– Buenos días, comandante -dijo el vigilante al reconocerlo, y lo saludó con el brazo extendido. De Luca no respondió, ni siquiera lo miró, entró directamente en el portal mientras el guardia se volvía a observarlo, dudando si detenerlo o no.
Tampoco dentro había cambiado nada: seguía habiendo poca luz, incluso con las ventanas abiertas, y un olor constante a polvo y alcohol mezclados. Puertas cerradas de madera vieja, con las cerraduras nuevas. Un tictac espaciado de dactilógrafo inexperto, con dos dedos, tac tac tac. De Luca subió las escaleras, acariciando el pasamanos, se cruzó con alguien que lo saludó con un gesto de la cabeza y se detuvo delante de un despacho de puerta tan anónima como las demás. A lo lejos, en el piso de abajo, sonó el eco de algo que parecía un grito. De Luca llamó.
– Adelante -dijo una voz con ligero acento sardo. De Luca entró sin vacilar, con un gesto decidido que había hecho cientos de veces.
– Soy yo -dijo. Sentado al escritorio, el capitán Rassetto lo miró sorprendido, con una pluma en la mano suspendida en el aire. Era un hombre delgado, oscuro, con el cabello rizado echado hacia atrás y un bigote fino y estrecho, a ras de labio. Sus ojos eran negrísimos, juntos, y daban a su rostro un aspecto agudo, de un halcón.
– ¡Hombre! -exclamó, y la nuez se movió arriba y abajo por el cuello delgado, entre la barbilla en punta y el cuello del uniforme-. Estaba convencido de que no te volvería a ver.
Desde debajo del escritorio empujó hacia delante, con la bota, una silla, que De Luca aferró por el respaldo, antes de que cayera. Rassetto lo miró sonriente, descubriendo unos dientes en punta, lobunos.
– He oído que las cosas te van bien -dijo-, te has hecho famoso. A lo mejor te promueven, a lo mejor te hacen jefe de la policía en lugar de ése. ¿Qué pasa? ¿Echabas en falta tu viejo departamento?
– Me encuentro bien en la comisaría -dijo De Luca-. Es un trabajo interesante.
Quería decir «limpio», pero no lo dijo.
Rassetto asintió. Se golpeó con la pluma los dientes blanquísimos, luego se levantó y se acercó a la ventana, con los pulgares metidos en el cinturón.
– ¿Sabes que han tirado dos bombas en el patio? -dijo, casi distraídamente-. Se vuelven cada vez más descarados, más arrogantes. Anteayer mataron a Foschini, justo aquí fuera. Te acuerdas de Foschini, ¿verdad?
De Luca guardó silencio. Rassetto se acercó al escritorio y rebuscó entre las hojas esparcidas por la mesa. Cogió una amarilla y la hizo volar hacia De Luca, que la aferró mientras planeaba, ligera, hacia el suelo.
– Quizás te interese -dijo Rassetto, volviendo a la ventana. De Luca se puso a leer. Era un comunicado del Comité de Liberación Nacional, con una lista de nombres que empezaba precisamente por el de Rassetto. En quinto lugar estaba el suyo.
– ¿Te asombras? -preguntó Rassetto, sin volverse-. ¿Creías estar fuera sólo porque aquí hacías un trabajo intelectual? ¿O porque te han trasladado?
– Me asombro, sí. Yo soy policía -dijo De Luca. Rassetto se volvió, con su sonrisa triangular.
– ¿Y nosotros no? -dijo, apoyándose con las manos en el escritorio-. Mira, De Luca, tú siempre has sido bueno y has hecho un buen trabajo, por eso he apoyado tu petición cuando has querido volver a la comisaría. Pero no te hagas ilusiones, no creas que has recuperado la virginidad porque ahora persigas a ladrones de gallinas. Ya has leído las disposiciones del Comité de Liberación sobre el trato que hay que reservar a los «asesinos» de las Brigadas Negras.
– Pero yo estoy en comisaría.
– ¡Y dale!… ¿Cómo puedes ser tan ingenuo? Si esto acaba mal, si los banditen toman el puesto, en una hora estamos contra el paredón, yo en medio, tú a un lado y Valente, el dentista, al otro, como Jesús con los dos ladrones. Pero a mí me importa un pito -se incorporó, enganchando los pulgares al cinturón-, porque ganaremos. ¿Qué quieres de mí? ¿Quieres hacer carrera en el partido? ¿Quieres un carné de escuadrista de antes de la Marcha de Roma?
De Luca se estremeció y volvió a concentrarse en su caso. Dejó caer el folio entre los demás papeles, esforzándose por no mirarlo.
– Quiero un favor -dijo-. Estoy metido hasta el cuello en la mierda. Quiero información sobre Alfieri, sé que hay un legajo en el fichero.
Rassetto se quedó mirando el vacío por un momento. Parecía distraído por algo, pero De Luca sabía que estaba pensando y cuando lo hacía de esa manera, con esa media sonrisa extraña, siempre resultaba algo peligroso.
– Está bien -dijo por fin-, te doy la información. Alfieri me cae como una patada en los huevos a mí también. Pero a cambio quiero que me cuentes toda la historia y que me tengas informado de todo lo que se refiera a él. -De Luca asintió-. Escucha entonces: Fabio Alfieri es un fascista de hierro, amigo de Farinacci y de los alemanes. Es un antisemita de la escuela de Preziosi, de los más intransigentes. Pero hace un doble juego. Está en contacto con el Comité de Liberación por cuenta de los alemanes, a través de la curia, mantiene abiertas las puertas que le convienen. De vez en cuando saca a algún judío, o a algún rojo importante, y se prepara para después, el muy cabrón. Su hijo Littorio, fascista modelo, oficial de las SS, le hace de intermediario. Va a Verona dos veces al mes, de paisano. Su esposa, por su parte, va todos los viernes a casa de Tedesco, que es el gran adversario de Alfieri, más conservador que fascista, doble agente también, pero para los ingleses. Todos esos señores se están preparando para bajarse los pantalones, y entran en competencia para hacerlo de la forma más segura posible. Qué asco. -Rassetto hizo chirriar los dientes con una mueca cruel, luego volvió a su sonrisa peligrosa-. Pero últimamente la señora Alfieri ha pasado varias noches fuera de casa, he mandado que la sigan. En Via Battisti, el número no lo recuerdo. Un buen lío de familia, ¿no? Ahora habla tú.
De Luca lo contó todo, sobre todo para sí mismo, habló de Sonia y las presiones de Vitali, del portero, de la morfina y de la criada desaparecida. Dejó fuera solamente a Valeria. Había hablado tan deprisa que cuando terminó estaba sin aliento, ante la mirada divertida de Rassetto.
– Un auténtico cacao -le dijo-, enhorabuena.
– Gracias.
– De nada. Y recuerda que siempre que quieras volver con nosotros serás bienvenido.
– Gracias -repitió De Luca, y se levantó. Salió del despacho con el recuerdo volátil de la hoja amarilla que planeaba ligera, forzadamente ignorada entre sus pensamientos. En el piso de abajo, confuso, resonó otro grito lejano.
Era casi la hora del toque de queda cuando llegó a la ciudad, y anochecía rápidamente. No había llamado a Pugliese para que lo fuese a recoger, prefirió caminar solo, sombrío y silencioso, con las manos en los bolsillos, por las calles cada vez más desiertas y oscuras, entre las farolas oscurecidas por el apagón. Hacía calor, el verano estaba llegando por fin, y hacía viento, un viento tibio a ráfagas polvorientas, que le pegaba el impermeable abierto a las piernas.
De Luca reflexionaba, presa completamente de un montón de pensamientos que se agolpaban y se solapaban, huyendo a su tentativa de ponerlos en orden. El folio amarillo, Sonia, Silvia, Valeria… Había llamado a Valeria dos veces ese día, sin encontrarla, y decidió ir a verla, aunque había llamado hacía diez minutos. La esperaría bajo su casa, quizás, pero necesitaba verla, de verdad, aunque sólo fuera para hablarle o para que lo miraran aquellos ojos oblicuos de bruja, de reflejos rojos. Se puso a caminar más rápido, siguiendo pasivamente el ruido uniforme de sus pasos. Un hombre en bicicleta, encorvado, lo adelantó pedaleando con prisas. La cola de una patrulla dobló la esquina, sin verlo, muy por delante de él, y De Luca metió una mano bajo el impermeable para coger el carné en caso de que alguien lo detuviera, pero, cuando quiso sacarlo, el carné se le resbaló de la mano. Se inclinó a recogerlo con un suspiro de fastidio, y entonces vislumbró a un hombre detrás de él, con un gabán corto, que se detenía bruscamente delante de un escaparate cerrado para atarse un zapato. El corazón empezó a latirle con fuerza. De Luca se volvió y reanudó su camino, nervioso. Más adelante, a la izquierda, un movimiento rápido desapareció tras una esquina. De Luca se puso rígido y metió una mano en el bolsillo, sobre la pistola. Se esforzó por no volverse, los músculos del cuello empezaron a dolerle, aceleró el paso, aguzando los oídos para escuchar el ritmo de los pasos que lo seguían. Cuando vio al hombre de la bicicleta quieto al fondo de la calle, examinando la cadena, no le cupo la menor duda y un escalofrío helado le recorrió el espinazo, estremeciéndolo dentro de su impermeable. Giró bruscamente a la derecha por la primera calle que encontró y se echó a correr lo más rápido que pudo. Oyó un silbido a su espalda y un ruido rápido de pasos que lo perseguía mientras giraba de nuevo a la derecha y luego a la izquierda, sin saber adónde iba. Desembocó en una placita y se sintió perdido, pues sólo había una larga fila de edificios de puertas cerradas a un lado y, delante, una calle completamente descubierta. Miró a su alrededor, jadeante, los pasos se acercaban, y de pronto reconoció algo familiar, una terraza por encima de él: la casa de Valeria. Empujó la puerta, que se abrió golpeando contra el muro con un ruido sordo, y subió las escaleras corriendo, aferrándose a la barandilla. Llegó a la puerta de Valeria y se puso a golpear con el puño cerrado, desesperado.
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