Salman Rushdie - Los Versos Satánicos
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«Vive -dijo la Muerte a, quién era el otro, Gibreel-. Pero, hijo, menudo aliento; qué peste. ¿Cuánto hace que no se lava los dientes?»
El aliento del uno se purificó mientras el del otro, por un misterio análogo y contrario, se corrompió. ¿Qué esperaban? Caer así del cielo: ¿imaginaban que no habría efectos secundarios? Los Poderes Superiores se interesaban por ellos, eso tenían que haberlo notado, y esos Poderes (naturalmente, hablo de mí mismo) tienen una actitud traviesa, casi caprichosa, hacia las moscas llovidas del cielo. Y, otra cosa, que quede claro: las grandes caídas cambian a la gente. ¿Y a ustedes les parece que ellos cayeron de muy alto? En cuestión de caídas, yo no me inclino ante nadie, ni mortal ni inmortal. De nubes a cenizas, por la chimenea, como quien dice, de la luz celestial al fuego del infierno… con el esfuerzo de una caída larga, como les decía, son de esperar mutaciones, no todas casuales. Selecciones antinaturales. Tampoco es tan alto precio a cambio de la supervivencia, del renacimiento, de la renovación, y, por si fuera poco, a su edad.
¿Qué? ¿Tengo que enumerar los cambios?
Buen aliento/mal aliento.
Y alrededor de la cabeza de Gibreel Farishta, que estaba de espaldas al amanecer, Rosa Diamond creyó divisar un resplandor tenue pero francamente dorado.
¿Y no eran unos bultitos lo que Chamcha tenía en las sienes, debajo del bombín empapado y todavía encasquetado?
Y, y, y.
Cuando vislumbró la estrafalaria y satírica figura de Gibreel Farishta, exuberante y dionisíaca en la nieve, Rosa Diamond no pensó en, digámoslo, ángeles. Al divisarlo desde su ventana, a través de un cristal empañado por la sal, con unos ojos empañados por la edad, sintió que el corazón le daba dos patadas tan dolorosas que temió que pudiera parársele; porque, en aquella figura borrosa, ella creyó reconocer la encarnación del más íntimo deseo de su alma. Se olvidó de los conquistadores normandos como si nunca hubieran existido y bajó trabajosamente por una pendiente de traidores guijarros, con excesiva rapidez para la integridad de sus piernas poco menos que nonagenarias, a fin de poder hacer como que reprendía al increíble desconocido por allanamiento de propiedad.
Generalmente, ella era implacable en la defensa de su adorado fragmento de costa, y cuando los excursionistas veraniegos pasaban de la línea de la marea alta, ella se abatía sobre ellos como lobo en el aprisco, según su propia expresión, para explicar y exigir: «Esto es mi jardín, saben ustedes.» Y, si ellos se ponían impertinentes -quésehacreídolavieja lajodidaplayaesdetodos-, ella volvía a su casa, sacaba una larga manguera verde de jardín y la dirigía implacablemente sobre sus mantas escocesas, palos de criquet de plástico, frascos de aceite solar, destruía los castillos de arena de los niños y empapaba sus bocadillos de salchicha sin dejar de sonreír dulcemente: ¿No les molestaría que riegue mi jardín…? Oh, buena era ella, todo el pueblo la conocía, no pudieron encerrarla en una residencia de ancianos, echó a cajas destempladas a toda su familia cuando se atrevieron a proponérselo, no volváis a aparecer por aquí si no queréis que os deje sin un penique ni un ahí te pudras. Ahora estaba sola, sin recibir ni una visita, semana tras bendita semana, ni siquiera la de Dora Shufflebotham, que durante tantos años le hizo la limpieza. Dora había muerto en setiembre, que en paz descanse, de todos modos, es fantástico cómo se apaña el viejo loro a sus años, con tantas escaleras, desde luego quizás esté un poco pirada, pero hay que reconocer que estando tan solos más de cuatro perderían la chaveta.
Para Gibreel no hubo ni manguera ni amonestación. Rosa profirió unos reproches simbólicos, se tapó la nariz mientras examinaba al caído y sulfuroso Saladin (que todavía no se había quitado el sombrero hongo) y luego, con un acceso de timidez que recibió con nostálgico asombro, tartamudeó una invitación, vvale mmás que traiga a su ammmigo a la cccasa, que hace ffrío, y echó a andar sobre los guijarros, para poner agua a calentar, agradeciendo al cortante aire invernal que le enrojecía las mejillas, que le disimulara el sonrojo.
De joven, Saladin Chamcha tenía una cara de excepcional inocencia, una cara que no parecía haber encontrado el desengaño ni la maldad, con una piel tan suave y delicada como la palma de la mano de una princesa. Le había sido útil en sus tratos con las mujeres y, en realidad, fue una de las primeras razones que Pamela Lovelace, su futura esposa, adujo por haberse enamorado de él. «Tan redonda y angelical -se admiraba tomándola entre las manos-. Como una pelota de goma.»
Él se ofendió. «Tengo huesos -protestó-. Estructura ósea.»
«Sí, por ahí dentro estará -concedió ella-. Todos la tenemos.»
Después de aquello, durante un tiempo, él no podía librarse de la idea de que tenía aspecto de medusa amorfa, y fue en buena medida para contrarrestar esta sensación por lo que decidió desarrollar aquella actitud estirada y altiva que ahora era como una segunda naturaleza. Por lo tanto, fue cuestión de cierta importancia cuando, al levantarse de un largo letargo, agitado por una serie de sueños intolerables entre los que destacaba la figura de Zeeny Vakil transformada en sirena que le cantaba desde un iceberg en tono de angustiosa dulzura, lamentando no poder reunirse con él en tierra firme, llamándole, llamándole; pero cuando él se acercó, ella lo encerró rápidamente en las entrañas de su montaña de hielo y su dulce canto se trocó en himno de triunfo y venganza… fue, como digo, algo serio cuando Saladin Chamcha, al despertar y mirarse a un espejo con marco de laca «Japonaiserie» azul y oro, vio reflejada en él la antigua cara angelical con un par de bultos en las sienes, alarmantes y descoloridos, señal de que, durante sus recientes aventuras, debía de haber recibido dos fuertes golpes. Mientras miraba en el espejo su cara alterada, Chamcha trataba de recordarse de sí mismo. Yo soy un hombre de verdad, dijo al espejo, con una historia de verdad y un futuro bien trazado. Soy un hombre para el que ciertas cosas tienen importancia: el rigor, la autodisciplina, la razón, la búsqueda de lo noble sin recurso a la vieja muleta de Dios. El ideal de la belleza, la posibilidad de la exaltación del pensamiento. Yo soy: un hombre casado. Pero, a pesar de su letanía, perversos pensamientos le visitaban con insistencia. Por ejemplo, el de que el mundo no existía más allá de aquella playa de allá fuera y, ahora, de esta casa. De que, si no tenía cuidado, si se precipitaba, caería por el borde, a las nubes. Todas las cosas tenían que hacerse. O que: si llamaba a su casa, ahora mismo, como era su obligación, si informaba a su amante esposa de que no estaba muerto, de que no había sido desmenuzado en el aire sino que estaba aquí, en tierra firme, si hacía este acto eminentemente sensato, la persona que contestara al teléfono no reconocería su nombre. O, en tercer lugar: que el ruido de pasos que sonaba en sus oídos, unos pasos lejanos pero que se acercaban, no era una resonancia temporal causada por la caída sino el sonido de una catástrofe inminente que se acercaba letra a letra, eleoene deerreeese, Londres. Aquí estoy, en la casa de la abuela. La de ojos, manos, dientes grandes.
Había un teléfono supletorio en su mesita de noche. Venga ya, se exhortó él. Descuelga, marca y tu equilibrio será restablecido. Estas letanías de pusilánime no son propias ni dignas de ti. Piensa en su dolor; llámala ya.
Era de noche. Él no sabía la hora. En la habitación no había reloj y el suyo de pulsera había desaparecido durante los últimos acontecimientos. ¿Debía, no debía? Marcó las nueve cifras. A la cuarta llamada, le contestó una voz de hombre. «¿Qué puñeta?» Soñolienta, inidentificable, familiar. «Perdón -dijo Saladin Chamcha-. Disculpe, me equivoqué de número.»
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