Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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En ese momento rascan en la puerta de la pieza. No golpean, rascan. Me quedo quieto, miro a mis dos huéspedes, luego mi reloj. Una de la mañana. En el silencio, vuelven a rascar. Tomo mi carabina de la repisa que Meyssonnier me ha instalado contra la pared frente a mi cama, hago una señal a Meyssonnier y a Thomas de armarse, levanto el cerrojo y apenas entreabro la puerta. Es Miette.

El tiempo de sonreír a Thomas, a quien esperaba encontrar ahí, y a Meyssonnier cuya presencia le extraña, y luego con sus manos, sus labios, sus ojos, sus pestañas, su torso, sus piernas y hasta sus cabellos, me habla. Es un método espontáneo que no tiene nada que ver con el lenguaje manual de los sordomudos que nunca aprendió, y que por otra parte yo no comprendería. Me cuenta cosas sorprendentes. Cuando acompañó a Fulbert, después de la comida, a su pieza, él le pidió que volviera con él cuando todo el mundo se hubiera dormido (un dedo girando circularmente para decir "todo el mundo" y las dos manos planas sobre su mejilla recostada para decir "dormir"). Tiene la sospecha que es para hacer el amor (aquí un gesto de una crudeza indescriptible). Habiendo visto luz en mi cuarto (el dedito de la mano derecha levantado y con la otra mano dibujando una aureola en la extremidad del dedito para significar la llama), subió para preguntarme si yo estaba de acuerdo.

– No me opongo -dije al fin-. Haces lo que quieres, Miette. Nadie te fuerza, ni en un sentido ni en otro.

Bueno, voy, dice su mímica, por cortesía y por gentileza. Pero sin ningún entusiasmo.

– ¿Entonces no te gusta, Miette?

Bizquera y manos juntas (Fulbert), luego la mano derecha sobre su corazón y por fin el índice de la misma mano es sacudido de derecha a izquierda con vigor delante de su nariz. Hecho esto sale y cierra la puerta detrás de ella. Los tres estamos clavados delante de la puerta cerrada.

– Hay que ver, ese -dice Thomas.

– Hubieras podido oponerte -dice Meyssonnier, con la mirada dura y el entrecejo fruncido.

Me encojo de hombros. -¿En nombre de qué? Sabes muy bien que el principio es dejarla hacer lo que quiere.

Los miro. Están furiosos y ultrajados como maridos engañados. Es un sentimiento paradójico y hasta un poco cómico, porque al fin y al cabo no estamos celosos los unos de los otros. Probablemente porque todo sucede en el interior del grupo, a la vista y paciencia de todo el mundo. No hay engaño ni desvergüenza. Nuestro arreglo comporta incluso un aspecto institucional completamente tranquilizador. Mientras que Fulbert, no sólo no pertenece a nuestro grupo, sino que ha actuado con la mayor hipocresía. Thomas y Meyssonnier me hacen ver que si Miette no hubiera sido tan leal, ni se hubieran enterado de su "adulterio". No pronuncian la palabra, porque de todos modos tienen el sentido del ridículo, pero la cosa no está muy lejos de su mente. No hay más que verlos hervir de rabia.

– ¡Qué puerco! -dice Meyssonnier, y como el francés no le basta, lo dice también en dialecto.

Thomas asiente, saliendo por una vez de su impasibilidad.

– En todo caso -dice Meyssonnier con tono amenazador- vas a ver cómo les voy a decir mañana a Colin y a Peyssou de qué modo el Fulbert ha pasado la noche.

Exclamo, asustado:

– ¡No se lo vas a decir!

– ¿Por qué? -dice Meyssonnier-. Tienen derecho a saberlo ¿no te parece?

Es verdad, tienen derecho a saber cómo también ellos han sido engañados. Sobre todo Colin, que lo fue doblemente.

– Y hasta se lo diré a Jacquet -agrega Meyssonnier con los puños cerrados-. El siervo tiene los mismos derechos que nosotros.

Intervengo otra vez, cediendo algo para no perderlo todo.

– Díselo a Colin, pero no a Peyssou. O mejor espera para decírselo cuando Fulbert se haya ido. Conoces a Peyssou ¡sería capaz de romperle la jeta!

– Y haría muy bien -dice Thomas, con los labios apretados.

En cuanto a Miette, ni una palabra, y hasta estoy seguro, ni un pensamiento de reprobación, sino al contrario, la certidumbre que el furbo de Fulbert ha abusado del sentimiento del deber y de la hospitalidad de la pobre chica. Estoy seguro también que si propusiera ir a despertar en seguida a Colin, Peyssou y Jacquet, y entre todos derribar la puerta de Fulbert y tirarlo afuera con su burro, la proposición sería aclamada. No deseando de ninguna manera vivir esta escena, me contento con soñarla. Y cuando imagino a los seis maridos engañados precipitándose a la habitación y dándole una paliza al amante de su mujer, me pongo a reír.

– No hay de qué reírse -dice Meyssonnier con severidad.

– Vamos, vete a acostar. Lo que está hecho está hecho.

Ese truismo tranquilizador no surte efecto en él, en ellos debería decir, porque Thomas, aunque hable menos, rabia igual.

– Lo que me asquea -dice Meyssonnier- es pensar que ha tratado de aprovecharse del impedimento de la chica. Se dijo: es muda, no lo va a contar.

– ¡Como para asistir mañana a su misa -agregó levantando la voz- nada más que para verlo soltar todas esas idioteces sobre el pecado sabiendo lo que yo sé! Vamos, me voy a acostar -agrega al darse cuenta de mi impaciencia.

Se va, cabizbajo. Mientras tanto, mi cara es de piedra para que Thomas se calle. No hago un drama del asunto. Primero, Fulbert no es sacerdote. Y por otra parte, que un sacerdote haga el amor, después de todo ¿por qué no? Y que lo haga ocultándose, pobre diablo, es su estigma.

No le culpo a Fulbert el habernos soplado a Miette a lo largo de una noche. Mañana utilizaré sin vergüenza este incidente contra él, pero por otras razones. Porque es, estoy seguro, un hombre sin bondad y sin justicia, que no quiere bien a Malevil, y contra quien reharé la unidad de Malevil. Esa unidad en la que la cuestión religiosa casi consiguió, esta noche, abrir una brecha.

El candelero apagado, me acuesto, pero como me lo esperaba, sin lograr dormirme. Thomas tampoco lo logra. Lo oigo dar vueltas y vueltas en su canapé. Hace una tentativa de hablarme, pero lo rechazo con violencia. A falta de sueño, quiero tener silencio al menos.

X

Después del desayuno, mientras Fulbert en "su" habitación recibe a los penitentes, me dirijo hacia La Maternidad para montar a Malabar y continuar su instrucción. Todavía falta para que a pesar de mis cuidados, el pesado caballo de tiro se convierta en un caballo de silla aceptable. Su boca tiene poca sensibilidad, comprende cuando se le antoja el lenguaje de las ayudas, y detenerlo no es fácil. Me incomoda también el ancho de su lomo que me obliga a separar las piernas más de lo que estoy acostumbrado y hace que mi pinza sea menos eficaz. Es tan pesado este Malabar que me hace el efecto, cuando lo monto, de ser un caballero de la Edad Media. No me falta más que la armadura: no le molestaría para nada, por otra parte. El enorme padrillo es capaz, estoy completamente seguro, de llevar dos o tres veces mi peso. Dispone de una reserva de fuerza increíble y cuando galopa, me da siempre la impresión de cargar. Pero, si me asombro del ancho de su lomo, no critico su comodidad. Uno se siente francamente bien, y,si fuera cuestión de hacer un largo paseo en el que la velocidad tuviera poca importancia, recomendaría a Malabar a las nalgas sensibles.

Me encuentro a Jacquet y Momo limpiando los boxes y en el momento en que voy a ensillar a Malabar, me doy cuenta de que otra vez Momo ha dado a Lindo Amor el doble de paja que a los otros dos caballos. No es que estos se vean perjudicados: es Lindo Amor la que tiene demasiado. Lo reto a Momo y le hago retirar la mitad de la pajaza, lo hago avergonzar de su favoritismo que, al mismo tiempo, es derroche. Le prometo que si lo vuelvo a pescar, le voy a dar un puntapié en las nalgas.

Esta amenaza es de pura rutina. Fue mi tío quien me la transmitió, y como él, nunca la trasladé a los hechos. Podría creerse que convertida hasta tal punto en teórica, hubiera perdido toda eficiencia. Pero no, continúa produciendo un cierto efecto sobre Momo en tanto que una expresión máxima de disgusto parental. Porque aunque Momo tiene algunos años más que yo, considera que al haber heredado los bienes de mi tío, heredé también el poder paterno que el tío ejercía sobre él.

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