John Verdon - Deja en paz al diablo

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Nada es nunca lo que parece. Y menos si David Gurney está involucrado.
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.

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– Dave Gurney.

Una joven voz femenina, clara y brillante, dijo:

– Dave, ¡no sabes cuánto te lo agradezco! Connie acaba de llamarme y me ha dicho que estás dispuesto a hablar conmigo.

Por un segundo, se quedó desconcertado. Siempre le sorprendía que alguien se refiriera a su padre o a su madre por el nombre de pila.

– ¿Kim?

– ¡Por supuesto! ¿Quién creías que era?

Cuando no respondió, ella continuó a toda velocidad.

– Bueno, te diré por qué la situación es tan genial. Voy de camino a Siracusa, desde Nueva York. Ahora mismo estoy en el cruce de la ruta 17 con la I-81, lo que significa que puedo cruzar la I-88 y estar en Walnut Crossing dentro de unos treinta y cinco minutos. ¿Te parece bien? Ya sé que te aviso sin nada de tiempo, pero ¡es una casualidad! ¡Y me muero de ganas de volver a verte!

3

El impacto del asesinato

Las rutas 17, 81 y 88 convergían en el barrio de Binghampton, que estaba a más de una hora de Walnut Crossing. Gurney se preguntó si el cálculo optimista de Kim había surgido de una falta de información o de un exceso de entusiasmo, pero esa era la menor de sus preocupaciones cuando vio el pequeño Miata rojo que subía por el sendero del prado hasta la casa.

Abrió la puerta lateral y salió al trozo de hierba y gravilla donde tenía aparcado su Outback. El Miata se detuvo al lado. Una mujer joven que llevaba un maletín fino y que vestía con vaqueros, camiseta y un elegante bléiser con las mangas subidas bajó del vehículo.

– ¿Me habrías reconocido si no te hubiera dicho que venía? -preguntó ella con una amplia sonrisa.

– Quizá si hubiera tenido tiempo de estudiar tu cara -respondió él, examinando su rostro, enmarcado en un cabello castaño brillante, que llevaba peinado con una raya al medio no muy bien definida-. Es la misma cara, pero más radiante y feliz que el día que comí con tu madre y contigo.

Kim frunció el ceño un momento, en gesto reflexivo, y luego rio.

– No fue solo ese día, fueron esos años. Decididamente no era muy feliz entonces. Tardé mucho en darme cuenta de qué quería hacer con mi vida.

– Parece que lo has averiguado más deprisa que mucha gente.

Ella se encogió de hombros mirando hacia los campos y el bosque.

– Esto es hermoso. Tiene que encantarte vivir aquí. El aire parece muy limpio y fresco.

– Quizá demasiado fresco para ser el primer día de primavera.

– Es verdad… Tengo tantas cosas en la cabeza que no me acuerdo de nada. Es el primer día de la primavera. ¿Cómo he podido olvidar eso?

– Es fácil -dijo-. Pasa, se está más a gusto en la casa.

Media hora después, Kim y Dave estaban sentados a la pequeña mesa de desayuno de pino, en el rincón de la puerta cristalera. Se estaban terminando las tortitas, el pan tostado y el café que Madeleine había insistido en preparar al enterarse de que Kim había conducido tres horas sin comer nada. Ya había terminado y estaba limpiando la cocina. Kim le estaba contando a Dave su historia desde el principio, la historia que había detrás de su visita.

– Es una idea que he tenido durante años: examinar el horror del crimen centrándome en el impacto que produce en la familia de la víctima; es solo que nunca había sabido cómo hacerlo. En ocasiones no pensaba en ello durante un tiempo, pero siempre regresaba con más fuerza. Me obsesioné, tenía que hacer algo al respecto. Al principio pensé que podría ser un trabajo académico, tal vez una monografía de sociología o psicología. Envié cartas de propuesta a un montón de editoriales universitarias, pero ni siquiera tenía una licenciatura, así que no se interesaron en mí. Luego pensé en escribir un libro normal de no ficción, pero para un libro necesitas un agente, y eso significa más cartas de propuesta. ¿Y el resultado? Nulo interés. A los veintiuno o veintidós años, ¿quién demonios soy? ¿Qué he escrito antes? ¿Cuáles son mis credenciales? Básicamente soy una cría. Lo único que tengo es una idea. Hasta que al final lo entendí. Bah. Esto no es un libro, ¡esto es televisión! A partir de ese momento, las cosas empezaron a encajar. Lo vi como una serie de entrevistas íntimas: telerrealidad en el mejor sentido del término, aunque me doy cuenta de que suena bastante cutre hoy en día, pero no tiene por qué ser así, ¡no si se hace con una verdad emotiva!

Se detuvo, como si de repente la afectaran sus propias palabras, esbozó una sonrisa avergonzada, se aclaró la garganta y continuó:

– Bueno, la cuestión es que lo reuní todo en un resumen detallado y se lo entregué al doctor Wilson, el director de mi tesis doctoral. Él me dijo que era una gran idea, que tenía mucho potencial. Me ayudó a presentarlo en un formato de propuesta comercial, se ocupó de las cuestiones legales para darme cierta protección en el mundo real y luego hizo algo que dijo que nunca había hecho: se lo pasó a un ejecutivo de producción de RAM TV al que conoce personalmente, un tipo llamado Rudy Getz. Y Getz contactó con nosotros al cabo de una semana y nos dijo: «Muy bien, hagámoslo».

– ¿Así de sencillo? -preguntó Gurney.

– A mí también me sorprendió, pero Getz dijo que es así como funciona RAM. Yo no voy a ponerlo en duda. El hecho de poder hacer realidad esta idea, de poder explorar este tema… -Negó con la cabeza, como si tratara de protegerse de una emoción volátil.

Madeleine se acercó a la mesa, se sentó y dijo lo que Gurney estaba pensando:

– Esto es importante para ti, ¿no? Me refiero a que es realmente importante, algo que va más allá de un gran impulso en la carrera.

– ¡Oh, Dios, sí!

Madeleine sonrió con dulzura.

– ¿Y el corazón de la idea…, la parte que te importa tanto…?

– Las familias, los niños… -Una vez más Kim se detuvo durante un par de segundos, evidentemente superada por alguna imagen que su propio discurso estaba evocando.

Apartó la silla, se levantó y rodeó la mesa para acercarse a la puerta cristalera que daba al patio, al jardín, al prado, al bosque que se extendía al fondo.

– Sé que suena un poco estúpido, no puedo explicarlo -dijo, dándoles la espalda-, pero me resulta más fácil hablar de esto de pie.

Se aclaró la garganta dos veces antes de retomar su discurso con un tono de voz apenas audible:

– Creo que el asesinato lo cambia todo para siempre. Roba algo que nunca puede ser reemplazado. Tiene consecuencias que van más allá de lo que le ocurre a la víctima. La víctima pierde la vida, lo cual es terrible e injusto, pero para él ha terminado, es el final. Ha perdido todo lo que podría haber sido, pero no lo sabe. No continúa sintiendo la pérdida, imaginando qué podría haber pasado.

Levantó las manos y apoyó las palmas en el cristal de la puerta que tenía delante, en un gesto que expresaba al mismo tiempo un gran sentimiento y un gran control. Continuó en voz un poco más alta:

– No es la víctima la que se despierta en una cama medio vacía, en una casa medio vacía. No es quien sueña que sigue vivo, solo para despertarse con el dolor de darse cuenta de que no lo está. Ella no siente la rabia horrible, el sufrimiento que causa su muerte. Ella no sigue viendo la silla vacía junto a la mesa, quien continúa oyendo sonidos que suenan como su voz. No sigue viendo el armario con su ropa… -La voz de Kim se estaba haciendo más ronca. Se aclaró la garganta-. No siente el sufrimiento, el sufrimiento de que te hayan arrancado el corazón.

Se inclinó contra el cristal durante varios segundos, luego se separó lentamente y se volvió hacia la mesa con la cara llena de lágrimas.

– ¿Conocéis el dolor fantasma? ¿El fenómeno de la amputación? ¿Sentir el dolor en el lugar donde había estado tu brazo o tu pierna? Así es el asesinato para la familia que queda atrás. Como el dolor de un miembro fantasma, un dolor insufrible en un espacio vacío.

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