Pasó casi una hora antes de que el teléfono sonase. Sobresaltado, Tertuliano Máximo Afonso se levantó rápidamente, esperando oír la voz de la madre, pero la que sonó fue la del recepcionista, que decía, Está aquí doña Carolina Claro, quiere hablar con usted, Es mi madre, balbuceó, ya bajo, ya bajo. Salió corriendo al mismo tiempo que se reprendía, Tengo que dominarme, no debo exagerar las muestras de cariño, cuanto menos llamemos la atención, mejor. La lentitud del ascensor le ayudó a moderar el caudal de emociones, y fue un Tertuliano Máximo Afonso bastante aceptable el que apareció en el hall del hotel y abrazó a la señora mayor, la cual, ya fuera por armonía del instinto o por efecto de meditada ponderación en el taxi que hasta aquí la ha traído, retribuyó con comedimiento las demostraciones de afecto filial, sin las vulgares exuberancias pasionales que se expresan con frases del tipo Ay mi buen hijo, aunque, en el caso del presente drama, debiese ser Ay mi pobre hijo la más adecuada a la situación. Los abrazos, los llantos convulsos tuvieron que esperar hasta que llegaron a la habitación, hasta que la puerta se cerró y el hijo resucitado pudo decir Madre, y ella no tuvo más palabras que las que conseguían salirle del corazón agradecido, Eres tú, eres tú. Esta mujer, sin embargo, no es de las fáciles de contentar, de esas a quienes con una caricia se les hace olvidar un agravio, que en este caso ni contra ella ha sido, sino contra la razón, el respeto, y también el sentido común, que no se diga que nos hemos olvidado de quien hizo todo lo que pudo para que la historia de los hombres duplicados no terminase en tragedia. Carolina Afonso no empleará este término, dirá sólo, Dos personas han muerto, ahora cuéntame desde el principio cómo ha podido ocurrir esto, y no me ocultes nada, por favor, el tiempo de las medias verdades ha llegado a su fin, y el de las medias mentiras también. Tertuliano Máximo Afonso empujó una silla para que la madre se sentara, se sentó él mismo en el borde de la cama, y comenzó su relato. Desde el principio, como le fue exigido. Ella no lo interrumpió, solamente dos veces alteró su expresión, la primera en el momento en que Antonio Claro dijo que se iba a llevar a María Paz a la casa del campo para hacer el amor con ella, la segunda cuando el hijo le explicó cómo y por qué había ido a casa de Helena y lo que después allí pasó. Movió los labios diciendo, Locos, pero la palabra no se oyó. La tarde había caído, la penumbra ya cubría las facciones de uno y de otro. Cuando Tertuliano Máximo Afonso se calló, la madre hizo la pregunta inevitable, Y ahora, Ahora, madre, el Tertuliano Máximo Afonso que era está muerto, y el otro, si quisiera seguir formando parte de la vida, no tendrá más remedio que ser Antonio Claro, Y por qué no contar simplemente la verdad, por qué no decir lo que ha pasado, por qué no poner todas las cosas en su sitio, Acabas de oír lo que ha sucedido, Sí, y qué, Te pregunto, madre, si realmente crees que estas cuatro personas, las muertas y las vivas, deben ser expuestas en la plaza pública para regalo y disfrute de la curiosidad feroz del mundo, qué ganaríamos con eso, los muertos no resucitarían y los vivos comenzarían a morir ese día, Qué hacer, entonces, Tú acompañarás el entierro del falso Tertuliano Máximo Afonso y lo llorarás como si fuese tu hijo, Helena irá también, pero nadie podrá imaginar por qué está allí, Y tú, Ya te lo he dicho, soy Antonio Claro, cuando encendamos la luz la cara que verás será la suya, no la mía, Eres mi hijo, Sí, soy tu hijo, pero no lo podré ser, por ejemplo, en el lugar donde nací, estoy muerto para las personas de allí, y cuando tú y yo queramos vernos tendrá que ser en un punto donde nadie tenga conocimiento de la existencia de un profesor de Historia llamado Tertuliano Máximo Afonso, Y Helena, Mañana iré a pedirle que me perdone y a restituirle este reloj y esta alianza, Y para llegar a esto han tenido que morir dos personas, Que yo he matado, y una de ellas víctima inocente, sin ninguna culpa. Tertuliano Máximo Afonso se levantó y encendió la luz. La madre estaba llorando. Durante algunos minutos permanecieron en silencio, evitando mirarse uno al otro. Después la madre murmuró mientras se pasaba el pañuelo húmedo por los párpados, La antigua Casandra tenía razón, no deberías haber dejado que entrara el caballo de madera, Ahora ya no hay remedio, Sí, ahora ya no hay remedio, y mañana tampoco lo habrá, todos estaremos muertos. Al cabo de un corto silencio Tertuliano Máximo Afonso preguntó, La policía te habló de las circunstancias del accidente, Me dijeron que el coche se salió de su carril y chocó contra un camión TIR que venía en sentido contrario, también me dijeron que la muerte fue instantánea, Es extraño, Extraño, qué, Me quedé con la impresión de que era un buen conductor, Algo le pasaría, Pudo haber derrapado, quizá hubiera aceite en la carretera, No hablaron de eso, sólo dijeron que el coche se salió del carril y chocó contra el camión. Tertuliano Máximo Afonso volvió a sentarse en el borde de la cama, miró el reloj y dijo, Voy a pedir a recepción que te reserven un cuarto, cenamos y te quedas esta noche en el hotel, Prefiero irme a casa, después de cenar llamamos un taxi, Yo te llevo, nadie me verá, Y cómo me vas a llevar, si ya no tienes coche, Tengo el que era suyo. La madre movió la cabeza tristemente y dijo, Su coche, su mujer, sólo te falta tener también su vida, Tendré que descubrir otra mejor para mí, y ahora, por favor, vamos a cenar algo, una tregua a las desgracias. Extendió las manos para ayudarla a levantarse, luego la abrazó y le dijo, Acuérdate de borrar las llamadas del contestador, todas las precauciones son pocas cuando el agua está hirviendo. Cuando acabaron de cenar, la madre volvió a pedir, Llámame un taxi, Yo te llevo a casa, No puedes arriesgarte a que te vean, además, me da escalofríos sólo de pensar en sentarme en ese coche, Te acompaño en el taxi y regreso, Ya tengo edad para andar sola, no insistas. En la despedida Tertuliano Máximo Afonso dijo, Haz el favor de descansar, madre, que bien lo necesitas, Lo más seguro es que no consigamos dormir ninguno de los dos, ni tú ni yo, respondió ella.
Tuvo razón. Al menos Tertuliano Máximo Afonso no pudo cerrar los ojos durante horas y horas, veía el coche saliéndose del carril y precipitándose contra el morro enorme del camión, por qué, se preguntaba, por qué se desvió de esa manera, quizá se reventara una rueda, no, no puede ser, si fuera así la policía lo habría mencionado, es cierto que el coche ya tenía a sus espaldas un buen par de años de servicio continuo, pero no hace ni tres meses de la última revisión en serio y no se le encontró ningún fallo, ni en la parte mecánica ni en el sistema eléctrico. Se durmió entrada la madrugada, pero el sueño le duró poco, apenas pasaban las siete de la mañana cuando bruscamente despertó con la idea de que algo urgente le esperaba, sería la visita a Helena, pero para eso era demasiado temprano, qué será entonces, de repente una luz se encendió en su cabeza, el periódico, tenía que ver lo que traía el periódico, un accidente así, prácticamente a las puertas de la ciudad, es noticia. Se levantó de un salto, se vistió a toda prisa y salió corriendo. El recepcionista nocturno, no el que le atendió la víspera, lo miró con desconfianza, y Tertuliano Máximo Afonso tuvo que decir, Voy a comprar el periódico, no vaya a pensar el otro que el agitado huésped se quería marchar sin hacer las cuentas. No fue muy lejos, había un quiosco de prensa en la primera esquina. Compró tres periódicos, alguno contaría el accidente, y volvió rápidamente al hotel. Subió a la habitación y ansiosamente comenzó a hojearlos en busca de la sección de sucesos. Sólo en el tercer periódico encontró la noticia. Una fotografía mostraba el estado de ruina en que el coche había quedado. Con todo el cuerpo temblando, Tertuliano Máximo Afonso leyó, saltándose los pormenores, yendo directamente a lo esencial, Ayer, hacia las nueve y media de la mañana, se registró casi a la entrada de la ciudad un violento choque entre un turismo y un camión TIR. Los dos ocupantes del automóvil, Fulano y Fulana, inmediatamente identificados por la documentación de que eran portadores, ya estaban muertos cuando llegaron los servicios de asistencia. El conductor del camión apenas sufrió heridas leves en las manos y en la cara. Interrogado por la policía, que no le atribuye ninguna responsabilidad en el accidente, ha declarado que cuando el automóvil todavía venía a cierta distancia, antes de que se desviara, creyó ver a los dos ocupantes forcejeando el uno con el otro, aunque no puede tener seguridad absoluta debido a los reflejos de los parabrisas. Informaciones posteriormente recogidas por nuestra redacción revelaron que los dos infortunados viajeros eran novios. Tertuliano Máximo Afonso leyó otra vez la noticia, pensó que a esa hora él estaba en la cama con Helena, y después, como era inevitable, relacionó la hora matinal en que Antonio Claro regresaba con la declaración del conductor del camión. Qué habría pasado entre ellos, se preguntó, qué habría sucedido en la casa del campo para que siguiesen discutiendo en el coche, y más que discutir, forcejear, como dijo, con actitud expresiva poco común, el único testigo presencial del accidente. Tertuliano Máximo Afonso miró el reloj. Faltaban pocos minutos para las ocho, Helena ya estaría levantada, O quizá no, lo más seguro es que tomara una pastilla para dormir, o para escapar, que es verbo más preciso, pobre Helena, tan inocente de todo como María Paz, qué poco imagina lo que le espera. Eran las nueve cuando Tertuliano Máximo Afonso salió del hotel. Pidió en recepción lo necesario para afeitarse, tomó el desayuno y ahora va a decirle a Helena la palabra que todavía falta para que la increíble historia de dos hombres duplicados se acabe de una vez y la normalidad de la vida retome su curso, dejando las víctimas tras de sí, según es uso y costumbre. Si Tertuliano Máximo Afonso tuviese perfecta conciencia de lo que va a hacer, del golpe que va a asestar, tal vez huyese de allí sin dar explicaciones ni justificaciones, tal vez dejase las cosas en la situación en que están, para que se pudran, pero su mente se encuentra como embotada, bajo la acción de una especie de anestesia que le ha adormecido el dolor y ahora lo empuja más allá de su voluntad. Aparcó el coche frente al edificio, cruzó la calle, entró en el ascensor. Lleva el periódico bajo el brazo, mensajero de la desgracia, voz y palabra del destino, él es la peor de las Casandras, la que tiene por único oficio decir, Ha sucedido. No quiso abrir la puerta con la llave que tiene en el bolsillo, en verdad ya no hay lugar para desquites, revanchas y venganzas. Llamó al timbre como aquel vendedor de libros que pregonaba las sublimes virtudes culturales de la enciclopedia en que minuciosamente se describen los hábitos del rape, pero lo que él quiere ahora, con todas las fuerzas de su alma, es que la persona que venga a atenderlo le diga, aunque sea mintiendo, No necesito, ya tengo. La puerta se abrió y Helena apareció en la medio penumbra del pasillo. Lo miraba con asombro, como si hubiese perdido toda esperanza de volver a verlo, le mostraba el pobre rostro descompuesto, ojerosa, era evidente que le había fallado la pastilla que tomó para escapar de sí misma. Dónde has estado, balbuceó, qué pasa, no vivo desde ayer, no vivo desde que saliste de aquí. Dio dos pasos hacia los brazos de él, que no se abrieron, que sólo por piedad no la rechazaron, y después entraron juntos, ella todavía agarrada a él, él desmañado, torpe, como un muñeco articulado incapaz de acertar con los movimientos necesarios. No habló, no pronunciará una palabra antes de que ella esté sentada en el sofá, y lo que le va a decir parecerá sólo la inocua declaración de quien ha bajado a la calle a comprar el periódico y ahora, sin ninguna intención oculta, se limita a comunicar, Le he traído las noticias, y extenderá la página abierta, y señalará el lugar de la tragedia, Aquí está, y ella no se dará cuenta de que él no la está tratando de tú, leerá con atención lo que está escrito, desviará los ojos de la fotografía del coche siniestrado, y murmurará, pesarosa, al terminar, Qué horror, sin embargo, si habla de esta manera es porque tiene un corazón sensible, verdaderamente la desgracia no le toca de cerca, incluso se notó, en contradicción con el significado solidario de las palabras pronunciadas, un cierto tono que se asemeja al alivio, obviamente involuntario, pero que las palabras dichas a continuación ya expresan de modo inteligible, Es una desgracia, no me da ninguna alegría, al contrario, pero por lo menos sirve para acabar con la confusión. Tertuliano Máximo Afonso no se había sentado, estaba de pie ante ella, como deben permanecer los mensajeros en ejercicio, porque otras noticias hay para dar, y éstas van a ser las peores. Para Helena el periódico ya es cosa del pasado, el presente concreto el presente palpable, es éste su marido regresado, Antonio Claro se llama, él le va a decir lo que hizo en la tarde de ayer y esta noche, qué asuntos importantes son ésos para dejarla sin una palabra durante tantas horas. Tertuliano Máximo Afonso comprende que no puede esperar ni un minuto más, o se verá obligado a callarse para siempre. Dijo, El hombre que ha muerto no era Tertuliano Máximo Afonso. Ella lo miró con inquietud y dejó salir de la boca tres palabras que de poco servían, Qué, qué dices, y él repitió, sin mirarla, No era Tertuliano Máximo Afonso el hombre que ha muerto. La inquietud de Helena se transformó de súbito en un miedo absoluto, Quién era entonces, Su marido. No había otra manera de decirlo, no había en el mundo un solo discurso preparatorio que valiese, era inútil y cruel pretender colocar la venda antes de la herida. En pánico, desesperada, Helena todavía intentó defenderse de la catástrofe que le caía encima, Pero los documentos de que habla el periódico eran de ese Tertuliano de mala muerte. Tertuliano Máximo Afonso sacó la cartera del bolsillo de la chaqueta, la abrió, extrajo el carnet de identidad de Antonio Claro y se lo entregó. Ella lo tomó, miró la fotografía que llevaba, miró al hombre que tenía en frente, y lo comprendió todo. La evidencia de los hechos se reconstituyó en la mente como un rayo brutal de luz, la monstruosidad de la situación la asfixiaba, durante un breve momento pareció que iba a perder el sentido. Tertuliano Máximo Afonso se adelantó, le tomó las manos con fuerza, y ella, abriendo unos ojos que eran como una lágrima inmensa, las retiró bruscamente, pero después, sin fuerza, las abandonó, el llanto convulso le había evitado el desmayo, ahora los sollozos le sacudían el pecho sin compasión, También he llorado así, pensó él, es así como lloramos ante lo que no tiene remedio. Y ahora, preguntó ella desde el fondo del pozo donde se ahogaba, Desapareceré para siempre de su vida, respondió él, no volverá a verme nunca más, me gustaría pedirle perdón, pero no me atrevo, sería ofenderla otra vez, No ha sido el único culpable, No, pero mi responsabilidad es mayor, soy reo de cobardía y por eso dos personas han muerto, María Paz era realmente tu novia, Sí, La querías, La quería, nos íbamos a casar, Y dejaste que fuera con él, Ya se lo he dicho, por cobardía, por debilidad, Y viniste aquí para vengarte, Sí. Tertuliano Máximo Afonso se enderezó, dio un paso atrás. Repitiendo los movimientos que Antonio Claro hizo cuarenta ocho horas antes, se desabrochó la correa del reloj, que puso sobre la mesa, y a continuación colocó al lado la alianza. Dijo, Le mandaré por correo el traje que llevo puesto. Helena tomó el anillo, lo miró como si fuese la primera vez. Distraídamente, como si quisiera deshacer la invisible señal dejada, Tertuliano Máximo Afonso se frotó con el índice y el pulgar de la mano derecha el dedo de la izquierda de donde se había quitado la alianza. Ninguno de los dos pensó, ninguno de los dos llegará a pensar nunca que la falta de este anillo en el dedo de Antonio Claro podría haber sido la causa directa de las dos muertes, y sin embargo fue así. Ayer por la mañana, en la casa del campo, Antonio Claro aún dormía cuando María Paz se despertó. Él descansaba sobre el lado derecho, con la mano izquierda en la almohada donde ella reposaba la cabeza, a la altura de los ojos. Los pensamientos de María Paz eran confusos, oscilaban entre el dulce bienestar del cuerpo y un desasosiego de espíritu para el cual no encontraba explicación. La luz cada vez más intensa que penetraba por los resquicios de las rústicas contraventanas iluminaba poco a poco la habitación. María Paz suspiró y volvió la cabeza hacia el lado de Tertuliano Máximo Afonso. La mano izquierda de él casi le cubría el rostro. El dedo anular mostraba la marca circular y blanquecina que las alianzas largamente usadas dejan en la piel. María Paz se estremeció, creyó que estaba viendo mal, que estaba soñando la peor de las pesadillas, este hombre igual que Tertuliano Máximo Afonso no es Tertuliano Máximo Afonso, Tertuliano Máximo Afonso no usa anillos desde que se divorció, hace mucho tiempo que se desvaneció la marca de su dedo. El hombre dormía plácidamente, María Paz se deslizó con mil cautelas fuera de la cama, recogió las ropas dispersas y salió del cuarto. Se vistió en el salón, todavía demasiado aturdida para pensar con lucidez, impotente para encontrar una respuesta a la pregunta que le daba vueltas en la cabeza, Estaré loca. Que el hombre que la había traído aquí y con quien ha pasado la noche no era Tertuliano Máximo Afonso, de eso estaba completamente segura, pero, si no era él, quién era, y cómo es posible que en este mundo existan dos personas exactamente iguales, hasta el punto de confundirse en todo, en el cuerpo, en los gestos, en la voz. Poco a poco, como quien va buscando y descubriendo las piezas adecuadas, comenzó a relacionar acontecimientos y acciones, recordó palabras equívocas que había escuchado a Tertuliano Máximo Afonso, sus evasivas, la carta que recibió de la productora cinematográfica, la promesa que le hizo de que un día se lo contaría todo. No podía llegar más lejos, seguiría sin saber quién era este hombre, a no ser que él mismo se lo dijera. La voz de Tertuliano Máximo Afonso se oyó adentro, María Paz. Ella no respondió, y la voz insistió, insinuante, acariciadora, Todavía es temprano, vuelve a la cama. Ella se levantó de la silla donde se había dejado caer y se dirigió al dormitorio. No pasó de la entrada. Él dijo, Qué es eso de estar ya vestida, venga, quítate la ropa y ven aquí, la fiesta todavía no ha terminado, Quién es usted, preguntó María Paz, y antes de que él respondiese, De qué anillo es la marca que tiene en el dedo. Antonio Claro se miró la mano y dijo, Ah, esto, Sí, eso, usted no es Tertuliano, No lo soy, por supuesto que no soy Tertuliano, Entonces, quién es usted, Por ahora conténtate con saber quién no soy, pero cuando estés con tu amigo puedes preguntárselo, Se lo preguntaré, tengo que saber por quién he sido engañada, Por mí, en primer lugar, pero él ayudó, o mejor, el pobre hombre no tuvo otro remedio, tu novio no es lo que se dice un héroe. Antonio Claro salió de la cama completamente desnudo y se acercó a María Paz sonriendo, Qué importancia tiene que yo sea uno o sea otro, déjate de preguntas y ven a la cama. Desesperada, María Paz dio un grito, Canalla, y huyó del cuarto. Antonio Claro apareció en el salón poco después, ya vestido y dispuesto a salir. Dijo con indiferencia, No tengo paciencia para mujeres histéricas, voy a dejarte en la puerta de tu casa y adiós. Treinta minutos después, a gran velocidad, el automóvil chocaba contra el camión. No había aceite en la carretera. El único testigo presencial declaró a la policía que, aunque no podía tener seguridad absoluta debido a los reflejos de los parabrisas, creyó ver que los dos ocupantes del coche forcejeaban el uno con el otro.
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