Colocó la guía de teléfonos en el sitio justo de la mesa, encuadrándola rigurosamente con el ángulo recto de la tapa, limpió el auricular con el pañuelo para borrar las impresiones digitales y entró en casa. Comenzó por abrillantar los zapatos, después cepilló el traje, se puso una camisa limpia, la mejor corbata y ya tenía en la mano el tirador de la puerta cuando se acordó de la credencial. Presentarse en casa de los padres de la mujer desconocida diciendo simplemente, Soy la persona que telefoneó de la Conservaduría, no tendría, seguro, en cuanto a poder de convicción y autoridad, el mismo efecto que ponerles ante los ojos un papel timbrado, sellado y firmado, otorgando al portador plenos derechos y facultades en el ejercicio de sus funciones y para cabal cumplimiento de la misión que le había sido asignada. Abrió el armario, buscó el expediente del obispo y retiró la credencial, sin embargo, de un primer vistazo, comprendió que no servía. En primer lugar, por la fecha, anterior al suicidio, y en segundo lugar, por los propios términos de la redacción, por ejemplo, aquella orden de averiguar hasta el fondo todo lo concerniente a la vida pasada, presente y futura de la mujer desconocida, Ni siquiera sé dónde está ella ahora, pensó don José, y en cuanto a una vida futura, en ese momento recordó la copla popular que dice, lo que está tras la muerte, nunca nadie lo vio ni lo verá, de tantos que allí fueron, nunca ninguno volvió acá. Iba a reponer la credencial en su lugar, pero en el último instante tuvo que obedecer una vez más al estado de espíritu que lo viene obligando a concentrarse de manera obsesiva en una idea y a persistir en ella hasta verla realizada.
Ya que se había acordado de la credencial, tendría, indefectiblemente, que llevar una credencial. Volvió a entrar en la Conservaduría, fue al armario de los impresos, mas se había olvidado de que el armario de los impresos, desde la investigación, estaba siempre cerrado. Por primera vez en su vida de persona pacífica sintió un ímpetu de furia, hasta el punto de pasársele por la cabeza dar un golpe en el cristal y mandar al diablo las consecuencias. Felizmente recordó a tiempo que el subdirector encargado de velar por el consumo de impresos guardaba la llave del armario respectivo en un cajón de la mesa, y que los cajones de los subdirectores, como era norma rigurosa en la Conservaduría General, no podían estar cerrados, El único que aquí tiene derecho a guardar secretos soy yo, dijo el jefe, y su palabra era ley, que al menos por esta vez no se aplicaba a los oficiales y a los escribientes por la simple razón de que ésos, como se ha visto, trabajan en mesas simples, sin cajones. Don José se envolvió la mano derecha en el pañuelo para no dejar la menor señal de dedos que lo denunciase, tomó la llave y abrió el armario de los impresos. Sacó una hoja de papel con el timbre de la Conservaduría, cerró el armario, repuso la llave en el cajón del subdirector, en ese momento la cerradura de la puerta exterior del edificio crujió, oyó deslizarse la lengüeta una vez, durante un instante don José se quedó paralizado, pero en seguida, como aquellos viejos sueños de su infancia, en que, sin peso, sobrevolaba los jardines y los tejados, se movió ligerísimo sobre las puntas de los pies, cuando la cerradura acabó de abrirse ya don José estaba en casa, jadeante, como si el corazón se le hubiese subido a la boca. Pasó un largo minuto hasta que del otro lado de la puerta se notó que alguien tosía, El jefe, pensó don José, sintiendo las piernas flaquear, escapé de puro milagro. De nuevo se oyó la tos, más fuerte, tal vez más próxima, con la diferencia de que ahora parecía deliberada, intencional, como si quien entró estuviese anunciando su presencia. Don José miraba aterrorizado la cerradura de la delgada puerta que lo separaba de la Conservaduría. No tuvo tiempo de girar la llave, sólo el picaporte mantenía la puerta cerrada, Si él viene, si mueve el picaporte, si entra aquí, gritaba una voz dentro de la cabeza de don José, te sorprende en flagrante delito, con ese papel en la mano, la credencial sobre la mesa, la voz no le decía nada más que esto, tenía pena del escribiente, no le hablaba de las consecuencias. Don José retrocedió despacio hasta la mesa, tomó la credencial y la escondió, así como la hoja sacada del armario, entre la ropa de la cama, todavía por hacer. Después se sentó y quedó a la espera. Si le preguntasen qué esperaba, no sabría responder. Pasó una hora y don José comenzó a impacientarse. Del otro lado de la puerta no venía ningún otro ruido. Los padres de la mujer desconocida ya estarían extrañándose por la demora del funcionario de la Conservaduría, se parte del principio de que la urgencia es la característica principal de los asuntos que están a cargo de un retén, sea cual sea su naturaleza, agua, gas, electricidad o suicidio. Don José esperó un cuarto de hora más sin moverse de la silla. Al fin de ese tiempo reparó en que había tomado una decisión, no era simplemente seguir una idea fija como de costumbre, se trataba de una decisión, aunque él mismo no supiese explicar cómo la había tomado. Dijo casi en voz alta, Lo que tenga que ocurrir ocurrirá, el miedo no resuelve nada.
Con una serenidad que ya no lo sorprendía, recogió la credencial y la hoja de papel, se sentó a la mesa, colocó el tintero delante y, copiando, abriendo y adaptando, redactó el nuevo documento, Hago saber, como Conservador de esta Conservaduría General del Registro Civil, a todos cuantos, civiles o militares, particulares o públicos, vean, lean y compulsen esta credencial, que Fulano de tal recibió directamente de mí la orden y el encargo de averiguar todo lo que se relacione con las circunstancias del suicidio de Fulana de tal, en particular de sus causas, tanto próximas como remotas, tras este punto el texto quedó más o menos idéntico, hasta el rotundo imperativo final, Cúmplase.
Lamentablemente, el papel no podría llevar el sello, inaccesible ahora por la entrada del jefe en la Conservaduría, pero lo que contaba era la autoridad expresa en cada palabra. Don José guardó la primera credencial con los recortes del obispo, introdujo en el bolsillo interior de la chaqueta la que acababa de escribir y miró con aire desafiante la puerta de comunicación. El silencio del otro lado continuaba. Entonces don José murmuró, Me da igual que estés ahí como que no estés. Avanzó hacia la puerta y la cerró con llave, bruscamente, con dos vueltas rápidas de muñeca, zap, zap.
Un taxi lo llevó a la casa de los padres de la mujer desconocida. Llamó al timbre, apareció una señora que aparentaba unos sesenta y pocos años, más joven por tanto que la señora del entresuelo derecha, con quien el marido la había engañado hacía treinta años, Soy la persona que telefoneó de la Conservaduría General, dijo don José, Haga el favor de entrar, estábamos esperándolo, Disculpe por no haber venido en seguida, pero aún tuve que tratar de otra cuestión muy urgente, No tiene importancia, entre, entre, yo voy delante. La casa tenía un aire sombrío, había cortinas tapando las puertas y las ventanas, los muebles eran pesados, en las paredes oscurecían cuadros con paisajes que nunca debieron de existir. La dueña de la casa hizo pasar a don José a lo que parecía un despacho, donde esperaba un hombre bastante mayor que ella, Es el señor de la Conservaduría, dijo la mujer, Quiere sentarse, invitó el hombre, señalando una silla. Don José sacó la credencial del bolsillo, sosteniéndola en la mano mientras decía, Lamento tener que incomodarles en su luto, pero el trabajo así lo exige, este documento les dirá con toda precisión en qué consiste mi misión aquí. Entregó el papel al hombre, que lo leyó acercándoselo mucho a los ojos y al final dijo, Debe de ser importantísima su misión, para que un documento redactado en tales términos se justifique, es el estilo de la Conservaduría General, incluso tratándose de una misión simple como ésta, de investigación de causas de suicidio, Le parece poco, No me interprete mal, lo que quise decir es que cualquiera que sea la misión que se nos encargue y para la que se considere necesario llevar credencial, es ése el estilo, Una retórica de autoridad, Puede llamarla así. La mujer intervino preguntando, Y qué pretende la Conservaduría saber de nosotros, La causa inmediata del suicidio, en primer lugar, Y en segundo lugar, preguntó el hombre, Los antecedentes, las circunstancias, los indicios, todo lo que pueda ayudarnos a comprender mejor lo sucedido, No es suficiente para la Conservaduría saber que mi hija se mató, Cuando les dije que necesitaba hablar con ustedes por razones de estadísticas, estaba simplificando la cuestión, Ahora podrá explicarse, ha pasado el tiempo de contentarnos con los números, hoy en día lo que se pretende es conocer, lo más completamente posible, el cuadro psicológico en que se desarrolla el proceso de suicidio, Para qué, preguntó la mujer, si eso no restituye la vida de mi hija, La idea es establecer parámetros de intervención, No le entiendo, dijo el hombre. Don José sudaba, el caso se presentaba más complicado de lo que previera, Qué calor, exclamó, Quiere un vaso de agua, preguntó la mujer, Si no es una molestia, Por favor, la mujer se levantó y salió, en un minuto estaba de vuelta. Don José, mientras bebía, decidió que tenía que mudar de táctica. Posó el vaso en la bandeja que la mujer sostenía y dijo, Imagínense que su hija no se ha suicidado aún, imagínense que la investigación en que la Conservaduría General del Registro Civil se encuentra empeñada ya ha permitido definir ciertos consejos y recomendaciones, capaces, eventualmente si son aplicados a tiempo, de detener lo que antes designé como proceso de suicidio, Fue a eso a lo que llamó parámetros de intervención, preguntó el hombre, Exactamente, dijo don José, y sin dar tiempo a otro comentario asestó la primera estocada, si no pudimos impedir que su hija se suicidase, tal vez podamos, con la colaboración de ustedes y de otras personas en situación idéntica, evitar muchos disgustos y muchas lágrimas. La mujer lloraba, murmurando, Mi querida hija, mientras el hombre se secaba los ojos pasándoles, con violencia contenida, el dorso de la mano. Don José esperaba no sentirse obligado a usar un último recurso, que sería, pensó, la lectura de la credencial en voz alta y severa, palabra por palabra, como puertas que sucesivamente se fuesen cerrando, hasta dejar una salida única al oyente, cumplir inmediatamente el deber de hablar. Si esta posibilidad fallara, no le quedaría otro remedio que encontrar a toda prisa una disculpa para retirarse lo más airosamente posible. Y rezar para que a este obstinado padre de la mujer desconocida no se le ocurriera telefonear a la Conservaduría para pedir aclaraciones sobre la visita de un funcionario llamado don José, no me acuerdo del apellido. No fue necesario. El hombre dobló la credencial y se la devolvió. Después dijo, Estamos a su disposición. Don José respiró aliviado, tenía, por fin el camino abierto para entrar en materia, Su hija dejó alguna carta, Ninguna carta, ninguna palabra, Quiere decir que se suicidó así, sin más ni menos, No sería sin más ni menos, ciertamente tendría sus razones, pero nosotros no las conocemos, Mi hija era infeliz, dijo la mujer, nadie que sea feliz se suicida, cortó el marido impaciente, Y era infeliz por qué, preguntó don José, No sé, ya de chiquilla era triste, yo le pedía que me contase lo que le pasaba y ella me respondía siempre con las mismas palabras, no me pasa nada, madre, En ese caso la causa del suicidio no fue el divorcio, Al contrario, si alguna vez llegué a ver a mi hija contenta fue cuando se separó, No tenía buena relación con el marido, Ni buena ni mala, fue un matrimonio como tantos, Quién pidió el divorcio, Ella, Hubo algún motivo concreto, Que nosotros supiésemos, no, fue como si hubiesen llegado los dos al final de un camino, Cómo es él, Normal, es una persona bastante normal, de buen carácter, nunca nos dio motivos de queja, Y él la quería, Creo que sí, Y ella, le quería, Creo que sí, Y a pesar de eso no eran felices, Nunca lo fueron, Qué extraña situación, La vida es extraña, dijo el hombre. Hubo un silencio, la mujer se levantó y salió. Don José se quedó en suspenso, no sabía si sería mejor esperar a que ella regresase o continuar la conversación. Temía que la interrupción le hubiese desencaminado el interrogatorio, la tensión ambiental casi se podía tocar. Don José se preguntaba si aquellas palabras del hombre, La vida es extraña, no serían aún el eco de su antigua relación con la señora del entresuelo derecha, y si la brusca salida de la mujer no habría sido la respuesta de quien en aquel momento no podía dar otra. Don José tomó el vaso, bebió un poco de agua para ganar tiempo, después hizo una pregunta sin pensar, Su hija trabajaba, Sí, era profesora de matemáticas, Dónde, En el mismo colegio en que había estudiado antes de ir a la universidad. Don José tomó otra vez el vaso, estuvo a punto de tirarlo con la precipitación, ridículamente tartamudeó, Disculpe, disculpe, y de pronto le faltó la voz, el hombre lo miraba con una expresión de curiosidad desdeñosa, mientras él bebía, le parecía que la Conservaduría General del Registro Civil, a juzgar por la muestra, estaba bastante mal servida de funcionarios, no merecía la pena que apareciera uno armado con una credencial de ésas para después comportarse como un imbécil. La mujer entró en el momento en que el marido estaba preguntándole irónicamente, No querrá que le dé el nombre del colegio, tal vez pueda serle de alguna utilidad para el buen resultado de su misión, Se lo agradezco mucho.
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