Christine Feehan - La Guarida Del León

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La aristócrata empobrecida Isabella Vernaducci provocaría a la mismísima muerte para rescatar a su hermano encarcelado. Aunque el miedo oprimiera su corazón, desafiaría la embrujada y maldita guarida del león: el amenazante palazzo del legendario y letal Nicolai DeMarco.
LA BESTIA
Los rumores decían que el poderoso Nicolai podía dominar los cielos, que la bestia de abajo cumplía su orden… y que fue condenado a destruir a la mujer que tomó como esposa. Se murmuraba que no era totalmente humano… tan indomable como su melena morena y sus afilados ojos ambarinos.
EL TRATO
Pero Isabella encontró a un hombre cuyo gruñido era aterciopelado, que ronroneaba cálidamente y cuyos ojos guardaban un oscuro y arrollador deseo. Y cuando Nicolai le ordenó que a cambio de su ayuda fuera su novia, ella entró de buena gana en sus musculosos brazos, rezando para que pudiera salvar el alma torturada de él… sin sacrificar su propia vida…

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No tenía ni idea de cuanto tiempo había pasado realmente en el almacén, parecía como si la mayor parte de la noche hubiera pasado. La vela de la linterna había ardido hasta quedar del tamaño de su pulgar, la llama vacilaba. La antorcha se había reducido a un ascua encendida. Los gatos se aventuraban ocasionalmente a acercarse a ella, pero la mayor parte de ellos se mantenían a una respetuosa distancia del círculo de luz. Estaba demasiado fría, demasiado asustada para moverse cuando la puerta finalmente empezó a abrirse rechinando.

– ¿ Signorina Vernaducci ? -La alta forma del Capitán Bartolmei llenaba el umbral, sus ojos se entrecerraron cuando divisó a Isabella.

Isabella alzó la cabeza, temiendo estar oyendo cosas. Sus músculos estaban dormidos, y no podía encontrar suficientes fuerzas para ponerse en pie.

El Capitán Bartolmei pronunció una imprecación sobresaltada cuando su luz se deslizó sobre ella. Al instante entró, agachándose a su lado.

– Todo el mundo está buscándola. Don DeMarco envió una partida a la granja para encontrar a la mujer a la que Brigita dijo que estaba ayudando. Él está buscándola en el bosque cercano mientras los demás recorren la ciudad.

Isabella simplemente le miró, temiendo que fuera a pedirle que se pusiera en pie. Era físicamente imposible.

– Está congelada, signorina -El Capitán Bartolmei se quitó el abrigo y se lo puso alrededor de los hombros, arrastrándola cerca de él para compartir su calor corporal.

– Parece que colecciono sus abrigos, signore -Isabella hizo un débil intento de humor, pero sus temblores no se detuvieron.

Bartolmei tuvo que levantarla, otro momento impropio y humillante en su joven vida. No pudo arreglárselas más que para rodearle el cuello con los brazos para sujetarse.

– ¡Encontrada! -gritó el Capitán Bartolmei.

– Encended el fuego de aviso en las almenas. La Signorina Vernaducci ha sido encontrada.

Isabella podía oir el grito, llevado de hombre a hombre, hablando a los buscadores de su rescate, alertando a los sirvientes de que prepararan su llegada. La palabra se extendió rápido, un fuego salvaje de rumores. Rolando Bartolmei se apresuró a cruzar el terreno accidentado y cubierto de nieve. La linterna se balanceaba alocadamente mientras la llevaba en brazos.

Se acercaron a la entrada del enorme palazzo . Nubes blancas de vapor salían de sus monturas. El niebla se arremolinaba alrededor de sus pies. Sin advertencia un enorme león saltó a lo alto de la escalera, la peluda melena salvaje, los ojos de un rojo feroz en la noche, la boca gruñendo. Rolando se quedó congelado en el lugar, después bajó lentamente a Isabella a sus pies y la empujó tras él, una pequeña protección si la bestia atacaba.

– Creía que todos los leones debían mantenerse fuera de vista por si acaso los hombres de Rivellio estuvieran espiando -murmuró isabella cerca del oido de Rolando. Se estaba aferrando a él, sus piernas demasiado inestables para mantenerla por sí mismas.

– Evidentemente es la manera más rápida de viajar -respondió el Capitán Bartolmei, reconociendo claramente al animal.

Isabella espió alrededor de su hombro, pero el león dio un segundo salto enorme, desapareciendo en las arremolinantes neblinas.

– Ahora es seguro -dijo ella, sus dientes castañeteaban tanto que apenas pudo conseguir pronunciar las palabras.

Rolando tiró para llevarla de vuelta a sus brazos y casi se topó directamente con Don DeMarco. Se erguía sobre ellos, alto y poderoso, su expresión sombría. Nicolai extendió la mano y extrajo a Isabella, sin emplear la fuerza,de los brazos del capitán asegurándola contra la protección de su pecho. El abrigo del Capitán Bartolmei cayó inadvertido al suelo.

Isabella captó un breve vistazo de Theresa y Violante de pie juntas, aferrándose las manos mientras observaban a Nicolai llevarla en brazos al interior de la casa. Theresa cogió el brazo de su marido. Violante se agachó para recuperar el abrigo de la nieve, ofreciéndoselo a Sergio para que lo devolviera a Rolando.

Isabella se acurrucó contra Nicolai en un futil intento de conseguir calor. Enterró la cara contra su cuello. Él la llevó velozmente a través del castello , directamente a su dormitorio. Sarina estaba ya allí, retorciéndose las manos, con desasosiego claro en su cara.

– Está congelada, Sarina. Debemos calentarla inmediatamente. -La voz de Nicolai era apretada por el control, pero un pequeño temblor atravesaba su cuerpo, la única indicación de las volcánicas emociones que rondaban profundamente en su estómago.

– ¡Está herida! -jadeó Sarina.

– Tenemos que calentarla antes de atender ninguna otra cosa -insistió Nicolai-. Los baños subterráneos serán demasiado calientes.

– He pedido una tina pequeña. Están calentando el agua.

Sarina y Nicolai hablaban como si ella no estuviera presente, pero al parecer no podía reunir la energía para ofenderse. Estaba demasiado cansada, deseando solo dormir.

Nicolai bajó la mirada a su cara manchada de lágrimas. La idea de lo que podría haberle pasado si no la hubieran encontrado cuando lo hicieron le desgarraba el alma, convirtiendo su sangre en hielo. Las preguntas clamaban en su mente, pero se mantuvo callado. Nunca había visto a Isabella tan vulnerable, tan frágil. Sus brazos se apretaron alrededor de ella, y la sostuvo contra él.

Hubo un golpe en la puerta, y Francesca entró rapidamente.

– Sarina, he llamado a la sanadora -Su volvió hacia su hermano-. Yo me ocuparé de Isabella mientras tú encuentras al responsable de esto, Nicolai. Enviaré a buscarte en cuanto esté en la cama.

Nicolai dudó. Su mirada fija enganchada a la de su hermana.

Los ojos de ella permanecieron firmemente sobre los de él.

– La vigilaré yo misma, mio fratello . No abandonaré su lado hasta que estés una vez más con ella. Te doy mi palabra de honor, la palabra de una DeMarco. Déjanosla a nosotras, Nicolai.

No quería dejar a Isabella, ni siquiera por unos minutos. Pero tenía intención de saber que había pasado. Sus hombres traerían a la viuda y los dos criados de la cocina ante él. Nicolai inclinó la cabeza para rozar un beso a lo largo de la sien de Isabella.

– Estoy poniendo mi corazón en tus manos, Francesca -dijo suavemente, su voz retumbando con una amenaza.

– Soy bien consciente de ello -respondió ella.

Nicolai colocó a Isabella reluctantemente sobre la cama. La sanadora había entrado en la habitación. Nicolai se quedó allí de pie, mirando a las tres mujeres.

– Ocupaos de que se recobre rápidamente -Algo poco familiar atascaba su garganta, y se giró alejándose de ellas, sus dedos cerrándose en puños. Esto terminaría. Tenía que terminar. Ya era suficientemente malo que Isabella afrontara una amenaza muy real por parte de él, pero tener estos accidentes ocurriendo tan regularmente sonaba a conspiración.

Francesca cerró la puerta tras su hermano y se volvió hacia la sanadora.

– Dinos que hacer.

Los tres mujeres desnudaron a Isabella y la pusieron en la bañera. Incluso el agua templada fue dolorosa para ella, y gritó e intentó retorcerse alejándose de ellas mientras gentilmente le frotaban las extremidades para devolverle la vida. La sanadora atendió el malvado arañazo, incluso mientras Sarina pedía agua humeante para calentar más el agua. Las lágrimas corrieron por la cara de Isabella cuando su cuerpo empezó a calentarse. Los temblores persistían, los retazos de horror en las profundidades de sus ojos. Francesca la meció gentilmente, mientras la sanadora vertía té fuerte y dulce por su garganta.

Cuando Isabella se vistió finalmente con su camisón más caliente y se acomodó bajo las mantas, Francesca se sentó junto a ella, acariciándole el pelo hacia atrás.

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