Orhan Pamuk - Me Llamo Rojo
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¿Cómo lo había hecho el maestro Behzat?, volví a preguntarme anhelante.
Sin apartar mis pupilas del espejo, con la habilidad de una mujer acostumbrada a aplicarse afeites en los ojos, mi mano encontró por sí sola el alfiler. Sin dudar, de la misma forma que se perfora por un extremo el huevo de avestruz que se va a decorar, me lo clavé con decisión, calma y fuerza en mi pupila derecha. Me sentí mal no por lo que había hecho, sino porque lo había visto. Me clavé como un cuarto de dedo el alfiler en el ojo y lo saqué.
En el pareado grabado en el marco del espejo el poeta deseaba infinita belleza e infinita sabiduría a quien se mirara en él y una vida infinita para el propio espejo.
Sonriendo, hice lo mismo con mi otro ojo.
Durante un rato estuve sin moverme. Contemplé el universo. Todo.
Los colores del universo no se oscurecieron, como creía, sino que parecieron mezclarse suavemente. Pero todavía podía verlo más o menos todo.
Poco después la pálida luz del sol penetró entre el rojo oscuro, el rojo sangre, de las telas de la sala del Tesoro. El Tesorero Imperial y sus hombres volvieron a romper con la misma ceremonia el sello y abrieron el candado y la puerta. Cezmi agá cambió los orinales, las lámparas y el brasero, cogió pan recién horneado y moras secas y les comunicó que seguiríamos buscando caballos de extraños ollares entre los libros de Nuestro Sultán. ¿Qué puede haber más hermoso que intentar recordar el mundo visto por Dios mirando las más bellas pinturas del mundo?
52. Me llamo Negro
Cuando aquella mañana el Tesorero Imperial y los agás abrieron ceremoniosamente las puertas, mi vista estaba tan acostumbrada al color de seda roja de la sala del Tesoro que la luz de la mañana invernal que entraba desde el Patio Privado me pareció algo aterrador, hecha para engañar al que la mirara. Me quedé inmóvil donde estaba, igual que el Maestro Osman: me daba la impresión de que si me movía, el aire mohoso, polvoriento y casi palpable de la sala del Tesoro se escaparía a través de la puerta junto con las pistas que buscábamos.
El Maestro Osman miraba con un extraño asombro la luz que entraba por entre las cabezas de los agás del Tesoro, alineados a ambos lados de la puerta abierta, como si viera algo maravilloso por primera vez.
Aquella noche le había observado atentamente de lejos mientras miraba las pinturas y pasaba las páginas del Libro de los reyes del sha Tahmasp y había visto que de vez en cuando aparecía en su rostro la misma expresión de asombro. Su sombra temblaba ligeramente reflejándose en el muro, acercaba con cuidado la cabeza a la lente que tenía en la mano, en su boca aparecía una delicada expresión, como si se dispusiera a revelar un agradable secreto, y luego, mientras observaba admirado la pintura, sus labios se movían por sí solos.
Después de que cerraran la puerta comencé a caminar impaciente arriba y abajo por las salas con una inquietud cada vez mayor. Pensé nervioso que no podríamos conseguir suficiente información de los libros del Tesoro y que no tendríamos bastante tiempo. Como notaba que el Maestro Osman no se estaba entregando lo necesario, le expresé mis temores.
Me cogió la mano de una manera agradable, como un auténtico maestro que está acostumbrado a acariciar a sus aprendices.
– Los que son como nosotros no tienen otra salida sino intentar ver el mundo como lo ve Dios y ampararse en Su justicia -dijo-. Siento en lo más profundo de mi corazón que aquí, entre estas pinturas y estos objetos, ambas cosas se están acercando. Según nosotros nos vamos aproximando a la manera en que Dios ve el mundo, Su justicia se nos acerca. Mira, el alfiler con el que se cegó el Maestro Behzat…
Observé atentamente el agudísimo extremo de aquel desagradable objeto bajo la lente, que me había acercado para que lo viera mejor mientras me contaba la cruel historia del alfiler, y vi allí una humedad rosada.
– Los maestros antiguos -continuó el Maestro Osman- convertían en un importante asunto de conciencia el no cambiar las habilidades, los colores y los estilos a los que habían consagrado su vida. Consideraban un deshonor ver el mundo un día como lo dice el sha de Oriente y el otro como lo dice el soberano de Occidente, que es lo que hacen los ilustradores de hoy día.
Sus ojos ni miraban a los míos ni la página que había ante él. Parecían mirar hacia atrás, hacia una blancura tan lejana que resultaba inalcanzable. En la página del Libro de los reyes que tenía abierta ante él, los ejércitos de Irán y Turan se lanzaban con todas sus fuerzas el uno contra el otro y, mientras los caballos chocaban hombro con hombro, heroicos guerreros coléricos se mataban entre ellos con las espadas desenvainadas con la alegría y los colores de una fiesta mientras las lanzas perforaban armaduras, se arrancaban cabezas y brazos y caían al suelo cuerpos ensangrentados partidos en dos.
– Los grandes maestros antiguos, para proteger su honor cuando eran forzados a adoptar las maneras de los vencedores y a imitar a sus ilustradores, se cegaban heroicamente con un alfiler y, antes de que descendiera como un premio sobre sus ojos la oscuridad pura de Dios, miraban, a veces durante horas, a veces durante días, una página extraordinaria que colocaban ante ellos. El universo y el significado de aquella ilustración, manchada en ocasiones por las gotas de sangre que les caían de los ojos puesto que la observaban horas y horas como si no pudieran apartar la mirada, iban ocupando en medio de una dulce suavidad el lugar de los sufrimientos que habían vivido, mientras los ojos de los heroicos maestros se iban nublando porque se encaminaban directamente hacia la ceguera. ¡Qué felicidad! ¿Sabes qué ilustración me gustaría mirar hasta alcanzar la oscuridad de la ceguera?
Como haría cualquiera que intentara recordar una memoria de la infancia, clavó los ojos, cuyas pupilas parecían menguar mientras el blanco iba agrandándose, en un lugar a lo lejos, que parecía estar fuera de la sala del Tesoro.
– ¡La escena en la que Hüsrev va con su caballo hasta los pies del palacio de Sirin y espera consumido de amor, pintada a la manera de los antiguos maestros de Herat!
Quizá se disponía a describirme aquella escena con un tono de melancólica poesía como un elogio al hecho de que los antiguos maestros estuvieran ciegos, pero lo interrumpí con un extraño impulso.
– Gran maestro, señor, lo que yo quiero ver para siempre es el delicado rostro de mi amor. Hace tres días que me he casado con ella. Me he pasado doce años añorándola. La escena en que Sirin se enamora de Hüsrev mirando su imagen siempre me la ha recordado.
En el rostro del Maestro Osman apareció una intensa expresión que no pudo ocultar, quizá de curiosidad, pero no estaba vuelto hacia la historia que le estaba contando ni hacia la sanguinaria escena de guerra que tenía delante. Parecía estar esperando una buena noticia que se le acercara lentamente. Cuando estuve lo bastante seguro de que no me veía, cogí el alfiler de turbante y me alejé de allí.
En la tercera de las salas del Tesoro, en la contigua a los baños, había un rincón en un lugar oscuro formado por cientos de extraños y enormes relojes regalados por muchos reyes y soberanos francos que, como se habían estropeado al poco tiempo, habían sido apartados a un lado. Fui hasta allí y contemplé con más cuidado el alfiler con el que, según decía el Maestro Osman, se había cegado Behzat.
La punta dorada del alfiler, cubierta por un líquido rosado, brillaba de vez en cuando a la rojiza luz del sol reflejada en las carcasas de oro, en las esferas de cristal de roca y en los diamantes de los rotos y polvorientos relojes. ¿Realmente se había cegado el legendario Maestro Behzat con aquel instrumento? ¿Se había hecho a sí mismo el Maestro Osman aquello tan terrible que se había hecho Behzat? Un marroquí brutal, del tamaño de un dedo y pintado con múltiples colores, que pertenecía al mecanismo de uno de los enormes relojes, pareció decirme «¡Sí!» con la mirada. Seguro que cuando el reloj funcionaba aquel tipo de turbante otomano asentiría tantas veces con la cabeza como la hora que fuera, una broma del rey Habsburgo que lo había regalado y de su hábil relojero, para diversión de Nuestro Sultán y de las mujeres del harén.
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