Joseph Teller - El Décimo Caso

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Siempre ha confiado en sus clientes… hasta su última defendida. El abogado defensor Harrison J. Walker, más conocido como Jaywalker, acaba de ser suspendido por usar tácticas “creativas” y por recibir en las escaleras del juzgado “un acto de gratitud” de una clienta acusada de ejercer la prostitución. Jaywalker consigue convencer al juez de que sus clientes lo necesitan y recibe autorización del tribunal para terminar diez casos.
Sin embargo, es el último el que realmente pone a prueba su capacidad y su excelente registro de absoluciones. Samara Moss ha apuñalado a su marido en el corazón. Al menos, eso es lo que cree todo el mundo. Samara, una ex prostituta que se casó con el anciano multimillonario cuando tenía dieciocho años, es el arquetipo de la cazadora de fortunas. Sin embargo, Jaywalker sabe que las apariencias engañan. ¿Qué otra persona podría haber matado al multimillonario? ¿Le han tendido una trampa a Samara para incriminarla? ¿O acaso Jaywalker se está dejando influir por su necesidad de ganar los casos de sus clientes y de conseguir la gratitud eterna de esta clienta en particular?

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Sin embargo, incluso a los más aliviados les pareció desmedida una sanción de tres años por romper las reglas y sucumbir a algo que no parecía tan terrible, si se pensaba bien.

Todo aquello había ocurrido en septiembre.

En el mes de junio siguiente, durante la novena comparecencia del primer viernes de cada mes ante el tribunal de tres jueces, Jaywalker informó de que había conseguido resolver prácticamente todos los casos que le quedaban.

El chico de catorce años que estaba en el programa de desintoxicación había cumplido quince, se había desintoxicado y estaba en proceso de readaptación. El vendedor de bolsos sudanés había conseguido el estatus de residencia permanente, con una pequeña ayuda de Herman Greencard. La mujer sin hogar tenía un apartamento, un trabajo y la custodia de sus dos hijos. El ex pandillero había reincidido, había violado la libertad condicional y había huido a California del Sur, desde donde le enviaba a Jaywalker postales con bañistas muy poco vestidas, o sin vestir en absoluto. El tribunal había admitido a trámite la apelación del presidiario de Sing Sing, y se esperaba una decisión en poco tiempo. El caso del limpiador que se orinaba en los pantalones había sido desestimado; un conductor borracho se había declarado culpable de conducir un vehículo a motor bajo los efectos del alcohol. Un traficante de drogas de poca monta había tenido que conformarse con una sentencia de libertad condicional. Y un trilero había sido absuelto después de que Jaywalker convenciera al jurado de que la habilidad de su cliente para timar a sus víctimas era tan consumada que invalidaba por completo el elemento de «juego de azar» requerido por el lenguaje de la ley.

Nueve meses, nueve casos, nueve clientes, nueve resultados bastante buenos.

Sólo quedaba uno.

Samara Moss.

3.

Samara

Se llamaba Samara Moss, y era una cazadora de fortunas. Al menos, ése había sido el consenso general en la prensa sensacionalista, desde que ella le hubiera echado las garras a Barrington Tannenbaum. Eso había ocurrido nueve años antes, cuando Tannenbaum tenía sesenta y un años. El hombre había amasado una gran fortuna con la compraventa de arrendamientos para la búsqueda y explotación de yacimientos de petróleo y gas en terrenos, y después la había multiplicado varias veces en el negocio de los transportes. Entre las cosas que transportaba había municiones, chalecos y petos salvavidas y aviones de guerra. Tenía una lista de clientes corta, pero la mayoría de ellos usaba títulos como «Sultán» o «Su Excelencia» antes del nombre. La fortuna de Tannenbaum se estimaba entre los diez y veinte mil millones de dólares.

Cuando se casó con él, la fortuna de Samara Moss se estimaba entre diez y veinte dólares.

Ella se había criado en un camping de Indiana, en una caravana, donde le habían dedicado la expresión «basura blanca» tantas veces que se había acostumbrado a oírla y ya no la consideraba un insulto. Su madre era una mujer soltera que trabajaba de camarera y de bailarina de striptease , y que durante su jornada laboral dejaba a Sam al cuidado de sus innumerables novios. Algunos de esos novios hacían caso omiso de Samara; otros la enseñaban a beber cerveza, a decir palabrotas y a tomar drogas. Cuando cumplió los diez años, Sam sabía liar un porro perfecto. A los doce, estaba fumando los porros que liaba. Por lo que contaba Sam, algunos de esos novios abusaron de ella en alguna ocasión, aunque ni siquiera hoy se sepa el alcance de esos abusos ni tampoco exista la certidumbre total. Sin embargo, hay dos cosas claras: era lo suficientemente guapa como para entrar a formar parte del equipo de animadoras a los doce años, y lo suficientemente indisciplinada como para que la expulsaran dos meses después.

Se escapó de casa el día después de cumplir catorce años, y primero fue a parar a Ely, Nevada, después a Reno y finalmente a Las Vegas, persiguiendo su sueño de convertirse en estrella de Hollywood. En vez de eso, se convirtió en camarera y en prostituta ocasional, aunque ella habría negado lo último rápidamente diciendo que sólo se acostaba con hombres agradables que la atrajeran, y que no tenía la culpa de que algunos de ellos decidieran expresar su admiración en forma de regalos, incluyendo ciertas cantidades de dinero.

Barrington Tannenbaum la vio por primera vez en Las Vegas, en el bar del Caesars Palace, a las tres de la madrugada de un domingo. Barry acababa de divorciarse, y aquél era su tercer fracaso en el amor. Aunque era absurdamente rico, también estaba solo y aburrido, y necesitaba un proyecto tanto como Samara necesitaba un amante rico y viejo. Y había algo sobre Barry Tannenbaum que reconocían tanto sus socios de negocios como sus rivales más acérrimos: una vez que se implicaba en algo, nunca lo hacía a medias. Desde el momento en que conoció a Samara, decidió salvarla, de la misma manera que ella decidió atraparlo a él. Si aquello no era un emparejamiento fabricado en el cielo, al menos sí tenía cierta cualidad sobrenatural.

Se ha dicho que todos estamos destinados a repetir nuestros errores, y la historia reciente ha demostrado con creces que Barry Tannenbaum era de los que se casaban. La verdad era que, además de un nuevo rico, era un tipo chapado a la antigua. Había crecido en un tiempo en el que, si uno quería a una chica, se casaba con ella, tenía hijos y vivía feliz para siempre. No fue raro, por lo tanto, que pese a sus anteriores fracasos sentimentales, Barry se sintiera obligado a hacer una mujer honesta de Sam en el sentido más anticuado de la expresión. Ocho meses después de haberla conocido, se casó con ella. En aquel momento, él tenía sesenta y dos años.

Samara acababa de cumplir diecinueve.

Los periódicos sensacionalistas no fueron los únicos que se mofaron de los cuarenta y dos años y los quince mil millones de dólares que separaban a la pareja. Parece que los oportunistas nos producen a todos sentimientos contradictorios. La prostituta convertida en heroína que interpretó Julia Roberts en Pretty Woman se gana nuestros aplausos cuando consigue al personaje millonario de Richard Gere, pero sólo porque el guión se encarga de dejar claro que ella no lo había pretendido desde el principio.

En el caso de Anna Nicole Smith, la Playmate del Año que se casó, a los veintiséis años, con un multimillonario de Texas de ochenta y nueve años, tuvo mucho menos apoyo público. Sin embargo, hubo un sentimiento generalizado y evidente de simpatía por ella cuando se supo que el hijastro de Anna Nicole, que tenía edad suficiente como para ser su abuelo, quizá intentara manipular la situación con demasiado énfasis para excluirla del testamento de su padre. En una encuesta que se realizó mientras el caso se llevaba al Tribunal Supremo, casi el cuarenta por ciento de los norteamericanos que tenían una opinión sobre el asunto respondieron que Smith se merecía todo o casi todo de los cuatrocientos setenta y cuatro millones de dólares que demandó cuando su esposo murió, un año después de haberse casado con ella.

Lo más probable era que Samara no hubiera tenido tan buen resultado en el tribunal de la opinión pública. Para empezar, estaba el detalle de que ella sólo vivió con Tannenbaum durante el primero de sus ocho años de matrimonio; ella había convencido a Barry para que le comprara una casa junto a Park Avenue diciéndole que nunca había tenido un hogar propio, y rápidamente fijó allí su residencia. Aquella casa costó cuatro millones y medio de dólares. Poca cosa, seguro. Pero un poquitín indecoroso, quizá.

Para continuar, estaba el detalle de las aventuras que tuvo Samara, algunas con discreción, pero otras con una franqueza que bordeaba en el exhibicionismo. A los quioscos no llegaba ni un solo número de la National Enquirer sin un artículo sobre El último lío de Sam, a menudo acompañado por una fotografía de la pareja adúltera entrando o saliendo de una discoteca, con una gran abundancia de escote o de pantorrilla a la vista.

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