Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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¿O que una sociedad donde no se puede leer más la prensa del Partido? Porque extrañaba mucho a su prensa, Meyssonnier. Y también la división del mundo en dos campos: el socialista y el capitalista, lo que daba sentido y pimienta a la vida, el primer campo luchando por la verdad y el segundo, sumido en el error. Uno y otro destruidos hacían que Meyssonnier se encontrara en un total desconcierto. Optimista como un verdadero militante, había construido su vida sobre los mañanas que cantan. Ahora bien, no cantarían más para nadie, era muy evidente.

Meyssonnier terminó por encontrar al lado de la calefacción una vieja colección de ejemplares de "El Mundo" (¡de 1956, el año del frente republicano!). Y se apoderó de ellos diciéndome con desprecio: "¡El Mundo!" Sabes muy bien lo que pienso de la objetividad del "¡Mundo!". Pero no obstante leyó todos los números, uno a uno, de la primera a la última página, apasionándose con ellos. Incluso quiso leernos unos extractos. Pero Colin exclamó sin ninguna gentileza: ¡Pero nos importa un cuerno tu Guy Mollet y su guerra de Argelia! ¡Hace veinte años que pasó todo eso! ¡Ay, Guy Mollet!, dijo Meyssonnier indignado dándose vuelta hacia mí.

Fue por la Menou que me enteré de que todo no andaba bien entre Colin y Peyssou en su pieza, y poco a poco, cada uno por su lado, me vinieron con su queja.

Peyssou daba libre curso a su pena familiar por demás, eran narraciones y recuerdos que nunca terminaban, y que exasperaban a Colin. Y Colin, ya lo conoces, me dijo Peyssou, susceptible como nadie, pero ahora entonces, puro vinagre, siempre tratándome de gran cretino. Agregando a que gracias a la privación de fumar su paquete diario no da más de los nervios, y salta como leche hervida por nada, y siempre reprochándome mi tamaño. Como si yo tuviera la culpa.

Le pedí a Meyssonnier si no aceptaría reemplazar a Colin en la pieza de Peyssou. Porque sobre un punto me mantenía firme: Peyssou no debía quedarse solo.

– En resumidas cuentas, yo -dijo Meyssonnier- soy siempre el que se sacrifica. Ya en los tiempos del Círculo todas las cosas jorobadas de hacer me tocaban a mí. Peyssou, no demasiado inteligente, Colin, no demasiado responsable. Y tú, demasiado ocupado en mandar. Y ni hablar de los otros.

– Vamos, vamos -le dije sonriendo- a las cosas jorobadas, como secretario de tu célula, ya por lo menos estabas acostumbrado.

No me contestó.

– Y mira que a Peyssou, lo pongo a veinte codos por encima de Colin, aunque Colin siempre fue tu preferido. Colin puede ser amable, pero también puede ser muy pinchudo. Peyssou es un muchacho de oro. Sin embargo, si acepto ir a la pieza de Peyssou habrá que pedirle que ponga una sordina a sus recuerdos, dado que recuerdos, también de ellos tengo la cabeza llena.

Se quedó inmóvil y de golpe se puso a parpadear, con las comisuras de los labios caídos, todos los rasgos estirados hacia abajo.

– ¡Hombre! recuerdos, sobre todo tengo uno que te voy a contar y después, no hablaré más de él. Quisiera sobre todo no repetir. Esa mañana del día J, mi pequeño Francis quería venir conmigo a Malevil para ver el castillo, y yo ya le había dado permiso cuando la Matilde le dijo que no, que no iba a mezclarlo a su edad en nuestra sucia política. Vacilé. Me estoy viendo, vacilé. Porque mi chico tenía un aire tan desencantado… Pero como la noche anterior ya me había peleado con la Matilde por culpa de mi política, y conoces a las mujeres, hablo, hablo y después me enojo, cosa de nunca acabar. Bueno. De golpe me sentí harto de todo eso. Dije, bueno, quédate con tu chico, me iré solo. Resumiendo, no quise una segunda escena, sobre todo en seguida de la primera. Fui un cobarde. Y el resultado, que Francis se quedó, mirándome con las lágrimas que le corrían por las mejillas. Y si yo no hubiera sido tan cobarde, comprendes, Emanuel, estaría aquí, ahora, mi Francis.

Después de eso se quedó sin voz durante todo un minuto. Y yo también. Pero creo que de todos modos le hizo bien compartir conmigo esa espina. Ya no recuerdo de qué hablamos después, pero hablamos. Y durante todo ese tiempo me pregunto cómo me las voy a arreglar para decirle al gran Peyssou que no se explaye demasiado. Porque en el fondo es él el que tiene razón, justamente Meyssonnier acaba de demostrármelo.

Adelaida esperó hasta que nuestra terrible tarea de sepultureros hubo terminado para parir. Dio a luz una docena de cachorros. En realidad, como estaba más que nunca inabordable, no se pudo hacer la cuenta exacta sino cuando se incorporó, y se descubrió entonces que tenía quince, cifra considerable, pero que no igualaba su récord anterior. Fue Momo quien dio la alarma surgiendo hirsuto en la gran sala de la casa en el momento del almuerzo y pegando alaridos con los brazos al cielo " Emmanouel, Abebaibe a biba !" (Emanuel, Adelaida ha parido). Abandonamos los platos y salimos corriendo hacia la Maternidad, en donde Adelaida, acostada y gimiente, vio de golpe la puerta de su box coronarse con siete cabezas de hombres ávidas y charlatanas. Gruñó y refunfuñó, pero como no pasaba nada, volvió a su trabajo y expulsó uno después de otro sus últimos cachorros. Y nosotros, con la barbilla apoyada en el montante de madera de la puerta (a un metro y medio del suelo, porque había sido prevista para caballos, y la Menou trepada sobre dos piedras sillares para alcanzar la altura requerida) comenzamos en seguida a discutir sobre la abundancia de esos nuevos víveres y del más juicioso empleo que había de hacerse con ellos. Porque desgraciadamente no había con qué alimentar quince lechones. Una vez terminada la lactancia habría que sacrificar algunos, perspectiva de la que se hablaba con una falsa objetividad haciendo como que estábamos desolados, mientras la saliva ya inundaba nuestras bocas ante la idea de un lechoncito asado al spiedo delante del fuego de la chimenea. Observé en ese entonces que entre nosotros esta gula tenía algo de febril. No se relacionaba como antes a la alegría de vivir, sino a la aprensión por el futuro. La narración de las comilonas de antaño representaba en nuestras conversaciones un papel anormal, prueba de que el miedo de que faltara continuaba atenazándonos en secreto.

Dos días más tarde Princesa parió un becerro, asegurando así al precio de un futuro incesto, la conservación de la raza. La cosa no resultó fácil y la Menou tuvo que meter las manos, llamando a Peyssou en su ayuda. Pero éste se excusó. Precisamente en su casa no tenía el coraje de hacerlo y era Yvette la que ayudaba a la vaca, y cuando se hacía demasiado complicado lo iba a buscar al Colin. Bueno, entonces Colin, dijo la Menou con tono imperioso. Todos estábamos ahí, era de noche y para alumbrar a la Menou, sentado sobre mis talones en el box, sostenía uno de los gruesos velones de la bodega que me chorreaba entre los dedos. Transpiraba mucho por culpa de la emoción, pero también por ese fuerte olor bovino que no me gustaba. El parto duró cuatro horas, y todos estábamos mudos de inquietud. Al cabo de un momento, bastante incómodo a medias por el velón, a medias por el animal, trasmití éste a Meyssonnier y cada cuarto de hora pasó de mano en mano hasta que volvió a mí. Momo estaba inutilizable, llorando como un ternero en el box de Lindo Amor ante la idea de perder nuestra única vaca y quién sabe, a Lindo Amor también, que estaba ahora muy próxima a su término. Expresaba sus aprensiones en voz alta, con una suerte de letanía plañidera, y una o dos veces la Menou levantó la cabeza para increparlo, lo que hizo sin su acostumbrada acritud, estando ella misma demasiado angustiada. Momo se dio cuenta y le llevó muy poco el apunte a la advertencia materna, limitándose a sustituir su letanía con pequeños gemidos rítmicos como si fuera él el que paría.

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