Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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– Emanuel, no te hagas rogar -dijo Colin.

– Vamos -dijo Peyssou.

– Pero a lo mejor los aburre -dije yo evitando mirar a Thomas.

– Pero no, pero no -dijo la Menou- y será mejor que no decir cualquier cosa o quedarse cada uno con la cabeza andando.

Y agregó:

– Sobre todo ahora que no hay más televisión.

– Tienes mucha razón -dijo Peyssou.

Yo miraba alternadamente a Meyssonnier y a Thomas, pero ni el uno ni el otro me devolvieron la mirada.

– Me parece bien, si todo el mundo está de acuerdo -dije yo al cabo de un momento.

Y como esos dos seguían callados y mirando las llamas, dije:

– ¿Meyssonnier?

No se esperaba un ataque tan directo. Irguió el torso y apoyó la espalda contra el respaldo de su silla.

– Yo -dijo con dignidad- soy materialista, pero desde el momento que no se me obliga a creer en Dios, no me aburre escuchar la historia del pueblo judío.

– ¿Thomas?

Tranquilo con las dos manos en los bolsillos, las piernas estiradas delante de él, Thomas tenía fijos los ojos en la punta de sus zapatos.

– Desde el momento en que lees la Biblia en voz baja -dijo en un tono neutro- ¿por qué no la leerías en voz alta?

Era una respuesta ambigua, pero me contenté con ella. También yo pensaba que una lectura haría bien a mis compañeros. Durante el día estaban ocupados, pero la noche era un mal momento, el calor del hogar les faltaba. Había silencios apenas soportables, y durante esos silencios casi podía ver sus mentes girar sin fin en el vacío de su existencia. Y además, en la Biblia la vida de las tribus primitivas no dejaba de tener ahora semejanza con lo que la nuestra se había convertido. Estaba seguro de que les interesaría. También esperaba que sacarían fuerzas de la obstinación en vivir que los judíos habían demostrado.

Me trasporté con mi libro cerrado y mi taburete hacia la otra jamba de la chimenea para calentarme el lado izquierdo. La Menou echó unas ramitas al fuego para darme luz, abrí la Biblia en la primera página y comencé a leer el Génesis.

Mientras leía, me invadió una emoción mezclada de ironía. Era ese, no había duda, un magnífico poema. Cantaba la creación del mundo y yo, yo lo estaba recitando en un mundo destruido, a hombres que lo habían perdido todo.

NOTA DE THOMAS

Mientras ciertos detalles están todavía frescos en la mente del lector, quisiera señalar dos errores en el relato de Emanuel.

1. Creo que Emanuel, en la bodega, estuvo inconsciente varias veces, porque no dejé de estar constantemente a su lado y, sin embargo, la mayor parte del tiempo no me veía y no me contestaba cuando le dirigía la palabra. En todo caso, afirmo una cosa: no lo vi nunca metido en la tina de enjuagar botellas. Y aparte de mí, ninguna otra persona tampoco lo vio. Emanuel ha debido soñar esta situación en su delirio, incluso los subsiguientes remordimientos por su "egoísmo".

2.No fue Emanuel quien cerró la puerta de la bodega después de la aparición "terrorífica" de Germán. Fue Meyssonnier. En el estado semiconsciente en que se encontraba, Emanuel ha debido sustituirse a Meyssonnier de quien, cosa extraña, describe con total exactitud los movimientos como si fueran los suyos: especialmente la manera como Meyssonnier se arrastró a cuatro patas hasta la puerta, pero sin acercarse al cuerpo de Germán.

Quisiera agregar una observación:

Aunque ateo, no soy anticlerical, y si me mostré algo reticente cuando Emanuel durante la velada se puso a leer la Biblia, es porque esa ceremonia -no es quizá, la palabra exacta pero no encuentro otra- me parecía encaminarse un poco demasiado lejos en el sentido de lo que ya existía: el carácter casi religioso de la influencia que Emanuel ejerce sobre sus compañeros. Tanto más cuanto Emanuel lee el texto con su bella voz vibrante de emoción. Reconozco que Emanuel es un hombre de brillante imaginación y que su emoción es sobre todo literaria. Pero es eso justamente lo que encuentro peligroso: la confusión.

Decir, como lo hace Emanuel, que el Génesis es un "magnífico poema", es olvidarse un poco demasiado de todos los errores científicos que en él pululan.

VI

Esas primeras semanas después del acontecimiento me dejan una impresión de grisalla -en el exterior como en nuestras vidas-, de dolor sordo, de estancamiento, de horizonte cerrado, de ingratos esfuerzos. Porque trabajamos mucho, en tareas a menudo sin interés, pero que asumimos por disciplina, y también sin mucho amor por la vida tratamos de organizamos para sobrevivir.

Mientras que Meyssonnier y Colin terminan de poner a punto un arado al que se podrá enganchar a Amaranta, Thomas, Peyssou y yo, nos dedicamos a un trabajo menos urgente, pero a largo plazo igual de útil: juntar, denominar y clasificar en un depósito todos los objetos metálicos,incluso los que, a primera vista, pudieran parecer insignificantes, pero que con motivo de no poderlos fabricar más, eran desde ese momento de inapreciable valor.

Empezando, por supuesto, por los útiles de la granja y los de los arreglos caseros. De estos no había tenido siempre demasiado cuidado, porque una pinza que se deja herrumbrar en el pasto o que se pierde era muy fácil hasta entonces reemplazarla. Pero desde ahora había que terminar de convencerse de que tales descuidos eran casi criminales.

Instalé el depósito en la planta baja del torreón, en cajones que había fabricado para recibir las manzanas de un huerto hoy aniquilado. Puse los útiles más preciosos en cajas cerradas y con su aquiescencia, se nombró a Thomas, por unanimidad, el depositario. Lo que quería decir que desde ese momento no se podría sacar ningún útil sin que quedara registrado por escrito el prestatario y el momento del préstamo.

Terminada esta tarea, recordé que en un box libre del primer recinto había almacenado, durante la restauración de Malevil, viejos tablones erizados de clavos, que destinaba a las rápidas fogaratas, durante el invierno, en las chimeneas. ¡Proyecto sorprendente! Ahora se habían terminado de una vez por todas esos despilfarros. Ya nada era para tirar: ni un pedazo de papel, ni un envoltorio, ni una lata de conserva vacía, ni una botella de plástico, ni un trozo de cuerda o de piolín, ni un clavo torcido y herrumbrado. Los "baratillos" ya no tenían objeto.

Se sacaron del box los viejos listones de castaño; con martillo y tenaza se retiraron los clavos, tratando de no estropear las cabezas. Y después de haberlos enderezado uno por uno sobre una piedra chata, se los alineó, según su grosor, en una caja con compartimentos en el depósito. Con la sierra, para economizar la nafta de la máquina de tronzar, se cortaron las partes de las maderas podridas o estropeadas (únicos pedazos destinados ahora a la calefacción), se limpiaron las dos capas de yeso o de cemento que las recubrían, y se dispuso los tablones en pilas en el box, clasificados por tamaño y mantenidos por cuñas en una rigurosa horizontalidad, para que no se torcieran en el trascurso de los inviernos.

En previsión de las visitas de los turistas había hecho un buen acopio de velones gigantes. Me quedaban dos docenas en paquete, más cuatro casi intactos en sus apliques en la bodega y dos, mitad consumidos.

Se decidió usarlos con mucha parsimonia, y ya que todavía tenía dos barriles de aceite, Colin fabricó unas lámparas con la ayuda de latas de conservas cilíndricas. Pellizcó el borde de un lado de modo de formar un pico, para alojar allí la mecha, una simple hebra de un cabo de cáñamo, y con el soldador agregó a las cajas del lado opuesto al pico, unas pequeñas asas metálicas recortadas en la tapa. Fabricó tantas lámparas como habitaciones había por el momento en Malevil, es decir, cuatro. Cuando la velada había terminado, todos encendían su lámpara con una ramita ardiendo a fin de poder llegar a su cama en medio de la oscuridad y tener luz para acostarse. Se encargó a la Menou la distribución de aceite, ya que también era responsable del segundo barril, que debía servir para la cocina y que no se usaba por el momento.

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