Philip Kerr - Violetas De Marzo

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La primera vez que conocemos al ex policía Bernie Gunther la acción se sitúa en 1936, en Violetas de Marzo (un eufemismo que usaron los primeros nazis para describir los últimos conversos), cuando los Juegos Olímpicos están a punto de empezar.
Algunos de los amigos judíos de Bernie se van dando cuenta de que tendrían que haber huido cuando aún podían hacerlo, y Gunther recibe el encargo de investigar dos muertes que afectan a los máximos cargos del partido nazi. El antiguo policía Bernie Gunther creía que ya lo había visto todo en las calles de Berlín de los años treinta. Pero cuando dejó el cuerpo para convertirse en detective privado, cada nuevo caso lo iba hundiendo un poco más en los horribles excesos de la subcultura nazi. Después de la guerra, en medio del esplendor imperial y decadente de Viena, Bernie incluso llega a poner al descubierto un legado que, en comparación, convierte las atrocidades cometidas enépoca de guerra en un juego de niños…

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Era un estuche de traje, de Stechbarth, el sastre oficial de las fuerzas armadas, y se me ocurrió la idea de que quizá lo habría traído para los Pfarr. Me despedí de Wilhelm con una inclinación de cabeza y la guié hasta el coche.

– La Neuenburger Strasse -repetí cuando arrancamos-. Eso está al lado de la Linderstrasse, ¿no?

Me confirmó que así era, me dio una serie de indicaciones y se quedó callada durante un momento. Luego rompió a llorar de nuevo.

– ¡Qué horrible tragedia! -dijo sollozando.

– Sí, sí, es una gran desgracia.

Me pregunté cuánto le habría contado Wilhelm. Cuanto menos, mejor, pensé, razonando que cuanto menos conmocionada estuviera, por lo menos en ese momento, más le sacaría.

– ¿Es usted policía? -me preguntó.

– Estoy investigando el incendio -dije, en tono evasivo.

– Estoy segura de que debe de estar muy ocupado para perder el tiempo llevando a una vieja hasta la otra punta de Berlín. ¿Por qué no me deja al otro lado del puente y haré el resto del camino andando? Ahora ya estoy bien, de verdad.

– No es ninguna molestia. De cualquier modo, me gustaría hablar con usted de los Pfarr, es decir, si eso no la va a trastornar. -Cruzamos el canal Landwehr y llegamos a la Belle-Alliance Platz, en cuyo centro se eleva la gran Columna de la Paz-. Mire, va a haber una investigación judicial y me ayudaría saber tanto sobre ellos como sea posible.

– Sí, bueno, no me importa, si cree que puedo serle de ayuda.

Cuando llegamos a Neuenburger Strasse, aparqué el coche y seguí a la mujer hasta el segundo piso de un bloque de viviendas de varios pisos.

El apartamento de Frau Schmidt era el típico de la generación más vieja de la ciudad. Los muebles eran sólidos y adornados -los berlineses se gastan mucho dinero en sus sillas y mesas- y había una estufa recubierta de azulejos en la sala. Una copia de un grabado de Durero, que era tan corriente en los hogares berlineses como un acuario en la sala de espera de un médico, colgaba de la pared, como es debido, por encima de un aparador Biedermeier en el cual había varias fotografías (incluyendo una de nuestro amado Führer) y una pequeña esvástica de seda colocada en un gran marco de bronce. También había una bandeja con bebidas, de la cual cogí una botella de schnapps y serví unpoco en un vaso.

– Se sentirá mejor cuando haya bebido esto -le dije, dándole el vaso, y preguntándome si me atrevería a tomarme la libertad de servirme otro para mí. La observé, con envidia, cuando se lo bebió de un trago. Relamiéndose los labios, se sentó en una silla tapizada de brocado al lado de la ventana.

– ¿Se siente bien para contestar a unas preguntas?

Asintió con la cabeza y preguntó:

– ¿Qué quiere saber?

– Bueno, para empezar, ¿cuánto hace que conoce a Herr y Frau Pfarr?

– A ver, déjeme pensar. -Una película muda llena de incertidumbre parpadeó en la cara de la mujer. La voz cayó lentamente de una boca a lo Boris Karloff, con los dientes un tanto salientes, como el hollín de un cubo.

– Debe de hacer un año, supongo.

Volvió a ponerse de pie y se quitó el abrigo, dejando al descubierto una sucia bata floreada. Luego tosió durante unos segundos, dándose golpecitos en el pecho mientras lo hacía.

Durante todo este tiempo, yo permanecí de pie, inmutable, en medio de la sala, con el sombrero echado hacia atrás de la cabeza, y las manos en los bolsillos. Le pregunté qué clase de pareja eran los Pfarr.

– Quiero decir, ¿eran felices? ¿Se peleaban?

Asintió a ambas sugerencias.

– Cuando empecé a trabajar allí, estaban muy enamorados. Pero no pasó mucho tiempo antes de que ella perdiera su trabajo como maestra. Se disgustó mucho, ya lo creo. Y casi enseguida empezaron a discutir. No es que él estuviera allí muy a menudo cuando yo estaba. Pero cuando estaba, la mayoría de las veces tenían unas palabras; y no quiero decir riñas como las de la mayoría de las parejas. No, discutían a gritos, con rabia, casi como si se odiaran, y un par de veces, la encontré después llorando en su habitación. Oiga, de verdad que no sé por qué podían sentirse desgraciados. Tenían una casa estupenda, era un placer limpiarla, sí que lo era. Entiéndame, no es que se exhibieran. Nunca vi que ella gastara un montón en nada. Tenía muchos vestidos bonitos, pero nada lujoso.

– ¿Y joyas?

– Creo que tenía algunas joyas, pero no creo recordar que se las viera puestas, aunque también es verdad que yosólo iba de día. Por otro lado, en una ocasión moví una chaqueta de él y del bolsillo se cayeron unos pendientes, y no era la clase de pendientes que ella habría llevado.

– ¿Qué quiere decir?

– Eran para orejas con agujero, y Frau Pfarr siempre llevaba pendientes de clip. Así que saqué mis propias conclusiones, pero no dije nada. No era asunto mío lo que él hiciera. Pero calculo que ella tenía sus sospechas. No era estúpida, ni mucho menos. Me parece que eso es lo que la llevó a beber tanto como bebía.

– ¿Bebía?

– Como una esponja.

– ¿Y qué hay de él? Trabajaba en el Ministerio del Interior, ¿no?

– Era algo del gobierno -dijo encogiéndose de hombros-, pero no podría decirle cómo se llamaba. Tenía algo que ver con la ley, había un diploma en la pared de su estudio. De todos modos, no hablaba mucho de su trabajo. Y tenía mucho cuidado de no dejar por allí papeles que yo pudiera ver. No es que yo los hubiera leído, ¿eh?, pero por si acaso, no corrió el riesgo.

– ¿Trabajaba mucho en casa?

– A veces. Y sé que pasaba mucho tiempo en ese gran edificio de oficinas en la Bülowplatz, ya sabe, ese que antes era el cuartel general de los bolcheviques.

– Quiere decir el edificio de la DAF, la central del Frente Alemán del Trabajo. Es lo que es ahora, desde que echaron a los Kozis.

– Ese mismo. De vez en cuando Herr Pfarr me acompañaba en coche hasta allí. Mi hermana vive en la Brunenstrasse y normalmente cojo el número 99 hasta la Rosenthaler Platz después del trabajo. Algunas veces, Herr Pfarr era tan amable que me llevaba hasta la Bülowplatz, y yo veía que entraba en el edificio de la DAR.

– ¿Cuándo fue la última vez que los vio?

– Ayer hizo dos semanas. He estado de vacaciones, ¿sabe? Un viaje de «La Fuerza por la Alegría» a la isla Rugen. La vi a ella, pero no a él.

– ¿Cómo estaba?

– Parecía bastante contenta, para variar. Y no sólo eso, además no tenía un vaso en la mano mientras hablábamos. Me contó que estaba pensando tomarse unas pequeñas vacaciones en un balneario. A menudo lo hacía. Me pareceque hacía una cura contra la bebida.

– Ya entiendo. Así que esta mañana fue a la Ferdinandstrasse, pasando antes por el sastre, ¿estoy en lo cierto, Frau Schmidt?

– Sí, exacto. A menudo hacía pequeños recados para Herr Pfarr. Normalmente él estaba demasiado ocupado para ir a las tiendas, así que me pagaba para que le hiciera algunas cosas. Antes de irme de vacaciones, me dejó una nota pidiéndome que llevara su traje al sastre y que ellos ya sabían lo que tenían que hacer.

– ¿Su traje, dice?

– Bueno, sí; eso creo.

Cogí la caja.

– ¿Le importa que eche una ojeada?

– No veo qué mal puede haber. Después de todo, él está muerto, ¿no?

Aun antes de destapar la caja tenía bastante idea de lo que había dentro. No me equivocaba. No había forma de confundir el negro noche, que era como un eco de los viejos regimientos de caballería de elite del ejército del káiser, el wagneriano doble rayo de la insignia en la parte derecha del cuello y la esvástica y el águila de estilo romano en la manga izquierda. Las tres estrellas en la parte izquierda del cuello decían que quien llevaba el uniforme era capitán, o como hubieran decidido que se llamara un capitán en las SS. Había un trozo de papel sujeto a la manga derecha. Era una factura de Stechbarth, dirigida al Hauptsturmfürer Pfarr, por un importe de veinticinco marcos. Silbé.

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