Normalmente, sin embargo, el policía no acepta dinero sucio. Aceptará dinero de un corredor de apuestas o de un hombre que no quiere comprar tiques de aparcamiento; tolerará, por consideración, que las prostitutas ejerzan su oficio… Estos son vicios naturales en el hombre. Pero lo que no hará, en general, es aceptar dinero procedente de traficantes de drogas, de atracadores violentos, de violadores, asesinos, etc. En la mente del policía esto ataca el núcleo central de su autoridad personal, por lo que no debe permitirse, y mucho menos fomentarse.
La muerte de un capitán de policía era comparable a un regicidio. Pero cuando se supo que habían asesinado a McCluskey mientras se hallaba en compañía de un destacado traficante de drogas y comenzó a sospecharse que estaba involucrado en una conspiración para matar, el deseo de venganza de la policía decreció notablemente. Además, había apartamentos y automóviles que pagar, unos hijos que educar, y muchas otras necesidades. Sin dinero extra, el nivel de vida de los policías disminuiría. Los vendedores que carecían de licencia pagaban poco, y la cosa no podía seguir así. Algunos agentes empezaron a sacar dinero a los sospechosos que caían en sus manos (homosexuales, ladrones y demás). Finalmente, la actividad policíaca decreció. Después de elevar las tarifas, permitieron a las Familias reanudar sus operaciones. La nómina tuvo que ser confeccionada de nuevo, con los mismos nombres, pero con nuevas y más altas cifras. El orden había quedado restablecido.
La idea de emplear detectives privados para hacer guardia en la habitación del Don en el hospital, había sido de Hagen. Por supuesto, dichos detectives contarían con el formidable refuerzo de los hombres del «regime» de Tessio. Pero Sonny aún no estaba satisfecho. A mediados de febrero el Don ya podía moverse sin peligro, y fue llevado en una ambulancia a su casa de Long Beach. Su habitación recordaba la del hospital, pues durante su ausencia la habían equipado con los aparatos e instrumentos necesarios para hacer frente a cualquier emergencia. También se contrató a un grupo de enfermeras para que se turnaran en el cuidado del paciente, con el objeto de que éste estuviera debidamente asistido durante las veinticuatro horas del día. El doctor Kennedy, previo pago de unos altísimos honorarios, había decidido trabajar únicamente para el Don, al menos hasta que se le pudiera confiar al solo cuidado de las enfermeras.
La finca de los Corleone era inexpugnable. Las restantes casas fueron ocupadas por hombres de la organización, mientras que a los inquilinos habituales se los mandó de vacaciones a Italia, a sus pueblos natales, con todos los gastos pagados.
Freddie Corleone marchó a Las Vegas para recuperarse y preparar el terreno con vistas a la adquisición, por parte de la Familia, de un lujosísimo hotel-casino. Las Vegas formaba parte del imperio de la Costa Oeste, todavía neutral, y el Don de dicho imperio había garantizado la seguridad de Freddie. Las Cinco Familias de Nueva York no deseaban ganarse nuevos enemigos, por lo que decidieron dejar en paz a Freddie. Bastantes problemas tenían en su territorio.
El doctor Kennedy había prohibido que se hablara de negocios delante de Don Corleone, pero nadie hizo caso de esta orden. El Don insistió en que el «consejo de guerra» se celebrara en su habitación. Sonny, Tom Hagen, Pete Clemenza y Tessio se reunieron con él en cuanto llegó del hospital.
Don Corleone estaba demasiado débil para hablar, pero deseaba escuchar y ejercer el derecho de veto. Cuando le dijeron que Freddie estaba en Las Vegas para aprender el negocio de los casinos, hizo un gesto de aprobación. Cuando se enteró de que Bruno Tattaglia había muerto, su gesto fue de contrariedad. Pero lo que más le disgustó fue la noticia de que Michael había matado a Sollozzo y al capitán McCluskey y luego había marchado a Sicilia. Inmediatamente, Don Corleone les indicó que salieran de la habitación. Los cuatro hombres continuaron la sesión en la biblioteca.
Sonny Corleone se acomodó en la butaca situada detrás de la mesa.
– Creo que sería mejor dejarlo al margen de todo durante un par de semanas -dijo-, hasta que el médico decida que ya está en condiciones de dedicarse a los negocios. Quiero que todo se vuelva a poner en marcha cuanto antes. La policía ha encendido la luz verde. Lo primero que debemos arreglar es lo de las loterías de Harlem. Los negros ya se han divertido bastante; es hora de que nos devuelvan el negocio. Lo han hecho muy mal, todo lo hacen mal. Algunos ni siquiera pagaron a los apostantes que han ganado. Se pasean en sus Cadillac, pero no pagan a los que se juegan el dinero o, en el mejor de los casos, sólo les pagan la mitad. No me gusta que vistan tan bien. No me gusta verlos conducir coches nuevos. No me gusta que se nieguen a pagar. Y no me gusta que se dediquen al negocio, pues perjudican nuestra reputación. Ocúpate del asunto, Tom. Luego, cuando lo de Harlem esté en marcha, arreglaremos los otros asuntos.
– Algunos de los tipos de Harlem son muy duros -apuntó Tom Hagen-. Se han acostumbrado a ganar dinero a manos llenas. No querrán volver a su anterior situación.
– Confecciona una lista con sus nombres y entrégasela a Clemenza. El se encargará, de hacerles entrar en razón.
– No hay problema -dijo Clemenza dirigiéndose a Hagen.
Pero fue Tessio quien puso sobre el tapete la cuestión más importante, al decir:
– En cuanto empecemos a operar, las Cinco Familias iniciarán las hostilidades. Se echarán sobre nuestros loteros de Harlem y sobre nuestros corredores de apuestas del East Side. Incluso pueden tratar de hacernos la vida difícil en el ramo de la confección. Esta guerra va a costar una enorme cantidad de dinero.
– Tal vez se estén quietos -aventuró Sonny-. Saben que nuestra réplica sería contundente. Tengo razones para creer que tal vez se contenten con una indemnización por la muerte de Bruno.
– Estos últimos meses les han salido muy caros, y nos consideran responsables de ello -repuso Hagen-. Y tienen razón. Pienso que lo que quieren de nosotros es que entremos en el tráfico de drogas, aprovechando las influencias políticas de la Familia. En otras palabras, el trato de Sollozzo, pero sin Sollozzo. Aunque ellos no nos lo dirán hasta que nos hayan devuelto algunos de los golpes que les hemos asestado. Deben pensar que luego, cuando nos hayan ablandado un poco, estaremos dispuestos a escuchar sus propuestas en relación con las drogas.
– Nada de drogas -dijo Sonny ásperamente-. El Don ha dicho que no, y será no mientras él no ordene lo contrario.
– Entonces debemos enfrentarnos con un problema táctico -señaló Hagen-. Nuestro dinero está a la vista. Apuestas y lotería. Pueden herirnos con facilidad. Pero la familia Tattaglia tiene la prostitución y el sindicato de obreros portuarios. ¿Cómo podremos herirles nosotros? Algunas de las demás Familias se dedican un poco al juego, pero la mayor parte de sus ingresos procede, sobre todo, de la construcción y la usura. Además, controlan los sindicatos y obtienen los contratos gubernamentales. Su dinero no está en la calle. El night-club de los Tattaglia es demasiado famoso para que podamos actuar en él; el escándalo sería mayúsculo. Y con el Don fuera de combate, su influencia política iguala a la nuestra. El problema no es de fácil solución.
– Es mi problema, Tom -dijo Sonny-, y debo ser yo quien decida. Encárgate de que sigan las negociaciones. Reemprendamos nuestros negocios y esperemos a ver qué ocurre. Si lo que las Cinco Familias quieren es la guerra, pues la tendrán. Clemenza y Tessio tienen hombres suficientes para hacer frente a todos. Si es preciso, presentaremos batalla.
Con los «independientes» de Harlem no hubo problema. La policía se encargó de que abandonaran el negocio. Los negros nada pudieron hacer, pues por aquel entonces era prácticamente imposible que un hombre de color lograra sobornar a un policía, debido, más que nada, a los prejuicios raciales. Harlem siempre había sido considerado un problema de poca monta, y los hechos demostraron que así era, en efecto.
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