Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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Mientras lo increpo, paso como todas las mañanas por los boxes para verificar el funcionamiento de los bebederos automáticos. Una suerte más que en Malevil la distribución de agua se haga por gravedad, porque si hubiéramos dependido de una bomba, el día J, poniendo fin a la electricidad, nos habría privado para siempre de ella.

Cuando entro en el box de Amaranta, me hace sus arrumacos de costumbre, me empuja por la espalda con su cabeza, pone sus ollares húmedos en mi nuca y me mordisquea la manga. Si tuviera manos, me haría cosquillas. Al mismo tiempo, con el rabo del ojo espía una gallina que se ha introducido en su box por la puerta que he dejado abierta. Por suerte, yo vi primero a la gallina y antes de que Amaranta haya podido pasarla a mejor vida bajo su casco, sorprendo a la yegua con una buena palmada en la grupa y con el pie empujo a la pobre idiota emplumada hacia la salida.

Le doy una ojeada al gran burro gris de Fulbert, o más bien a su balde de agua, porque se alberga en el único box que no tiene bebedero. Y acabada la visita, tomo en mi mano o mejor dicho en el hueco de mi viejo guante, porque le temo a su grueso pico puntiagudo, algunos gramos de cebada, y al punto ¿pero cómo sabe que ha llegado el momento? ¿Adónde estaba escondido hasta entonces? nuestro cuervo surge de no sé dónde y se desploma a mis pies. Y después de haber dado vuelta alrededor de mí con circunspección, en su pose favorita de viejo avaro jorobado con las manos a la espalda, se levanta hasta mi hombro izquierdo, se posa en él y comienza a picotear mi palma sin dejar de escrutarme de lado ni un instante con su ojo vivo. Una vez su comida terminada, no por eso abandona mi hombro, aun cuando entro a ensillar a Malabar. Digo Malabar y no Amaranta porque Craa no ha entrado nunca en el box de la yegua. Y eso también me llama la atención: ¿cómo sabe que Amaranta, dócil con los hombres, es peligrosa para los volátiles?

Mientras le paso el freno a Malabar (con Craa paseándose por su ancho lomo), la Menou llega para ordeñar a la Negrita y hablándome sin verme del box vecino, se queja de que no la ayuden. Le hago notar que Falvina y Miette no pueden al mismo tiempo lavar y secar los platos del día anterior en la gran sala y ordeñar la vaca en la caballeriza, y que por otra parte, para la vaca, conviene siempre la misma mano. A esta observación sigue el silencio, luego en el box de la Menou una larga serie de refunfuños injuriosos e indistintos en los que distingo las palabras "debilidad" "valiente chica" y "nalgas", lo que me permite reconstituir el sentido general.

Me callo y la Menou pasa, en voz alta, a otras quejas. Que la Falvina, delante de mí, hace como que pica nada más la comida, pero se atraca a escondidas (me pregunto cómo se las arreglará porque la Menou tiene las llaves de todo), y que tragando en esa forma con toda esa grasa que tiene, no va a llegar a vieja. Aquí, un paréntesis, para decirme que nos va a faltar jabón y azúcar y que habría que pedir en La Roque cuando se lleven a la vaca. Después volviendo a su tema predilecto -el fin próximo de la Falvina- la Menou me lo describe de antemano como un horrible ahogo debido a la glotonería.

Saco a Malabar bien ensillado de su box y comento, para poner término a esta necrofila, que justamente ahí llega la Falvina. En el box vecino Jacquet ha oído todo, pero no repetirá nada a su Mémé, lo sé. Y ahí llega Falvina, en efecto, rodando con rapidez en mi dirección, a la vez para demostrarme su ardor en el trabajo y para darme una pequeña charla antes de que monte a caballo. Después de las salutaciones, gime y yo gimo con ella, a propósito del: tiempo que hace. Desde la bomba, cielo gris y frío, nada de lluvia, ni un rayo de sol. Si la cosa va a seguir así, es la muerte de todo, dice la Falvina. Palabras totalmente inútiles, porque en eso pensamos todos cien veces por día, en ese sol ausente y en esa lluvia que no llega. Es nuestra permanente angustia desde el día del acontecimiento.

En ese momento aparece la Menou, que le ordena con tono seco que siga con el ordeñe. He hecho a la Negrita, le dice a Falvina en el mismo tono, pero no a Princesa. Y acuérdate de no sacarle más de dos o tres litros, por causa de Príncipe. Yo, me voy a ver a Fulbert. Y se va, flaca y desdeñosa. Miro alejarse esa delgada, esa delgadísima bolsita de huesos que corretea con vigor sobre sus grandes pies en dirección al torreón y me pregunto qué faltas podrá tener que confesar, la Menou, salvo algunas pequeñas porquerías para con Falvina. La Falvina, toda sofocada todavía por su corrida, sigue mi mirada y dice:

– La Menou, cuando lo piensas, es poca cosa. Cuarenta kilos, y soy generosa. No tiene por así decirlo nada de cuerpo. Una suposición que caiga enferma y que el médico (¿qué médico?) la ponga a dieta, ¿con qué vivirá? Agrega a eso que ya no es muy joven. Porque tiene seis años más que yo, y que seis años, a nuestra edad, cuentan. No quería decírtelo, Emanuel, pero desde que estoy en Malevil, me parece que ha dado un bajón. Tiene ausencias, la Menou. Acuérdate lo que te digo, se irá por culpa de la cabeza. Mira, el otro día, le estaba dando un poco de conversación, y me di perfecta cuenta que estaba ida, porque ni siquiera me contestó.

Durante esa plática, con el pretexto de pasear un poco a Malabar, y de distenderlo antes de montarlo, alejé a la Falvina de La Maternidad, porque el Momo, ese sí, repite. Incluso es su juego favorito. Repite adornando, o más bien agrandando, mientras sus ojitos negros y brillantes espían el disgusto de su interlocutor. Yo no me iré por culpa de la cabeza: oigo a la Falvina y con pequeños gruñidos atestiguo que la estoy escuchando. No es la primera vez que cada una de nuestras dos meninas me anuncia el deceso de la otra. Al principio, me divertía. Y ahora, debo decirlo, me entristece. Pienso que el hombre es un extraño animal para desear con tanta facilidad la muerte de su prójimo.

Como me dirijo del fondo del castillete de entrada hacia el segundo recinto, llevando siempre a Malabar de la rienda, con Falvina resoplando a mi izquierda para quedar a mi altura, veo a Miette pasar el puente levadizo y venir hacia mí. Durante los cuarenta metros que nos falta recorrer el uno y el otro para encontrarnos paso un muy buen momento. Está vestida con una blusa azul desteñida, zurcida, arrugada, pero limpia y agradablemente inflada y con una pollerita de lana azul, también muy zurcida, que se detiene arriba de la rodilla y descubre sus piernas desnudas calzadas con botines de goma negra. Piernas y brazos desnudos, robustos y colorados. Miette no es friolenta, porque yo sobre mis viejas bombachas de montar tengo un pulóver de cuello alto y apenas si estoy empezando a entrar en calor. Sus cabellos lujuriosos, tan parecidos a los de su Mémé, pero muy negros, se derraman a torrentes sobre sus espaldas y sus dulces ojos, brillando de inocencia animal, me miran con afecto mientras se acerca a mí y me besa en las dos mejillas, apretándose contra mí toda a lo largo de su cuerpo, no para darse el gusto ella sino para darme el gusto a mí. Le agradezco esa generosidad, porque no ignoro, como nadie aquí, que Miette es ajena a la voluptuosidad. Estoy seguro que si se abriera su ingenuo corazón, incluso se encontraría un cierto asombro ante la manía que tienen los hombres de palpar a las personas de su sexo.

La Falvina se eclipsa con una notoria discreción, y le toca el turno a Malabar de recibir de la mano y de los labios las caricias de Miette. Tomo nota al pasar, no sin envidia, que lo besa en la boca, lo que no hace nunca con los hombres. Terminadas esas pruebas de afecto, se planta delante de mí y comienzan las mímicas. Me explica en primer término que él (ojos blancos, manos juntas) y ella misma (pulgar sobre su corazón), han, como se lo imaginaba ella (índice sobre la frente), hecho el amor (gesto indescriptible). Ella está indignada (mueca de asco), sobre todo viniendo de un (manos juntas), pero lo que más la indigna (nunca trastornada) es que él (ojos bizcos, manos juntas) le haya propuesto (las dos manos extendidas, palmas para arriba, como una bandeja) que se vaya con él (piernas imitando la marcha, mano derecha apretada alrededor de una mano imaginaria) a La Roque (gran gesto con los brazos hacia la lejanía) para servirlo (gestos de lustrado y de lavado). ¡Qué canallada! (dos puños sobre las caderas, entrecejo fruncido, pucheros de asco, los pies aplastando a la serpiente). Se ha negado (no, no, violentamente con la cabeza) y lo ha dejado (se da vuelta a medias, la espalda hostil, la nalga irritada). ¿Ha hecho bien?

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