Elizabeth George - Tres Hermanos

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Ness, Joel y Toby afrontan un nuevo cambio en sus vidas. Su excéntrica abuela, dispuesta a eludir sus responsabilidades, decide abandonarlos frente a la puerta de la casa de su hija, la tía de los niños, que vive en la periferia marginal de Londres. La vida de los tres hermanos no ha sido fácil hasta ese momento, y no lo será a partir de ahora. Ness es una adolescente desagradable que juguetea con las drogas y con la delincuencia. El más pequeño, Toby, es un niño con problemas de aprendizaje y que vive anclado en la dependencia que siente por su hermano Joel, un poco mayor que él y que parece asumir la responsabilidad de mantener unida a su extraña familia. Tal ambiente, como prueba la autora del libro, enmarca el camino que se ha de desandar para hallar el origen del mal, para encontrar el principio casi invisible de sucesos terribles que un día coparán las primeras páginas de los periódicos. En su momento, el asesinato de Helen Lynley ocupará la atención de todos, pero ¿cuál fue el verdadero origen del crimen?
La presente novela, desde un planteamiento original y arriesgado que la autora resuelve con maestría, propone la «deconstrucción» de un asesinato. Elizabeth George plantea que al revés no interesa tanto qué pasará tras el asesinato, pues éste es el punto final del libro; lo que se ha de buscar es el origen, lo que se ha de averiguar es aquello que provocó que alguien disparara a una mujer de buena posición en un callejón de un barrio de Londres. Ahí, en el principio, se esconde siempre la explicación del trauma que arrastra el inspector Lynley, protagonista de la serie.

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Hacía frío como sólo puede hacer frío en Londres en enero. El aire era muy húmedo y, además, estaba impregnado del humo de los coches y de hollín de las hogueras ilegales. La escarcha de la mañana no se había derretido, sino que se había transformado en pedazos de hielo que amenazaban al transeúnte confiado. El gris lo definía todo: desde el cielo a los árboles, las carreteras, los edificios. El ambiente era de desesperanza. Bajo la luz débil del día, el sol y la primavera eran una promesa vana.

En el autobús, incluso en un lugar como Londres, donde todo lo que se podía ver ya se había visto en algún u otro momento, los niños Campbell atraían miradas, cada uno por una razón particular. En Toby, eran los grandes claros en la cabeza, donde su pelo a medio crecer era ralo y demasiado fino para un niño de siete años, así como el flotador, que ocupaba demasiado espacio y del que se negaba firmemente a separarse, incluso a quitárselo de la cintura y colocárselo delante, «por el amor de Dios, joder», como le exigía Ness. En la propia Ness, era la oscuridad artificial de su piel, claramente intensificada por el maquillaje, como si tratara de ser más de lo que sólo era en parte. Si se hubiera despojado de la chaqueta, también habría llamado la atención el resto de su ropa, no sólo los vaqueros: el top de lentejuelas que dejaba al aire la barriga y exhibía sus pechos voluptuosos. Y en Joel era, y siempre sería, su cara llena de manchas del tamaño de pastas de té -de ellas nunca podría decirse que eran pecas, sino una expresión física de la batalla étnica y racial que había lidiado su sangre desde el momento de su concepción-. Como en Toby, también destacaba el cabello, en su caso salvaje y rebelde, que le salía de la cabeza como un estropajo oxidado. Sólo Toby y Joel parecían emparentados entre sí, y ninguno de los niños Campbell parecía ser familia de Glory.

Así que no pasaban desapercibidos. No sólo bloqueaban casi todo el pasillo con sus maletas, el carrito de la compra y las cinco bolsas de Sainsbury's que Glory había dejado a sus pies, sino que eran una estampa digna de contemplar.

De los cuatro, sólo Joel y Ness eran conscientes del examen de los otros pasajeros y cada uno reaccionó de manera distinta a sus miradas. Para Joel, cada ojeada parecía decir «amarillo de mierda», y cada cabeza que se giraba deprisa hacia la ventana parecía ser un rechazo a su derecho de caminar por la Tierra. Para Ness, estas mismas miradas significaban una evaluación lasciva y cuando las sentía sobre ella quería abrirse la chaqueta y mostrar los pechos y gritar como hacía a menudo en la calle: «¿Las quieres, tío? ¿Es esto lo que quieres?».

Por el contrario, Glory y Toby estaban en su mundo. Para Toby era su estado natural, un hecho en el que nadie de la familia trataba de pensar demasiado. Para Glory su estado lo provocaba la situación actual y lo que pensaba hacer al respecto.

El autobús cubría su ruta a bandazos, chapoteando en los charcos de las últimas precipitaciones caídas. Viró bruscamente sobre el bordillo y volvió a bajar sin preocuparse por la seguridad de los pasajeros que se agarraban a las barras y, a medida que avanzaba el trayecto, fue llenándose de gente y la atmósfera se volvió más claustrofóbica. Como siempre sucedía en el transporte público de Londres en invierno, la calefacción estaba al máximo y, dado que no funcionaba ni una sola ventana -salvo la del conductor-, el ambiente no sólo era caluroso, sino que también estaba cargado de la clase de microorganismos que se escupen con los estornudos y las toses.

Todo esto proporcionó a Glory la excusa que estaba buscando. Había estado atenta a en qué lugar de la ruta se encontraban, examinando todas las razones posibles que podía aportar para lo que estaba a punto de hacer, pero el ambiente en el interior del vehículo le bastó. Cuando el autobús se adentró en Ladbroke Grove en las inmediaciones de Chesterton Road, alargó la mano al botón rojo y lo pulsó con firmeza.

– Abajo todos -dijo a los chicos; se abrieron paso a empujones por el pasillo con todas sus pertenencias, y descendieron a la bendición del aire frío.

Aquel lugar, naturalmente, no estaba cerca de Jamaica. Tampoco se encontraba a poca distancia de ningún aeropuerto, donde un avión pudiera llevarlos hacia el oeste. Pero antes de que nadie pudiera hacérselo notar, Glory se ajustó el turbante -que se le había torcido mientras se esforzaba por recorrer el pasillo- y dijo a los chicos:

– No podemos marcharnos a Ja- mai -ca sin despedirnos de vuestra tiita, ¿verdad?

La «tiita» era la única hija de Glory, Kendra Osborne. Aunque vivía a sólo un trayecto de autobús de East Acton, los niños Campbell la habían visto pocas veces durante el tiempo que llevaban viviendo con Glory, quizás en las reuniones obligatorias de Navidad y el domingo de Pascua. Decir que ella y Glory estaban distanciadas, sin embargo, sería falsear la cuestión. La verdad era que a ninguna de las dos mujeres le gustaba la otra; su desagrado giraba en torno a los hombres. Estar en Henchman Street más de dos días al año habría supuesto que Kendra viera a George Gilbert holgazaneando por la casa, desempleado e inempleable. Ir de visita a North Kensington podría haber expuesto a Glory a cualquiera de los novios sucesivos de Kendra -tenía uno y se deshacía de él deprisa-. Las dos mujeres consideraban que la falta de contacto físico entre ellas era una tregua. El teléfono era suficiente.

Así que los niños recibieron la idea de despedirse de su tía Kendra con cierta confusión, sorpresa y recelo, cada niño con una emoción distinta ante este anuncio inesperado: Toby supuso que habían llegado a Jamaica, Joel intentó sobrellevar un cambio repentino de planes y Ness murmuró entre dientes:

– Ah, vale. -Acababa de confirmarse una idea que no había expresado.

Glory no reaccionó a nada de esto. Simplemente encabezó el grupo. Como una pata con sus retoños, dio por hecho que sus nietos la seguirían. ¿Qué otra cosa iban a hacer en una zona de Londres con la que no estaban familiarizados en absoluto?

Por suerte, el paseo de Ladbroke Grove a Edenham Estate no era muy largo, y sólo llamaron la atención en Golborne Road. Era día de mercado, y si bien el número de puestos no era tan impresionante como si pasaran por Church Street o serpentearan por los alrededores de Brick Lane, en Frutas y Verduras Frescas E. Price e Hijo, los dos ancianos caballeros -padre e hijo, aunque, a decir verdad, parecían más bien hermanos- comentaron la presencia del grupo desaseado de intrusos con las mujeres a las que estaban atendiendo. Estas clientas también fueron intrusas en su día, pero los Price, padre e hijo, habían aprendido a aceptarlas. No les quedó más remedio, puesto que en los sesenta años que llevaban al frente de Frutas y Verduras Frescas E. Price e Hijo, los Price habían visto cómo los habitantes de Golborne Ward -como se llamaba la zona- pasaban de ser ingleses a ser portugueses, y luego marroquíes, y tuvieron la prudencia de acoger a sus clientes de pago.

Pero era evidente que el pequeño grupo que marchaba por la calle no tenía ninguna intención de comprar en los puestos. En realidad, tenía la mirada clavada en Portobello Bridge y pronto lo cruzó. Aquí, en Elkstone Road, a poca distancia y bien metida en el rugido sin tregua del paso elevado de Westway, se encontraba la urbanización de protección oficial de Edenham Estate, junto a un parque serpenteante llamado Meanwhile Gardens. En el centro de este complejo estaba Trellick Tower, que presidía el paisaje con orgullo injustificado: treinta pisos de hormigón protegidos por interés histórico. Con una fachada de cientos de balcones que daban al oeste, llenos de antenas parabólicas, biombos variopintos e hileras de ropa sacudida por el viento. El hueco del ascensor separado -unido al edificio por un sistema de puentes- confería al bloque su único rasgo distintivo. Por lo demás, era similar a la mayoría de las viviendas de posguerra densamente pobladas que rodeaban Londres: enormes cicatrices grises y verticales sobre el paisaje, buenas intenciones echadas a perder. Debajo de esta torre se extendía el resto del complejo, que comprendía bloques de pisos, un hogar para ancianos y dos hileras de casas adosadas que daban a Meanwhile Gardens.

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