Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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Thomas, como de costumbre, estaba impasible. Sobre la bonachona carota redonda de Peyssou, con su amplia boca, su larga nariz, sus grandes ojos un poco saltones y su frente tan estrecha que al nacimiento del pelo parecía que le costara no juntarse con las cejas, la desolación se leía como en un libro abierto. Pero la amargura del pequeño Colin era quizá más inquietante. Porque sin que hiciera desaparecer su sonrisa en góndola, le había quitado toda clase de alegría. Meyssonnier tenía el aspecto empañado de una vieja foto guardada en un cajón. Sin embargo, seguía siendo siempre la misma hoja de cuchillo, con los dos ojos grises muy juntos, la frente estrecha y despejada, y los cabellos en cepillo cortados bien cortos. Pero la pasión ya no existía.

– No es seguro -dijo Peyssou dando vuelta la cabeza del lado de Colin-. No es para nada seguro que Thomas, por más joven que sea, quede el último aquí. En ese caso, en el cementerio de Malejac no habría más que viejos, y sabes muy bien que no es así. Digo esto sin ofender a Thomas -agregó con su cortesía campesina, inclinándose un poco hacia su lado.

– Yo, de todas maneras -dijo Thomas con voz uniforme-, si me quedo solo, ningún problema, el torreón y ¡hop!

Me disgustó que hubiera dicho eso en el estado de depresión en que estaban todos.

– Y bueno, ya ves, muchacho -dijo la Menou- yo no pienso como tú. Yo si tuviera que quedarme sola en Malevil, no me iría mientras hubiera animales que cuidar.

– Es verdad -dijo Peyssou-, los animales.

Le agradecí que hubiera dicho eso en seguida y con ese tono.

– Los animales -dijo el pequeño Colin con una amarga vivacidad en contraste con la especie de alegría revoloteante y brincadora que antes ponía en sus palabras- se las arreglarían muy bien sin ti. Oh, no ahora, por supuesto, que todo está quemado y perdido, pero cuando el pasto crezca otra vez, a la Adelaida y a Princesa les podrás abrir la puerta, siempre encontrarán con qué.

– Además -dijo la Menou- los animales también son una compañía. Miren, me acuerdo cuando la Paulina se quedó sola en su granja, cuando su marido se había caído del remolcador por culpa de una hemorragia cerebral y que a su hijo se lo habían matado en la guerra de Argelia. Ella me decía, no lo creerás, Menou, pero a mis animales les hablo todo el día.

– La Paulina era vieja -dijo Peyssou- y cuanto más viejo se es, más ganas de vivir se tiene. No me doy cuenta por qué.

– Ya lo verás cuando llegues -dijo la Menou.

– No he dicho eso por ti -dijo el gran Peyssou, siempre cuidadoso de no lastimar a nadie- y de todos modos no puedes comparar. La Paulina casi ni se movía. Y tú siempre trotas, trotas.

– ¡Y sí! ¡Troto! Y troto tan bien que un día me encontraré en el cementerio. Pero cállate pues, gran tonto -agregó dirigiéndose a Momo- que siempre hablamos pero no para mañana.

– A mí -dijo Meyssonnier- hay algo que me llama la atención y después de que la Adelaida y la Princesa tuvieron sus crías, he pensado a menudo. Dentro de cincuenta años ni un hombre más sobre la tierra, pero las vacas y los cerdos siguen pululando.

– Es verdad -dijo Peyssou, apoyando sus dos potentes antebrazos sobre sus rodillas separadas e inclinándose hacia el fuego-. Yo también lo he pensado. Y te digo, Meyssonnier, no es una idea que soporto: Malejac con los bosques, las praderas, las vacas y ni un hombre adentro.

Se extendió un silencio y todos los rostros estaban vueltos hacia las llamas con un triste estupor, como si se pudiera imaginar el futuro tal cual lo había descrito Peyssou: Malejac con los bosques, las praderas, las vacas y ni un hombre adentro. Miraba a mis compañeros, y me veía en ellos. El hombre es la única especie animal que puede concebir la idea de su desaparición y la única a la que esta idea desespera. Qué extraña raza: tan empecinado en destruirse y tan empecinado en conservarse.

– De lo cual se deduce -dijo Peyssou como si concluyera una larga reflexión- que no basta con sobrevivir. Para que te interese también hace falta que continúe después de ti.

Cuando dijo eso, debió pensar en Yvette y en sus dos hijos, porque su cara se petrificó de golpe y se quedó inmóvil, con los antebrazos sobre sus rodillas, la boca todavía abierta, mirando el fuego, con los ojos perdidos.

– No está probado que seamos los solos sobrevivientes -dije yo al cabo de un momento-. Es el acantilado que se levanta entre el norte y nosotros lo que ha protegido a Malevil. Es posible que haya rincones, y aun no muy lejos de aquí, en donde la misma protección haya actuado.

Pero no quería hablarles de La Roque, no quería darles demasiadas esperanzas, de miedo a que luego se decepcionaran.

– De todos modos -dijo Meyssonnier- un sótano como Malevil no es frecuente.

Meneé la cabeza.

– No es únicamente el sótano, es el acantilado. Mira a los animales de la Maternidad, sin embargo han sobrevivido.

– La Maternidad -dijo Colin-, como gruta es muy profunda, y fíjate en el espesor de la piedra que hay arriba y en los costados. Y además, no se sabe si los animales no tienen más resistencia que nosotros.

– Y bueno, ya ves -dije yo-, me parecería que nuestra resistencia moral es mejor.

– En mi opinión -dijo Thomas-, han sufrido menos. El golpe de calor en la Maternidad debió de ser más brutal pero más corto. El aire se enfrió más rápido. No se produjo ese efecto de horno que tuvimos en la bodega.

Y agregó mirándome:

– Pero soy de tu opinión. Debe de haber sobrevivientes un poco por todos lados. Incluso en las ciudades.

Se calló de golpe y apretó sus labios uno contra el otro como para impedirse decir más.

– Y bueno, ves, yo no lo creo -dijo Meyssonnier sacudiendo la cabeza.

Colin levantó de nuevo las cejas y Peyssou se encogió de hombros. En el fondo, se habían instalado en la desgracia y no querían oír hablar de nada más, como si tuvieran en el fondo de la desesperación una suerte de seguridad que no querían arriesgar.

Hubo un larguísimo silencio. Miré mi reloj: apenas las nueve. Todavía el fuego estaba muy lejos de haber consumido su ración de leña. Lástima perder todo ese calor e irse a acostar tan temprano en las glaciales habitaciones. Volví a mi lectura, pero no por mucho tiempo.

– ¿Y qué lees pues, mi pobre Emanuel? -preguntó la Menou.

Pobre era un término afectivo, no quería decir que me tenía lástima.

– El Antiguo Testamento.

Agregué:

– La Historia Sagrada si prefieres.

Porque estaba seguro de que la Menou no conocía de la Biblia más que la versión resumida y edulcorada que le habían dado en el catecismo.

– Ah, sí, ahora reconozco el libro, tu tío lo tenía con frecuencia entre sus manos.

– ¿Cómo -dijo Meyssonnier-, lees eso, tú?

– Se lo prometí al tío -contesté brevemente.

Agregué:

– Y además me parece interesante.

– ¡Eh, pero Meyssonnier -dijo Peyssou con algo que se asemejaba a su antigua sonrisa- te olvidas que siempre eras el primero en el catecismo!

– Un traga, el Meyssonnier -dijo Peyssou con un breve relámpago de alegría-. Te recitaba todo eso como el libro.

Siguió:

– Yo recuerdo sobre todo al chico y a sus hermanos que lo habían vendido como esclavo. De lo que se deduce -prosiguió después de un momento de reflexión- que es siempre en la familia donde te hacen las peores porquerías.

Se hizo un silencio.

– ¿Y si nos leyeras en voz alta? -dijo la Menou.

– ¿En voz alta?

– Y sí -dijo Peyssou-, que a mí me gustaría mucho escuchar todas esas historias, que ya ni las recuerdo.

– El tío de Emanuel -dijo la Menou- siempre tan amable el pobre, había veces en que me leía algunos pasajes de su libro durante la velada.

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