Federico Andahazi - Errante en la sombra

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Errante en la sombra es una novela musical, un relato que se despliega como un espectáculo frente al cual el lector es a la vez espectador de una trama que transcurre en esa Buenos Aires que una vez fue realidad y ahora es leyenda. Con la naturalidad y el artificio propios de los protagonistas de los mejores musicales, los personajes de esta novela se expresan cantando y bailando, en medio de una historia que por momentos parece una parodia de sí misma. El autor de El Anatomista plasma aquí una nueva forma narrativa. Con indudable maestría, ofrece a un tiempo el placer de la lectura y el de asistir en directo y en primera fila a un inédito melodrama musical tanguero.

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Molina, en la cárcel, podía escuchar la voz de Ivonne que, con los ecos de una alucinación, le decía:

– No te conviene andar cerca mío -le había dicho ella desde el primer momento, Molina lo había entendido como un hiriente rechazo. Pero en realidad era el consejo de una buena amiga.

– No quiero lastimarte -le decía.

Pero Molina no quiso escucharla. Pegado a su falda de gasa, yendo detrás de su taconeo sin rumbo, la seguía como un sabueso famélico y lastimado. Y cada paso era una herida sobre la llaga doliente. Juan Molina se preguntaba cuánto dolor era capaz de soportar un hombre. Cuánto tiempo podría querer sin resignarse al despecho. Se lo preguntaba por él y por Ivonne.

– Nunca voy a poder querer a otro -le decía, hundiéndole un puñal hasta lo más hondo de su corazón.

"Yo tampoco", callaba Molina y la seguía en silencio, pese a todo.

– Un día me van a matar -musitaba Ivonne con una sonrisa amarga. Molina nunca le había hecho caso; no porque le faltaran motivos para creerlo, sino porque no podía concebir la existencia sin ella.

– Sos el único amigo que tengo, el único que me entiende -le decía como una promesa incierta, ofreciéndole una ilusión a la vez que se la arrebataba.

– Conseguime un poco más, el último -le suplicaba envuelta en un tul de sudor helado, muerta de miedo, temblorosa y acurrucada contra la cabecera de la cama.

– Pedime lo que quieras -le susurraba al oído, mostrándole los pezones endurecidos por el gélido fragor de la cocaína y el champán. La voz de Ivonne resonaba en los oídos de Molina con la extraña insistencia de una alucinación.

La saña brutal, la carnicería que habían hecho con su cuerpo abierto a cuchilladas parecía ser un cruel interrogatorio. Cada puñalada era como una pregunta que buscaba su respuesta en las entrañas de Ivonne. Juan Molina no hubiese podido precisar en qué momento tomó el cuchillo de la cocina. Tampoco podía recordar cuándo descargó una cuchillada tras otra buscando qué se escondía dentro del cuerpo de aquella muñeca polaca.

No hubiera podido saberlo porque, sencillamente, no era él. De qué lugar de su propio cuerpo había salido aquel otro que tanto se parecía al grotesco personaje que representaba sobre el ring era una pregunta que Molina jamás pudo responderse. No lo recordaba pero lo deducía. Tampoco hubiese podido precisar cuándo salió del bulín ni por qué calles anduvo deambulando fuera de sí. Lo único que recordaba claramente era que luego volvió a entrar en el departamento y que no pudo creer que fuera cierto que Ivonne estuviese muerta. Quién era la bestia que habitaba dentro de él, lo desconocía. Cuándo habría de volver a pugnar por liberarse, tampoco lo sabía. Por eso, se dijo Molina, era bueno estar en la cárcel. No porque se considerara culpable, sino para evitar que ese, cuyo nombre ignoraba, volviera a lastimar a quienes él más quería.

Iluminado por la verdad, Juan Molina se pone de pie. Aplasta el cigarrillo con la suela de su zapato y camina hasta el patio de la cárcel. Con las manos en los bolsillos y la cara oculta bajo el ala del sombrero, va silbando la introducción de un tango. Bajo el cielo de Devoto, eleva la vista hacia el atalaya y con la voz quebrada, canta:

Si pudiera olvidar lo que soy
y volver a nacer.
Si pudiera escapar del dolor
y tener el candor
de aquel pibe que fui,
dar í a lo que tengo
y tambi é n lo que no.

Y mientras canta caminando por el patio desierto, se empieza a desanudar la corbata.

Si pudiera entender la raz ó n
que me ha llevado a matar
a quien no dej é de amar
volar í a detr á s de aquel gorri ó n
para volver.
Pero estoy tan lejos y tan triste,
tan cansado de perder la ilusi ó n
del amor,
tan cansado de vivir
y existir porque s í .

Juan Molina se quita la corbata como quien se despoja de un pesar. Camina hasta el pie del único paraíso que hay en el patio de la cárcel y, como un chico, empieza a treparlo.

Si pudiera volver a escuchar
el viril bandone ó n
de mi barrio natal.
Si pudiera quitarme el pu ñ al
que me hiere el coraz ó n,
que me hace mal.

Se sienta en una rama sólida, añosa y, sin dejar de cantar, hace un nudo corredizo en un extremo de la corbata. Ata la otra punta a la rama y en el patio vacío, continúa con su solitaria función:

Si pudiera dejarme caer
como un mal fruto oto ñ ado
y tener la ilusi ó n
de haber so ñ ado
que mi vida fue una ef í mera canci ó n
con un final feliz.

No bien concluyó la canción, Juan Molina, son riendo con la mitad de la boca, se dejó caer. Mecido por la brisa de la tarde, el cantor parecía seguir, con su leve vaivén, el sordo dos por cuatro que murmuraba el crujido de la rama del paraíso.

Final

Señoras y señores, antes de que este viejo telón raído por el tiempo y el olvido se cierre a mis espaldas, permítanme decirles que, si bien la muerte de Molina distó apenas unos pocos meses de la de Gardel, nadie habría de imaginar que el joven discípulo no habría de sobrevivir a su maestro. Damas y caballeros, antes de que la orquesta toque el sol-do que marcará el final del melodrama, déjenme contarles que el trágico y sonado final del Zorzal del Abasto en suelo de Medellín sepultó para siempre el recuerdo de aquel chico que nació en La Boca y apenas llegó a orillar los veinticinco años. Antes de que la luz de este seguidor se extinga esta noche y para siempre, concédanme un último pedido: si acaso un día, bordeando los muros de la cárcel de Devoto, creyeran percibir un lamento melodioso, deténganse a escuchar; quién sabe si aquellos ladrillos no guarden todavía el eco de la voz de aquel que, al decir de muchos, fuera el más grande cantor de tangos de todos los tiempos.

Y, por si acaso, murmuro entre nosotros, después de Gardel.

Fin

CONTRATAPA Qu é fue de aquel viejo sue ñ o de ver en la marquesina - фото 2

CONTRATAPA

Qu é fue de aquel viejo sue ñ o
de ver en la marquesina
fulgurando en el ne ó n
el nombre de Juan Molina.

Juan Molina amó tanto el tango que puede decirse que fue creado por él. Por devoción a su música, por lealtad al destino fatal que ésta le imponía y por fidelidad a Carlos Gardel, eligió vivir a su sombra y callar la pasión que lo consumía. Hombre creado por un mito, Molina sólo pudo alcanzar la fama a través de su propia perdición.

Una historia semejante, más que contada, merece ser cantada. Por eso, Errante en la sombra es una novela musical, un relato que se despliega como un espectáculo frente al cual el lector es a la vez espectador de una trama que transcurre en esa Buenos Aires que una vez fue realidad y ahora es leyenda. Con la naturalidad y el artificio propios de los protagonistas de los mejores musicales, los personajes de esta novela se expresan cantando y bailando, en medio de una historia que por momentos parece una parodia de sí misma.

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