Orhan Pamuk - Me Llamo Rojo
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El Maestro Osman me contaba todo aquello mirando a veces al libro, a veces a mí, pero parecía que no nos viera a nosotros sino aquello que forjaba su imaginación.
– Otra cosa que ha llegado hasta el país de los persas y después hasta aquí gracias a los ejércitos mongoles, aparte de la costumbre de cortar los ollares de los caballos y de la pintura china, son los demonios de este libro. Ya habréis oído que son los embajadores del mal, enviados por oscuros poderes subterráneos, para arrebatarnos nuestras vidas y todo aquello a lo que damos algún valor y llevarnos a los subterráneos de la oscuridad y la muerte. En ese mundo subterráneo todo, nubes, árboles, objetos, perros, libros, tiene un alma y habla.
– Sí -intervino el anciano enano-. A Dios pongo por testigo de que algunas noches en las que me quedo aquí encerrado se inquietan los espíritus de no sólo estos relojes, platos chinos y fuentes de cristal de roca, que de todas maneras tintinean continuamente, sino también los de todos esos mosquetes y espadas, escudos y cascos ensangrentados, y comienzan a hablar de tal manera que en la densa oscuridad la sala del Tesoro se convierte en un campo de batalla del día del Juicio.
– Esta creencia la trajeron desde el Jorasán al país de los persas y luego hasta nuestro Estambul los derviches kalenderis cuya ilustración habéis visto -continuó el Maestro Osman-. Cuando el sultán Selim el Fiero derrotó al sha Ismail y saqueó Tabriz y el Palacio de los Ocho Cielos, Bediüzzaman Mirza, de la estirpe de Tamerlán, traicionó al sha Ismail y se pasó a los otomanos junto con los derviches kalenderis que lo acompañaban. Cuando el sultán Selim el Fiero, que en Gloria esté, regresaba de Tabriz a Estambul en medio del nevado invierno, lo acompañaban, además de las dos hermosas mujeres de piel blanca y ojos almendrados del sha Ismail, a quien había vencido en Çaldiran, los libros guardados en la biblioteca del Palacio de los Ocho Cielos, tanto los de los antiguos señores de Tabriz, los mongoles, los ilhaníes, los yelayiríes y los Ovejas Negras, como los conseguidos como botín por el derrotado sha de los uzbecos, los persas, los turcomanos y los timuríes. He decidido contemplar estos libros hasta que Nuestro Sultán o el Tesorero Imperial me saquen de aquí.
Pero su mirada ya tenía esa falta de objetivo que tienen los ciegos; mantenía en la mano la lente de mango de nácar no para ver, sino por pura costumbre. Guardamos silencio un rato. El Maestro Osman le pidió al enano, que había escuchado toda la historia como si se tratara de un cuento triste, que encontrara y le trajera un libro cuya encuadernación describió en detalle. Cuando el enano se fue le pregunté inocentemente a mi maestro:
– Entonces, ¿quién puede haber hecho la pintura del caballo del libro de mi Tío?
– Ambos caballos tienen los ollares cortados -me respondió-. Pero éste, se haya hecho en Samarcanda o, como dije, en Transoxiana, está pintado a la manera china. En cuanto al hermoso caballo del libro de tu Tío, fue pintado a la manera de los persas, como los maravillosos caballos de los maestros de Herat. ¡Un caballo tan airoso que sería difícil encontrar otro parecido en este mundo! Es un caballo artístico, no un caballo mongol.
– Pero tiene los ollares cortados, como un auténtico caballo mongol -susurré.
– Porque está claro que uno de los antiguos maestros de los que pintaban en Herat hace doscientos años, después de que los mongoles se retiraran y comenzara el gobierno de Tamerlán y sus descendientes, hizo una magnífica ilustración de un caballo con los ollares exquisitamente cortados influido por los caballos mongoles que había visto y recordaba o bien por las imágenes de otro ilustrador que los había pintado también con los ollares cortados. Nadie sabe en qué página de qué libro hecho para qué sha estaba, pero estoy seguro de que ese libro y esa ilustración fueron admirados y estimados en algún palacio, quién sabe, quizá por la favorita del sha en el harén, y de que durante un tiempo se convirtieron en legendarios. Y también estoy seguro de que, por esa razón, todos los ilustradores mediocres, rezongando envidiosos de aquel caballo con los ollares cortados, lo imitaron y lo multiplicaron. Y así, tanto ese caballo portentoso como sus ollares se convirtieron en modelos y fueron aprendidos de memoria por los ilustradores de aquel taller. Años más tarde, esos mismos ilustradores, cuando sus señores fueron vencidos en combate buscaron nuevos shas y príncipes, como las desafortunadas mujeres que van a otro harén, y al cambiar de ciudad y país se llevaron con ellos los caballos de ollares elegantemente cortados que tenían en la memoria. Quizá la mayoría de los ilustradores acabara por olvidar aquellos ollares que yacían en un rincón de sus memorias ya que, bajo la influencia de otros maestros y otras maneras, nunca los llegaron a pintar en sus nuevos talleres. Pero unos pocos no sólo no se limitaron a pintar caballos con los ollares elegantemente cortados en los talleres a los que se habían incorporado, sino que además se lo enseñaron a sus apuestos aprendices diciendo «Así lo hacían los maestros antiguos». Y, de esa manera, siglos después de que los mongoles y sus fuertes caballos de ollares cortados se retiraran de Persia y Arabia y de que una nueva vida se iniciara en las ciudades que habían sido arrasadas, quemadas y saqueadas, ciertos ilustradores continuaron pintando cortados los ollares de los caballos convencidos de que se trataba de un modelo. Asimismo estoy seguro de que otros, sin tener la menor noticia de los conquistadores ejércitos de los mongoles, pintan sus caballos de la manera en que se hace en nuestro taller afirmando también que se trata de un modelo.
– Maestro -dije con un sentimiento de admiración-, parece que, como esperaba, el método de la dama da resultado. Cada ilustrador tiene una firma secreta.
– Cada ilustrador, no; cada taller -respondió orgulloso-. Incluso ni siquiera cada taller. En algunos desafortunados talleres, tal y como ocurre en algunas familias infelices, cada cual se pasa años dando su opinión sin darse cuenta de que la felicidad vendrá de la armonía y que la armonía se convertirá en felicidad. Unos intentan pintar como los chinos, otros como los turcomanos, otros como los de Shiraz y otros como los mongoles y ni siquiera tienen unas maneras comunes, como los matrimonios infelices que se pasan años discutiendo.
Ahora el orgullo se había hecho dueño de su rostro de una forma muy evidente y la mirada de un hombre furioso y desabrido que quiere tener en sus manos todo el poder había reemplazado la expresión de «triste anciano digno de pena» que llevaba viéndole desde hacía tiempo.
– Maestro -le dije-, a lo largo de veinte años usted ha reunido aquí, en Estambul, todo de tipo de ilustradores de todos los caracteres y temperamentos de los cuatro puntos cardinales en una armonía tal que ha creado el estilo otomano.
¿Por qué aquella admiración que hacía un momento había sentido con todo el corazón se había convertido ahora, al decírselo a la cara, en hipocresía? ¿Porque para que podamos ser sinceros cuando elogiamos a alguien cuyo talento y maestría admiramos de verdad, éste debe haber perdido su influencia y su poder y ser un poco patético?
– ¿Dónde se ha perdido ese enano? -dijo.
Dijo aquello como alguien poderoso a quien le gusta que lo adulen y lo elogien pero que recuerda de una manera imprecisa que no debería gustarle: para que pareciera que preferiría cambiar de tema.
– A pesar de ser un gran maestro en las leyendas y las formas persas, ha sido capaz de crear un universo de pintura distinto, digno del poder y el renombre de los otomanos -susurré-. Usted ha sido quien ha traído a la pintura la fuerza de la espada otomana, los colores optimistas de la victoria, el atento interés por objetos e instrumentos y la libertad de una cómoda manera de vivir. Maestro, el mayor honor que he tenido en mi vida es estar aquí con usted contemplando las maravillas de los legendarios maestros antiguos…
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