme en casa sin nada en qué pensar más que en el dolor de oído y en el tiempo que tardaría en desaparecer si seguía negándome a ir al médico. Quería distraerme con el trabajo y, si faltaban horas para mi turno, Hugh Hennessy podía ayudarme a llenarlas.
– Sarah… -Tyesha alzó la vista de su escritorio con cara de ligera sorpresa-. Estaba a punto de llamarte. Prewitt quería que hoy vinieras un poco antes, pero no tanto. Sobre las tres y media, dijo.
– Está bien. -Me recogí un mechón de pelo detrás de la oreja buena-. ¿Ha dicho qué quería?
– No, lo siento. -Tyesha acompañó su respuesta con un gesto de cabeza.
Nadie más hizo comentarios sobre mi presencia en la oficina tan temprano. No me entretuve a hablar con ningún colega; me limité a tomar un té y a investigar los datos policiales sobre Hugh Hennessy. No constaban arrestos ni denuncias. Había una multa de tráfico de hacía un par de años, un giro prohibido, y Hugh había remitido el importe de la multa por correo sin incidencias. Nada más.
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