Salman Rushdie - Los Versos Satánicos

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* * *

Elena, a los veinte años, tomó Londres por asalto. Su cuerpo felino de metro ochenta se insinuaba a través de un modelo de cota de malla de Rabanne. Ella siempre tuvo una misteriosa seguridad en sí misma, proclamando que se sentía dueña del mundo. La ciudad era su medio, estaba en ella como el pez en el agua. Murió a los veintiuno, ahogada en una bañera de agua fría, con el cuerpo lleno de drogas psicotrópicas. ¿Puede ahogarse uno en su elemento?, se preguntaba Allie hacía mucho tiempo. Si los peces pueden ahogarse en el agua, ¿pueden los seres asfixiarse en el aire? Por aquel entonces, Allie, a sus dieciocho y diecinueve, envidiaba la seguridad de Elena. ¿Cuál era su propio elemento? ¿En qué tabla periódica del espíritu podía encontrarse? Ahora, con los pies planos, veterana del Himalaya, lloraba su pérdida. Una vez has ganado el más alto horizonte, no es fácil volver a tu caja, a una isla estrecha, una eternidad de antítesis. Pero sus pies eran unos traidores y la montaña la mataría.

La mitológica Elena, la modelo, envuelta en plásticos de alta costura, estaba segura de su inmortalidad. Allie, cuando fue a visitarla a su refugio de World's End, rehusó el terrón de azúcar que le ofrecía, murmuró que era malo para el cerebro, sintiéndose patosa, como de costumbre en presencia de Elena. La cara de su hermana, ojos excesivamente separados, barbilla demasiado puntiaguda, un efecto irresistible, la contemplaba burlona. «En el cerebro hay neuronas de sobra -dijo Elena-. Puedes permitirte gastar unas cuantas.» Elena derrochaba su capital de neuronas como el dinero, en busca de sus propias cumbres, tratando de volar, como se decía en el argot de la época. La muerte, como la vida, le llegó envuelta en azúcar.

Elena quiso «sacar partido» de su hermana pequeña Alleluia. «Con lo guapa que tú eres, ¿por qué te disfrazas con ese mono? Si no te falta de nada.» Una noche vistió a Allie con un modelito verde aceituna, a base de volantes y carencias, que dejaba los panties al aire hasta casi la ingle: me espolvorea de azúcar, como si fuera un dulce, pensó Allie con mentalidad puritana, mi propia hermana me exhibe en el escaparate, muchas gracias. Fueron a un club de juego, lleno de extasiados magnates de medio pelo y, mientras Elena estaba distraída, Allie se marchó. Una semana después, avergonzada por su cobardía, sentada en una poltrona tipo «saco de judías» en World's End, confesó a Elena que ya no era virgen. Y entonces su hermana le dio una bofetada en la boca y le llamó nombres antiguos: zorra, ramera, pájara. «Elena Cone nunca consintió que un hombre le pusiera encima ni un dedo -gritó, revelando su habilidad para pensar en sí misma en tercera persona-, ni una triste uña. Yo sé hacerme valer, niña, sé que, en cuanto ellos meten el pito, se acaba el misterio; pero debí figurarme que tú me saldrías puta. Algún comunista de mierda, seguro», concluyó. Había heredado los prejuicios de su padre. Allie, como Elena sabía, no.

Después de aquello, no se vieron mucho más. Elena sería hasta su muerte la reina virgen de la ciudad -la autopsia confirmó que había muerto virgo intacta -, mientras Allie dejaba de usar ropa interior, hacía trabajitos en revistas radicales de pequeña tirada y se convertía en el polo opuesto de su intocable hermana. Cada cópula le representaba una bofetada en la cara de su hermana, de expresión tempestuosa y labios pálidos. Tuvo tres abortos en dos años, y descubrió, con cierto retraso, que el uso de la píldora anticonceptiva la había colocado en el grupo de mayor riesgo de cáncer.

Se enteró de la muerte de su hermana por un cartel de un quiosco de periódicos: MUERE MODELO «BAÑADA EN ÁCIDO». Su primer pensamiento fue: ni la muerte te salva de los juegos de palabras. Después, descubrió que no podía llorar. «Seguí viéndola en las revistas durante meses -dijo a Gibreel -. Los contratos publicitarios se hacen a largo plazo.» El cadáver de Elena bailaba por desiertos marroquíes, cubierto tan sólo con velos diáfanos, o era avistado en la Luna, en el mar de las Sombras, sin más indumentaria que el casco espacial y media docena de corbatas de seda anudadas en los pechos y las caderas. Allie pintaba bigotes en las fotografías, para escándalo de los quiosqueros; arrancaba a su difunta hermana de los periódicos de su antimuerte de zombie y hacía con ella una pelota. Allie, perseguida por el fantasma periodístico de Elena, meditaba sobre los peligros de intentar volar; ¡qué flamígeras caídas, qué macabros infiernos se reservaban a aquellos émulos de ícaro! Le dio por pensar que Elena era un alma en pena, por creer que este cautiverio en un mundo inmóvil de descoco fotográfico en el que exhibía unos pechos negros de plástico moldeado tres tallas más grandes que los suyos, una torcida sonrisa seudoerótica y un mensaje publicitario en el ombligo, era nada menos que el infierno personal de Elena. Allie empezó a ver el grito en los ojos de su hermana, la angustia de verse atrapada para siempre en la doble plana de la moda. Elena era torturada por demonios, consumida en fuegos, y ni siquiera podía moverse… Al cabo de un tiempo, Allie tenía que evitar las tiendas en las que su hermana miraba al vacío desde los estantes. Era incapaz de abrir una revista, y escondió todas las fotos que tenía de Elena. «Adiós, Yel -dijo a la memoria de su hermana, llamándola por su nombre de la infancia-. No puedo mirarte más.»

«Pero al fin resultó que yo era igual que ella.» Las montañas empezaron a cantar en sus oídos; y también ella sacrificó neuronas para ir en busca de la exaltación. Eminencias médicas, especializadas en los problemas del montañismo, han demostrado con frecuencia, sin lugar a una duda razonable, que los seres humanos no pueden vivir sin un aparato respiratorio por encima de los ocho mil metros. Los ojos sufren derrames devastadores y el cerebro también empieza a estallar, perdiendo neuronas por miles de millones, demasiadas y demasiado aprisa, lo cual provoca el daño irreparable conocido por el nombre de deterioro de la altitud, que rápidamente es seguido de la muerte. Cadáveres ciegos, conservados en el congelador de las altas cumbres. Pero Allie y el sherpa Pemba subieron y volvieron para contarlo. Las neuronas de los fondos de depósito del cerebro suplieron las bajas de las cuentas corrientes. Tampoco se le reventaron los ojos. ¿Por qué se equivocaron los científicos? «Por los prejuicios, sobre todo -dijo Allie, enroscada alrededor de Gibreel debajo de la seda del paracaídas-. Puesto que no pueden cuantificar la voluntad, la dejan fuera de sus cálculos. Pero es la voluntad lo que te sube al Everest, la voluntad y la cólera, y eso puede con cualquier ley de la Naturaleza que puedas imaginar, por lo menos a corto plazo, y tomando en consideración la gravedad. Por lo menos, si no abusas de la suerte.»

Hubo ciertos daños. Ella sufría inexplicables fallos de memoria: cosas pequeñas e imprevisibles. Un día, en la pescadería, se le olvidó la palabra pescado. Una mañana, en el cuarto de baño, con el cepillo de los dientes en la mano, no sabía para qué servía. Y otra vez, al despertar y ver a Gibreel dormido a su lado, estuvo a punto de sacudirle y preguntar: «¿Quién diablos es usted? ¿Cómo ha llegado a mi cama?», pero, en el último instante, le volvió la memoria. «Espero que sea transitorio», le dijo. Pero todavía guardaba para sí las apariciones del fantasma de Maurice Wilson en los tejados que rodeaban los Fields, agitando el brazo con ademán invitador.

* * *

Era una mujer competente, impresionante en muchos aspectos, la deportista profesional de los años ochenta, cliente de MacMurray, la agencia gigante de relaciones públicas, y tenía patrocinadores a montones. Ahora también ella aparecía en anuncios, exhibiendo su propia línea de prendas para deporte y tiempo libre, pensadas para los excursionistas aficionados más que para los escaladores profesionales, promoviendo lo que Hal Valance llamaría el universo. Ella era la muchacha de oro del techo del mundo, la superviviente de «mi pareja de teutonas», como Otto Cone gustaba de llamar a sus hijas. Yel, otra vez te sigo los pasos. Una mujer atractiva en un mundo dominado por, en fin, hombres peludos se vendía bien, y la imagen de la «reina de los hielos» tenía garra. Esto daba dinero, y ahora que era lo bastante vieja como para comprometer sus viejos y fieros ideales con un simple encogerse de hombros y una sonrisa, estaba dispuesta a hacerlo, dispuesta, incluso, a salir en los programas de entrevistas de la televisión para responder con evasivas e insinuaciones picantes a las consabidas preguntas acerca de la vida con los chicos a ocho mil metros. Este exhibicionismo no casaba con la imagen de sí misma a la que aún se aferraba con fuerza: la idea de que ella era solitaria por naturaleza, la más reservada de las mujeres, y que las exigencias de su vida profesional le provocaban un conflicto que la dividía consigo misma Ello fue la causa de su primera disputa con Gibreel, que, con su crudeza habitual, dijo: «Supongo que no hay inconveniente en huir de las cámaras mientras sepas que van detrás de ti. Pero ¿y si se paran? Supongo que entonces correrías en sentido contrario.» Después, cuando hicieron las paces, ella bromeaba acerca de su fama creciente (puesto que fue la primera rubia atractiva que conquistó el Everest, se armó un considerable revuelo, y recibía por correo fotos de magníficos mostrencos, invitaciones a soirées encopetadas y también insultos paranoicos): «Yo podría hacer películas ahora que tú te has retirado. ¿Quién sabe? Quizá las haga.» A lo que él respondió, impresionándola con su vehemencia: «Antes tendrías que matarme.»

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