No he dicho otra cosa que lo que dijo Thomas hace unos instantes. Pero lo digo en concreto. Las mismas flores, pero no el mismo ramo. Di en la tecla, lo leo en las caras.
– Bueno -digo- cuando vayamos a La Roque aclararemos toda esta historia, y le preguntaremos a las madres qué pasa. Queda, como ustedes lo han dicho, que nosotros tenemos tres vacas y los de La Roque, ninguna. Y a partir de eso, se imaginan cómo les pueden calentar la cabeza contra nosotros (el "les" siempre sin precisar), y meterles ideas. Y esas ideas, estén seguros, no pueden ser más que malas, dado que ellos son más numerosos que nosotros y mejor armados.
Silencio.
– Entonces -dice el Peyssou- más desconcertado que nunca-. ¿Te parece, a ti, Emanuel, que hay que darles la vaca?
Exclamo de inmediato:
– ¡Darles! ¡Ah, no! ¡Jamás! De ningún modo darles. ¡No nos vamos a poner en el caso, como dice Meyssonnier, de pagarles un diezmo! ¡Como si les fuera debido! ¡Como si fuera un derecho de la ciudad hacerse alimentar de balde por el campo! ¡No faltaría más que eso! Pero si hasta no nos respetarían más, los de La Roque, si fuéramos tan estúpidos como para darles una vaca.
Las miradas brillan de indignación compartida. Unanimidad absoluta entre los fulbertistas y los antifulbertistas. Millares de generaciones de campesinos me sostienen, me acompañan y me empujan. Siento bajo mis pasos el terreno sólido y avanzo.
– En mi opinión, hay que hacerles pagar la vaca. ¡Y caro! Ya que nosotros no somos vendedores. Son ellos los que quieren comprar.
Hago una pausa y les guiño el ojo con descaro, como para decir, no soy sobrino de tratante de caballos y tratante de caballos yo mismo por nada. Digo recalcando las palabras:
– Por nuestra vaca les vamos a pedir dos caballos, tres escopetas y quinientos cartuchos.
Hago una segunda pausa para hacer resaltar mejor el carácter exorbitante de mis exigencias. Silencio. Activas consultas con las miradas. Mi logro -me lo esperaba- es bastante mitigado.
– Por las escopetas, comprendo -dice Colin-. Ellos tienen diez, les tomamos tres. Les quedan siete. Y nosotros, con nuestras cuatro escopetas y las tres que les tomamos, tenemos siete. Estaremos pues iguales. Y los cartuchos también, es una buena idea, ya que tenemos tan pocos.
Silencio. Los miro. Por más que nadie tenga voluntad para decirlo es la primera parte del trueque lo que no comprenden. Me siento bastante cansado, pero hago un esfuerzo y retomo la palabra:
– Evidentemente, ustedes se dicen: los caballos, tenemos bastantes ya: Malabar, Amaranta, Lindo Amor, sin contar a Malicia. Ustedes se dicen, no son los caballos los que dan leche. Bueno. Pero traten de ver la situación real en cuanto a los caballos en Malevil. Malicia, por el momento, inutilizable. Lindo Amor también, ya que alimenta a Malicia. Quedan dos caballos, para montar o para hacer trabajar: Malabar y Amaranta. Yo digo que dos caballos para montar para seis hombres válidos, no es bastante, porque entiendan bien una cosa (me inclino hacia adelante y acentúo con fuerza), es necesario que todos aquí un día u otro aprendan a montar. ¡Todos! Y les voy a decir por qué: antes del día del acontecimiento, en el campo, el muchacho o hasta la chica que no había aprendido a manejar, era el pobre tipo. Y el pobre tipo, ahora, va a ser el tipo que no sabe montar y que no tiene caballo. En tiempo de paz, como en tiempo de guerra. Porque si combatimos, para caer como el rayo sobre el adversario, o para huir si perdemos, no queda más que el caballo. El caballo, ahora, reemplaza todo: la moto, el auto, el tractor y la autoametralladora. Sin caballo, en la hora actual, no eres nada. Eres de la infantería, eso es todo.
A la Menou y a la Falvina no sé si las he conmovido, pero a los hombres, sí. No es el argumento guerrero, es el del estatus el que ha ganado. El pobre tipo definido como el hombre sin caballo. Exactamente como estaba definido antes del día del acontecimiento el cultivador sin tractor. ¡Ah, esa locura del tractor en nuestro rincón! ¡Un tractor para propiedades de diez hectáreas, y hasta dos! Uno compraba uno nuevo de 50 CV endeudándose y se quedaba con el viejo de 20 CV, para ayudar. ¡Como el vecino! ¡Uno no se podía arreglar con menos! ¡Para diez hectáreas cultivables y el resto de bosques!
Para algo sirve la locura, puesto que he podido operar la transferencia de prestigio del tractor al caballo.
Se vota. Incluso las mujeres están a favor. Doy un suspiro de alivio y de fatiga. Me levanto, todos me imitan y en la algazara que sigue me acerco a Meyssonnier y a Thomas y les digo en voz baja que quisiera hablar con los dos en mi habitación. Están conformes. Vuelvo a pedir silencio y digo:
– Mañana tengo la intención de asistir a la misa y comulgar, por lo menos si Fulbert me autoriza, porque no tengo intención de confesarme.
Esta declaración los deja pasmados. Siembra la cólera entre los unos (pero estos se contienen, puesto que en seguida van a verme en privado) y la alegría entre los otros. Y especialmente en la Menou, por una razón particular. Porque se había peleado a muerte con el cura de Malejac antes del día del acontecimiento, porque por falta de confesión, no le había querido dar la hostia a Momo. Y ahora espera a que si Fulbert me lo concede, su hijo podrá pasar por la brecha que yo habré practicado.
– Los que se confesarán, harán muy bien en ser muy prudentes si se le hacen sobre Malevil -siempre el "se"- preguntas indiscretas.
Silencio. -¿Preguntas cómo? -dice de pronto Jacquet que ya tiene miedo, sabiéndose débil e influenciable, de decir demasiado.
– Bueno, preguntas sobre las armas que tenemos, y también sobre nuestras reservas de vino, de grano y de chacinados.
– ¿Y qué tengo que decir si hace preguntas como esas? -dice Jacquet, lleno de buena voluntad.
– Dices: eso, no lo sé. Habrá que preguntarle a Emanuel.
– Vamos a ver -dice el gran Peyssou, con la carota partida por una sonrisa y poniendo su grueso brazo sobre la musculosa espalda de Jacquet. (Se entienden muy bien, esos dos, desde cuando el segundo aporreó al primero.)-. Vamos a ver, para estar seguro de no equivocarte respondes así a todo. Ejemplo: el Fulbert te pregunta: ¿Hijo mío, has cometido el pecado de la carne? Y tú contestas: ah, eso, no lo sé. Hay que preguntárselo a Emanuel.
Nos reímos. Nos reímos con Peyssou, porque está tan contento con su broma, y nos reímos de Jacquet quien recibe algunas palmadas. Está encantado. Con todo, en Malevil hay otra atmósfera que en El Estanque.
En mi habitación, unos minutos después, la charla es bastante tensa con Thomas y Meyssonnier. Me reprochan vivamente que entre en el juego de Fulbert (y hasta, horror, el comulgar) en lugar de poner de patitas en la calle a ese sacerdote abusador. Les explico mi posición. Tengo miedo de un conflicto armado con La Roque, ese es el fondo del asunto. Y no quiero dar a Fulbert el más mínimo pretexto -material o religioso- para fomentarlo. Por eso le he cedido la vaca arreglándomelas para debilitar su poder combativo. Y por eso también abrazo la religión de la mayoría. Es un compromiso. Y un compromiso, por lo menos deberías comprender lo que es eso, Meyssonnier. Tu partido bastante los ha usado, antaño. (Meyssonnier pestañea.) En cuanto a Fulbert estoy casi seguro que no es un sacerdote. ¡Al seminarista pelirrojo lo inventé de cabo a rabo y Fulbert se acordó de él! Total, un impostor, un aventurero, un hombre totalmente sin escrúpulos. E incluso muy peligroso. Si ustedes fueran sensatos, tú y Thomas, también asistirían a la misa. No es una verdadera misa puesto que Fulbert no es sacerdote, y no será una verdadera comunión, puesto que no habrá consagración.
No puedo llegar más lejos, creo, con mis esfuerzos de persuasión y gozo en secreto ese colmo de la ironía: convencerlos de asistir a la misa asegurándoles que es "falsa".
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