Laura Esquivel - La Ley Del Amor

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La historia de una pasión que sobrevive desde la caída del Imperio de Moctezuma, hasta el Siglo 23 en la Ciudad de México.
Azucena es una astroanalista,na especie de psicoterapeuta altamente evolucionada que trata a los que sufren de problemas de karma.Como alma iluminada, Azucena finalmente alcanzó la recompensa de la eencarnación: encontrarse con su alma gemela,su verdadero amor, Rodrigo.
Pero luego de una noche de suprema pasión, los amantes se ven separados, y Azucena debe emprender la búsqueda de Rodrigo a través de la galaxia y de 14,000 vidas.

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El periodista quiso enviar a la Tierra la información de todo lo sucedido, pero Isabel lo convenció de que no lo hiciera, pues con eso sólo entorpecería la investigación. Cualquier información noticiosa sobre el caso podría alertar a los demás integrantes del grupo de guerrilla urbana al que ese hombre pertenecía. Lo más indicado, pues, era mantener el secreto a toda costa, entregar al individuo a la Procuraduría General del Planeta para que ahí se condujera la investigación y dejar que los judiciales se encargaran de la captura de todos los cómplices que, a saber, eran: Cuquita, la abuelita de Cuquita, el compadre Julito y Azucena. El periodista quedó muy conforme con las sugerencias de Isabel y decidió guardar su nota para después, sin saber que le estaba dejando a Isabel la puerta abierta para que pudiera actuar por su cuenta y eliminar a todos antes de que fueran detenidos.

* * *

Quién sabe si fue a causa del calor o por haber saltado infinidad de obstáculos en el camino de regreso a la nave, pero el caso es que Ex Azucena se desmayó antes de entrar en el interior del transporte interplanetario. Ex Rodrigo quiso aprovechar el hecho para fugarse y Agapito tuvo que ponerle otra madriza.

Isabel se había encargado de convencer a todo el mundo de que Ex Rodrigo era un sujeto peligrosísimo y que lo más conveniente era mantenerlo dormido hasta que llegaran a la Tierra. Barberamente, todos habían coincidido con ella. Saber que ese hombre no podía hablar con nadie le había dado un respiro. Se encerró junto con sus guaruras en el interior del salón de juntas de la nave espacial disque por razones de trabajo, pero lo que Isabel realmente estaba haciendo era jugar solitario, y sus pobres guaruras sólo se limitaban a observarla. El solitario era su pasión. Podía pasar horas y horas acomodando cartas. Sobre todo cuando tenía demasiadas cosas en la cabeza. Era como si, formando cartas, lograra levantar un dique entre el mar y la arena. O como si mediante el control de las cartas lo obtuviera sobre sus pensamientos. Sólo las cosas que han sido pensadas caen bajo nuestro dominio. Por medio del solitario Isabel sentía que transformaba el desorden en orden, el caos en armonía, en regularidad. ¡Le encantaría descubrir quiénes formaban parte del complot contra ella con la misma facilidad con que dejaba a la vista las cartas de la baraja! Porque de que había un plan para destruirla, lo había. Y ella tenía que descubrir quién estaba detrás de él antes de que sus enemigos acabaran con la imagen de sí misma que tanto trabajo le había costado construir. Lástima que no podía regresar de inmediato a la Tierra. En su camino de regreso tenía que pasar forzosamente por Júpiter. El Presidente de ese planeta era muy poderoso y le convenía mucho asegurar con él un tratado de libre comercio interplanetario. Eso le daría enorme credibilidad y la colocaría muy por encima de su oponente electoral.

Por otra parte, no pensaba que las negociaciones le tomaran más de un día, y mientras Ex Rodrigo estuviera dormido no corría peligro, pues no creía que al verdadero Rodrigo le pudieran sacar ninguna información. No había manera de que lograra recobrar la memoria. Bueno, eso esperaba. ¡En mala hora se había enamorado de él! Rodrigo era la única persona a la que no había sido capaz de eliminar. Y ahora estaba pagando las consecuencias. Por su culpa estaba metida hasta el culo en ese lío del que iba a ser muy difícil salir triunfante. Trataba de tranquilizarse pensando que no importaba si se iba a tardar un día más o un día menos. Lo que estaba claro era que al llegar a la Tierra les ajustaría las cuentas a los rebeldes. Ya había hecho infinidad de llamadas a todo el mundo tratando de detectar quién más estaba en el complot en contra de ella, pero no había descubierto nada. En apariencia, Azucena y sus secuaces estaban trabajando por su cuenta. Pero aun así, Isabel no descartaba un complot político de mayores alcances.

Isabel sentía claramente cómo el miedo contraía su estómago, cómo alborotaba sus jugos gástricos y cómo éstos le ulceraban el colon. Sabía que tenía que controlarse, pero no podía. Los pensamientos se le desmandaban. Hacían con ella lo que querían. No podía mantenerlos en su lugar. Por eso jugaba solitario. Para no pensar. Para meter al orden aunque fueran unas pinches cartas. Ellas eran las únicas que quedaban bajo su dominio. Bueno, aunque pensándolo bien también le quedaban sus guaruras. A los pobres les había prohibido ejecutar el menor movimiento o hacer el menor ruido que pudiera sacarla de su concentración, y ellos la obedecían sin chistar.

La que no le hacía mucho caso que digamos era la computadora. A Isabel ya hasta le había salido un callo en el dedo, pues estaba tratando de romper su récord de velocidad para ingresar en el libro de Guinness, y la pinche computadora que no la ayudaba. Era una pachorruda de primera. No podía seguirle el ritmo. Isabel estaba furiosa. Elevaba varios juegos tratando de ganar y no había podido. En el corazón sentía una gran angustia e inconformidad. Si no ganaba le iba a dar un infarto. ¡Si al menos tuviera un tres rojo de corazones! Podría subir el cuatro y descubrir la columna cerrada.

En ese preciso momento Ex Azucena cayó al piso en medio de un escándalo tremendo. Isabel brincó en su silla y se tiró al piso. Temblaba de miedo. Creyó que alguien había abierto la puerta de una patada con la intención de asesinarla. Al no escuchar ninguna detonación, levantó la cabeza, y se dio cuenta de lo que había pasado. Agapito estaba al lado de Ex Azucena tratando de reanimarla. Isabel, furiosa, se levantó y se sacudió la ropa.

– ¿Qué le pasa a este pendejo? Es la segunda vez que se desmaya el día de hoy. -Le preguntó a Agapito.

– No sé, jefa.

– Pues sácalo de aquí. Elévalo a que lo vea el doctor y regresas de inmediato a cuidarme… ¡Ah!, y por ahí checa que el impostor siga dormido.

Agapito tomó entre sus brazos a Ex Azucena y la sacó de la sala de juntas.

Isabel se quedó mentando madres. Había estado a punto de romper su récord de velocidad y la interrupción de su guarura había jodido todo. Ahora, aunque terminara el juego que había dejado a medias, ya no iba a poder entrar en el libro de Guinness. Últimamente todo se le echaba a perder. Todo se le descomponía. Todo olía a podrido. Todo, todo… hasta ella misma. ¿Ella? Y sí, ahí fue cuando se dio cuenta de que con el susto se la había escapado un pedo. Uno de los más olorosos que se había echado en su vida. La culpa la tenía la colitis ulcerativa. Y la culpa de la colitis la tenía Azucena. Y la culpa de Azucena… no importaba. Lo urgente era deshacerse del olor nauseabundo o Agapito al regresar se iba a encontrar a otra desmayada. Sacó de su bolsa un spray aromatizante que siempre llevaba consigo para casos de emergencia como ése, y empezó a rociar con él toda la sala.

En ésas estaba cuando Agapito regresó con cara de compungido. Al entrar se le arrugó más el ceño, pues el olor a pedo aromatizo era insoportable. Como buen guarura que era, hizo un esfuerzo sobrehumano y puso cara de «yo no huelo nada». Isabel se lo agradeció y de inmediato inició su interrogatorio.

– ¿Qué pasó? ¿Qué tenía?

– Éste… traía una microcomputadora instalada en la cabeza.

– Ya lo decía yo. Esa Azucena es de temer. ¿Qué planearía hacer con esa microcomputadora? De seguro un negocio sucio. Bueno, pero ahora ¿qué va a hacer el doctor?, ¿se la va a sacar?

– No, no puede.

– ¿Por qué?

– Pues porque… le podría afectar… porque… está embarazado.

– ¿Que qué? Pinche puto, ahora resulta que también me salió puta. Tráemelo, quiero hablar con él.

– Está aquí afuera, jefa.

– Pues qué espera para entrar. Ábrele la puerta.

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