Philip Kerr - El infierno digital

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En la ciudad de Los Angeles se inaugura un modernísimo rascacielos in-formatizado regido por un superordenador al que han puesto el nombre de Abraham. De pronto, en el edificio se empiezan a producir extrañas muertes -primero un técnico informático, después un guarda de seguridad…- que la policía no sabe si catalogar como accidentes o asesinatos. Los dos principales sospechosos son el estudiante que encabeza las manifestaciones contra el propietario de la constructora, un multimillonario de origen chino simpatizante del Gobierno comunista de Pekín, y uno de los técnicos del equipo del arquitecto responsable del proyecto, que se ha peleado con él. Otra posible explicación es que el edificio, según las teorías de una empresa en embrujos tradicionales chinos, está maldito. Pero acaso el verdadero culpable no sea humano ni tenga nada que ver con antiguas brujerías… Philip Kerr ha escrito un apasionante tecno-thriller protagonizado por un superordenador capaz de poner en jaque a policías, arquitectos y técnicos informáticos. Como el Hal de 2001: Una odisea en el espacio, Abraham no está dispuesto a limitarse a cumplir órdenes…

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Joan Richardson miró en torno y movió la cabeza con aire de admiración ante la espléndida colaboración que prestaban a su marido. Aunque no era más que lo que se merecía, decían amorosamente sus castaños ojos navajos. Estaba acostumbrada a poner a su marido por encima de todo.

– ¡Fíjate, cariño! -dijo efusivamente-. ¡Cuánta energía creadora! ¡Es, sencillamente, asombroso! ¡Las doce y media y siguen trabajando! ¡Cuánta actividad, parece una colmena!

Se quitó el chal y se lo colgó del brazo. Llevaba una especie de sarong de lino color crema, blusa a juego y un chaleco largo y de varios pliegues que disimulaba bastante bien su amplio trasero. Era una mujer atractiva, de rostro semejante a las encantadoras tahitianas de Gauguin, pero también tenía unas dimensiones considerables.

– ¡Fabuloso! ¡Simplemente fabuloso! Una se siente orgullosa de ser parte de todo… de toda esta energía.

Ray Richardson emitió un gruñido. Sus ojos recorrieron las angulosas superficies del estudio, negras, blancas y grises, en busca de Allen Grabel, que trabajaba en los dos proyectos más grandes y prestigiosos de los que se ocupaba la empresa en aquellos momentos. Con el edificio de la Yu Corporation casi terminado, el Kunstzentrum acaparaba la atención del principal proyectista del estudio, más aún cuando su jefe estaba a punto de marcharse a Alemania para presentar los planos detallados a las autoridades municipales de Berlín.

El Kunstzentrum era un centro de exposiciones, la respuesta berlinesa al Beaubourg de París, concebido para insuflar nueva vida a la Alexanderplatz, una inmensa explanada peatonal barrida por el viento que antiguamente fue una de las mecas comerciales de la capital alemana.

Ambos proyectos tenían a Grabel tan ocupado que a veces tenía que pararse a pensar en cuál de ellos estaba trabajando. Pasaba un mínimo de doce horas en la oficina, a veces hasta dieciséis, y no tenía vida privada propiamente dicha. Era consciente de que no le faltaba atractivo. Podría tener novia si dispusiese de tiempo para salir a conocer gente, pero como nadie le esperaba en casa se pasaba cada vez más tiempo en la oficina. Sabía que Richardson se aprovechaba de eso. Se daba cuenta de que tenía que haberse ido de vacaciones tras concluir el proyecto principal del edificio de la Yu Corporation. Con su sueldo podría haber ido donde le hubiese dado la gana. Sólo que nunca encontraba el hueco adecuado en su programa de trabajo, cada vez más cargado. A veces se sentía al borde del ataque de nervios. Y bebía demasiado, por decirlo de algún modo.

Richardson encontró al alto neoyorquino de pelo rizado con la vista fija en la pantalla de su terminal Intergraph, tras unas gafas tan llenas de mugre como el cuello de su camisa. Estaba corrigiendo las curvas y polígonos de unos planos.

La aplicación Intergraph para dibujo asistido por ordenador era la piedra angular de la actividad de Richardson no sólo en Los Angeles, sino en todo el mundo. Con oficinas en Hong Kong, Tokio, Londres, Nueva York y Toronto, así como las previstas en Berlín, Frankfurt, Dallas y Buenos Aires, Richardson era el mayor cliente de Intergraph aparte de la NASA. El sistema, al igual que otros similares, había revolucionado la arquitectura gracias a un programa que permitía al proyectista mover, girar, estirar y alinear rápidamente cualquier número de entidades de dos y tres dimensiones.

Richardson se quitó la chaqueta de Armani, acercó una silla donde estaba Grabel y se sentó a su lado. Sin decir palabra, alargó la mano al extremo del escritorio, desenrolló un plano de colores y lo comparó con la imagen bidimensional del monitor al tiempo que se comía el último trozo de la pizza de Grabel.

A Grabel, que ya estaba cansado, se le cayó el alma a los pies. A veces, al ver cómo el sistema convertía el boceto que él le suministraba en un auténtico proyecto arquitectónico, se preguntaba si no podría crear una obra musical con la misma facilidad. Pero tales elucubraciones filosóficas se volatilizaban en cuanto Ray Richardson aparecía en escena; y todo el placer y la satisfacción que le deparaba su trabajo le resultaban tan efímeros como los dibujos de su ordenador.

– Creo que ya casi lo tenemos, Ray -dijo con voz cansada.

Pero Richardson ya había pulsado el botón derecho del ratón sobre la barra flotante de herramientas, activando el icono «Dibujo Inteligente» para juzgar el diseño personalmente.

– ¿Lo crees? Pero no estás seguro, ¿eh? -contestó Richardson con una sonrisa poco amistosa. Levantó la mano como un niño al contestar una pregunta en clase y gritó-: ¡Que alguien me traiga una taza de café!

Demasiado cansado para discutir, Grabel suspiró y se encogió de hombros.

– Vaya, ¿qué significa eso? ¿A qué viene ese encogimiento de hombros? Venga, Allen. ¿Qué coño pasa aquí? ¿Y dónde cojones se ha metido Kris Parkes?

Parkes era el coordinador del proyecto del Kunstzentrum: aunque no era el principal responsable del equipo, su trabajo consistía en organizar las habituales reuniones internas y coordinar las opiniones de los proyectistas.

Grabel pensó que en aquel momento el equipo probablemente pensaba lo mismo que él: que les gustaría estar en casa, viendo la tele en la cama. Lo que estaría haciendo Kris Parkes, seguramente.

– Se ha ido a casa -contestó Grabel.

– ¿Que el coordinador del proyecto se ha ido a casa?

Llegó el café, llevado por Mary Sammis, una de las maquetistas. Richardson lo probó, hizo una mueca y se lo devolvió.

– Sabe a recalentado.

– No se tenía en pie -explicó Grabel-. Le dije que se marchara.

– Tráeme otro. Y esta vez con un platillo. Cuando pido un café no tengo por qué pedir también el platillo.

– Enseguida.

– Pero ¿qué clase de sitio es éste? -masculló Richardson, sacudiendo la cabeza. Y seguidamente, como si recordara algo, preguntó-: Ah, Mary, ¿cómo va la maqueta?

– Seguimos trabajando en ello, Ray.

– No me dejes en la estacada, cariño. Mañana a mediodía me voy a Alemania -dijo, moviendo de nuevo la cabeza con aire sombrío. Luego consultó su reloj, un Breitling, y añadió-: Dentro de doce horas exactamente. La maqueta tiene que estar embalada y lista para salir con todos los papeles para la aduana. ¿Entendido?

– La tendrás, Ray. Te lo prometo.

– No tienes que prometerme nada. No es para mí. Si fuese para mí, sería distinto. Pero, en mi opinión, lo menos que podemos hacer por la nueva oficina, por las treinta personas que van a pasarse los dos próximos años de su vida trabajando exclusivamente en este proyecto, es darles una maqueta para que sepan cómo va a ser. ¿No crees, Mary?

– Sí, señor, lo creo.

– Y no me llames señor, Mary. No estamos en el ejército.

Cogió el teléfono de Grabel y marcó un número. Aprovechando esos segundos de gracia, Mary se alejó rápidamente.

– ¿A quién llamas, Ray? -preguntó Grabel, torciendo un poco la boca. Ese tic nervioso sólo le venía cuando estaba rendido de cansancio o necesitaba una copa-. ¿Es que no me has oído? Acabo de decirte que he sido yo quien le ha mandado a casa.

– Te he oído.

– ¿Ray?

– ¿Dónde está mi puñetero café? -gritó Richardson, volviendo la cabeza.

– No estarás llamando a Parkes, ¿verdad?

Richardson se limitó a mirarlo, enarcando las entrecanas cejas con aire de tranquilo desprecio.

– ¡Cabrón! -masculló Grabel, con un odio súbito y tan intenso que se sobresaltó- ¡Ojalá te murieras, hijo de…!

– ¿Kris? Soy Ray. ¿Te he despertado? ¿Sí? Qué lástima. Quiero hacerte una pregunta, Kris. ¿Tienes idea de los honorarios que esta empresa va a percibir por ese edificio? No, sólo contesta a la pregunta. Eso es, casi cuatro millones de dólares. Cuatro millones de dólares. Bueno, pues aquí estamos un montón de gente trabajando en ello a estas horas de la noche. Sólo faltas tú, Kris, y se supone que eres el coordinador del proyecto. ¿No crees que das mal ejemplo? No, ¿verdad? -Escuchó un momento y luego se puso a sacudir la cabeza-. Mira, francamente, me importa un pito el tiempo que hace que no apareces por casa. Y todavía menos que tus hijos crean que eres un tío que su madre se ha ligado en el supermercado. Es aquí donde tienes que estar, con tu equipo. ¿Vas a mover el culo, o me busco otro coordinador? ¿Que vienes? Estupendo.

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