Frau Protze parecía preocupada.
– ¿Ayuda a los judíos? -preguntó.
– No se preocupe -dije-. Es perfectamente legal. Y su dinero es tan bueno como el de cualquiera.
– Supongo que sí.
– Escuche, Frau Protze. Judíos, gitanos, pieles rojas, a mí me da igual. No hay razón alguna para que me gusten, pero tampoco tengo ninguna razón para odiarlos. Cuando entra por esa puerta, un judío recibe el mismo trato que cualquiera. El mismo que si fuera un primo del káiser. Pero eso no significa que me dedique a protegerlos. El negocio es el negocio.
– Ciertamente -dijo Frau Protze, sonrojándose un poco-. Espero que no piense que tengo nada contra los judíos. -Claro que no -dije.
Pero, por supuesto, eso es lo que todo el mundo dice. Hitler incluido.
– Por todos los santos -dije, cuando la madre del submarino se hubo marchado-. Ése es el aspecto que tiene un cliente satisfecho.
La idea me deprimió tanto que decidí salir un rato.
En Loeser and Wolff compré un paquete de Murattis, y después fui a cobrar el cheque de Six. Ingresé la mitad en mi cuenta y me di el capricho de comprarme un caro batín de seda en Wertheim, sólo por haber tenido la suerte de pescar un dinerito tan dulce como el de Six.
Luego fui andando hacia el sudoeste, más allá de la estación de ferrocarril, de la cual salía con estruendo un tren que iba hacia el puente Jannowitz, hasta llegar a la esquina con la Köningstrasse, donde había dejado el coche.
Lichterfelde-Ost es un próspero barrio residencial en el sudoeste de Berlín, muy favorecido por funcionarios de alto rango y miembros de las fuerzas armadas. De ordinario, habría quedado muy lejos de las posibilidades de una pareja joven, pero también es verdad que la mayoría de parejas jóvenes no tienen por padre a un multimillonariocomo Hermann Six.
La Ferdinandstrasse iba hacia el sur desde la línea del ferrocarril. Había un policía, un joven Anwärter de la Orpo, haciendo guardia frente al número 16. A la casa le faltaba la mayor parte del tejado y todas las ventanas. Las vigas y ladrillos ennegrecidos contaban la historia con la suficiente elocuencia.
Aparqué el Hanomag y fui hasta la verja del jardín, donde saqué mi identificación para el poli, un joven de unos veinte años lleno de granos. La miró atenta e inocentemente, y dijo de forma superflua:
– Investigador privado, ¿eh?
– Eso es. Me ha contratado la compañía de seguros para investigar el incendio.
Encendí un cigarrillo y observé la cerilla de modo insinuante mientras se iba consumiendo cada vez más cerca de mis dedos. Asintió, pero tenía un aire preocupado. La expresión se le aclaró de repente cuando me reconoció.
– Eh, ¿no estaba usted en la Kripo, en Alex?
Asentí, sacando humo por la nariz como si fuera la chimenea de una fábrica.
– Sí, me parecía reconocer el nombre, Bernhard Gunther. Usted atrapó a Gormann el Estrangulador ¿verdad? Me acuerdo de haberlo leído en los periódicos. Era famoso.
Me encogí de hombros con modestia, pero él tenía razón. Cuando cogí a Gormann fui famoso durante un tiempo. Era un buen poli en aquella época.
El joven Anwärter se quitó el kepis y se rascó la parte superior de su cuadrada cabeza.
– Vaya, vaya -dijo, y luego añadió-, voy a entrar en la Kripo. Es decir, si me admiten.
– Parece un joven bastante inteligente. No debería tener problemas.
– Gracias -dijo-. Eh, entre nosotros, ¿qué me aconseja?
– Pruebe con Scharhorn, en el Hoppengarten, a las tres. -Me encogí de hombros-. Coño, no lo sé. ¿Cómo se llama?
– Eckhart -dijo-. Wilhelm Eckhart.
– Bueno,Wilhelm, cuéntame algo del fuego. Para empezar, ¿quién es el patólogo que lleva el caso?
– Un tipo de la Alex. Me parece que se llama Upmann o Illmann.
– ¿Un hombre viejo con una pequeña perilla y gafas sin montura? -El policía asintió-. Entonces es Illmann.¿Cuándo estuvo aquí?
– Anteayer. Él y el Kriminalkommissar Jost.
– ¿Jost? No es normal en él eso de ensuciarse los zapatos. Hubiera dicho que hacía falta algo más que el asesinato de la hija de un millonario para que moviera su gordo culo.
Tiré el cigarrillo en la dirección opuesta a la casa desventrada; no tenía ningún sentido tentar a la suerte.
– He oído que el incendio fue provocado -dije-. ¿Es verdad, Wilhelm?
– Sólo huela el aire -dijo él.
Inhalé profundamente y sacudí la cabeza.
– ¿No huele a gasolina?
– No, Berlín siempre huele así.
– Puede que sea porque llevo mucho rato aquí, de pie. Bueno, encontraron una lata de gasolina en el jardín, o sea que supongo que eso cierra el caso.
– Oye, Wilhelm, ¿te importaría que echara una ojeada rápida? Me ahorraría tener que rellenar unos cuantos papeles. Tendrán que dejarme echar una mirada antes o después.
– Adelante, Herr Gunther -dijo, abriendo la verja-. No es que haya mucho que ver. Se han llevado sacos llenos de cosas. Dudo que haya nada que tenga algún interés para usted. Ni siquiera sé por qué sigo aquí.
– Supongo que es para vigilar en caso de que el asesino vuelva a la escena del crimen -dije burlonamente.
– ¡Cristo! ¿Cree que podría hacerlo?
Fruncí los labios.
– ¿Quién sabe? -respondí, aunque personalmente nunca había oído nada por el estilo-. De todos modos echaré un vistazo, y gracias, de verdad te lo agradezco.
– De nada.
Tenía razón. No había mucho que ver. El hombre había hecho un buen trabajo con los fósforos. Metí la cabeza por la puerta principal, pero había tantos cascotes que no vi ningún sitio para poner los pies. A la vuelta había una ventana que daba a otra habitación donde el suelo no estaba tan mal para andar. Confiando en encontrar por lo menos la caja fuerte, salté dentro. No es que necesitara estar allí en absoluto. Sólo quería tener una imagen dentro de la cabeza. Yo trabajo mejor así; tengo la cabeza como un cómic. Así que no me sentí muy desilusionado cuando vique la policía se había llevado la caja, y que lo único que quedaba era un agujero enorme en la pared. Siempre me quedaba Illmann, me dije.
De vuelta a la verja, me encontré con Wilhelm tratando de consolar a una mujer mayor, de unos sesenta años, que tenía la cara bañada en llanto.
– La mujer de la limpieza -explicó-. Acaba de llegar. Por lo que parece ha estado fuera, de vacaciones, y no se había enterado del incendio. La pobrecilla ha tenido toda una impresión.
Le preguntó dónde vivía.
– Neuenburger Strasse -dijo tratando de controlar las lágrimas-. Ya estoy bien, gracias, joven.
Del bolsillo de la chaqueta sacó un pequeño pañuelo de encaje que parecía tan fuera de lugar en sus grandes manos de campesina como un antimacasar en las de Max Schmelling, el boxeador, y bastante inadecuado para la tarea que le esperaba; se sonó la nariz, que parecía una cebolleta en vinagre, con una ferocidad y volumen que me hicieron desear aguantarme el sombrero con la mano. Luego se secó su cara grande y ancha con el empapado retal. Oliéndome alguna información sobre los Pfarr, me ofrecí al viejo saco de huesos para acompañarla a casa en coche.
– Me viene de camino -dije.
– No querría causarle ninguna molestia.
– No es molestia en absoluto -insistí.
– Bueno, si está seguro…, es muy amable por su parte. Estoy un poco impresionada.
Recogió la caja que estaba a sus pies, que sobresalían, hinchados, por encima de sus limpios zapatos negros, como el pulgar de un carnicero sobresaldría de un dedal. Se llamaba Frau Schmidt.
– Es usted un buen tipo, Herr Gunther -dijo Wilhelm.
– Tonterías -dije, y era la verdad. A saber la información que podría extraer de la vieja sobre sus antiguos patronos. Le cogí la caja de las manos-. Déjeme que la ayude con esto.
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