Salman Rushdie - Los Versos Satánicos
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Cuando descubrió que él era el único superviviente de la Ayesha Haj que no había visto abrirse las aguas -Sri Srinivas le dijo lo que habían visto los otros, agregando lúgubremente: «Es una vergüenza para nosotros que no se nos considerara dignos de acompañarles. Sobre nosotros, Sethji, las aguas se cerraron, nos golpearon la cara como las puertas del Paraíso»-, Mirza Saeed se derrumbó y lloró durante una semana y un día, y los sollozos secos siguieron sacudiendo su cuerpo mucho después de que sus lagrimales se quedaran sin sal. Y entonces regresó a casa.
Las polillas habían devorado las punkahs de Peristan y la biblioteca había sido consumida por un billón de hambrientos gusanos. Cuando abría un grifo, en lugar de agua salían serpientes, y la hiedra se había enredado en la cama de columnas en la que antaño habían dormido virreyes. Era como si, en su ausencia, el tiempo se hubiera acelerado y, en lugar de meses, hubieran transcurrido siglos, de manera que, cuando tocó la gigantesca alfombra persa enrollada en el salón de baile se desintegró bajo su mano, y los baños estaban llenos de ranas de ojos escarlata. Por la noche, los chacales aullaban al viento. El gran árbol estaba muerto, o casi, y los campos, áridos como el desierto; los jardines de Peristan, en los que un día, hacía mucho tiempo, él viera por primera vez a una hermosa muchacha, estaban secos y amarillos. Los buitres eran las únicas aves del cielo.
Saeed sacó una mecedora al porche, se sentó y estuvo meciéndose hasta dormirse.
Una vez, sólo una vez, visitó el árbol. El pueblo estaba pulverizado; campesinos sin tierra y saqueadores habían tratado de apoderarse de la tierra abandonada, pero la sequía los había ahuyentado. Aquí no había llovido. Mirza Saeed regresó a Peristan y cerró con candado las oxidadas verjas. No estaba interesado en la suerte de los que habían sobrevivido con él. Fue al teléfono y lo arrancó de la pared.
Transcurridos días que no contó, Mirza Saeed comprendió que estaba muriéndose de hambre, porque notaba que el cuerpo le olía a quitaesmalte de las uñas; pero como no tenía hambre ni sed, se dijo que no merecía la pena molestarse en buscar comida. ¿Para qué? Era preferible seguir sentado en la mecedora, sin pensar, sin pensar, sin pensar.
La última noche de su vida, Mirza Saeed oyó un ruido que sonaba como si un gigante aplastara una selva bajo sus pies, y olió un hedor como el pedo del gigante, y comprendió que el árbol estaba ardiendo. Se levantó de la mecedora y, tambaleándose, cruzó el jardín para ir a ver el fuego cuyas llamas consumían historias, recuerdos y genealogías, purificando la tierra y viniendo hacia él para liberarle; porque el viento llevaba el fuego hacia las tierras de la mansión, de manera que pronto, pronto llegaría su hora. Vio cómo el árbol estallaba en mil fragmentos y el tronco se reventaba como un corazón; luego dio media vuelta y renqueó hasta el lugar del jardín en el que viera a Ayesha por primera vez; y entonces le invadió una dejadez, el cuerpo le pesaba y se tendió en el polvo. Antes de cerrar los ojos, sintió un roce en los labios y vio que un puñado de mariposas trataba de metérsele en la boca. Luego, el mar se abatió sobre él y se vio en el agua, al lado de Ayesha, que, milagrosamente, había salido del cuerpo de su esposa… «Ábrete -le gritaba-. ¡Ábrete bien!» Unos tentáculos de luz le brotaban del vientre y él trataba de cortarlos con el canto de la mano. «Ábrete -gritaba ella-. Si has venido tan lejos, termina.» ¿Cómo era posible que él oyera su voz? Estaban bajo el agua, perdidos en el rugido del mar, pero él la oía claramente, todos podían oírla, oír aquella voz que era como una campana. «Ábrete», decía. Él se cerraba.
Él era una fortaleza cuyas puertas empezaban a ceder. Ahora se ahogaba. Ella se ahogaba también. Él vio que el agua le entraba en la boca y le gorgoteaba en los pulmones. Entonces, dentro de él algo se resistió, él hizo otra elección y, en el instante en que se rompió su corazón, él se abrió.
Su cuerpo se rajó desde la nuez hasta la ingle, de manera que ella pudiera llegar muy adentro, y ahora ella también estaba abierta, todos lo estaban y, cuando ellos se abrieron, las aguas se dividieron y todos caminaron hacia La Meca por el fondo del mar de Arabia.
IX UNA LÁMPARA MARAVILLOSA
1
Dieciocho meses después de haber sufrido el ataque al corazón, Saladin Chamcha volvió a levantar el vuelo, esta vez a causa de la noticia telegráfica de que su padre se encontraba en fase terminal de mieloma múltiple, cáncer de médula generalizado que era «cien por ciento» fatal, como dijo crudamente su doctora, a la que Chamcha consultó por teléfono. Entre padre e hijo no había habido contacto alguno desde que Changez Chamchawala enviara a Saladin el producto del nogal hacía eternidades. Saladin envió una nota breve para informar de que había sobrevivido a la catástrofe del Bostan, y recibió en respuesta una misiva más lacónica todavía: «Rec. tu comunicación. Ya estaba informado.» Pero cuando llegó el telegrama de la mala noticia -lo firmaba la desconocida segunda esposa, Nasreen II, y el redactado era bastante brusco: TU PADRE GRAVÍSIMO + SI QUIERES VERLO DATE PRISA + N CHAMCHAWALA (MRS)-, Saladin descubrió con sorpresa que, después de una vida de difíciles relaciones con su padre, después de largos años de enojos y «separaciones definitivas», su reacción era simple y espontánea. Sencillamente, irresistiblemente, era indispensable que él llegara a Bombay antes de que Changez lo abandonara para siempre.
Pasó la mayor parte de un día haciendo cola en la sección consular de India House para solicitar el visado y tratando de convencer a un encallecido funcionario de la urgencia de su caso. Como un estúpido, había olvidado el telegrama en casa y el funcionario le dijo: «Eso hay que demostrarlo. Comprenda que cualquiera puede venir diciendo que su padre se está muriendo, ¿no? Para colarse.» Chamcha hizo un esfuerzo para dominar la indignación, pero finalmente estalló: «¿Es que tengo cara de estar ansioso de volver a Khalistan?» El funcionario se encogió de hombros. «Yo le diré quién soy -gritó Chamcha a quien aquel gesto hizo perder los estribos-. Yo soy el desgraciado que fue bombardeado por los terroristas, cayó desde una altura de diez mil metros por culpa de los terroristas, y ahora, por los mismos terroristas, tiene que dejarse insultar por un chupatintas como usted.» Su solicitud de visado, colocada con mano firme por su adversario al fondo de un gran montón, no fue atendida hasta tres días después. El primer avión disponible no despegó hasta al cabo de otras treinta y seis horas: era un 747 de Air India y se llamaba Gulistan.
Gulistan y Bostan, los jardines gemelos del Paraíso: uno estalló en el aire y sólo quedó uno… Chamcha avanzaba por una de las tuberías por las que la Terminal Tres introducía pasajeros en aviones, cuando vio el nombre pintado junto a la puerta abierta del 747 y se puso dos tonos más pálido. Luego oyó a la azafata vestida con sari que le saludaba con un inconfundible acento canadiense y perdió la serenidad. Con un reflejo de auténtico terror, dio media vuelta y se quedó de espaldas al avión. Comprendía que debía de estar ridículo allí plantado, con la bolsa de cuero marrón en una mano y los dos sacos con cremallera para trajes en la otra, y los ojos desorbitados, de cara a la cola de irascibles pasajeros que esperaban para embarcar; pero no podía moverse. La gente se impacientaba: si esto es una arteria, pensó, yo soy el maldito coágulo. «Yo también me aco-co-acobardaba -dijo una voz jovial-. Pero ahora tengo el tru-truco. Durante el despe-pe-pegue, agito las manos y el avión siempre su-su-sube al cie-cie-cielo.»
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