Simon Scarrow - Roma Vincit!

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En el verano del año 43 d. C., la invasión romana de Britania se encuentra con un obstáculo inesperado: la desconcertante y salvaje manera que tienen los rudos britanos de enfrentarse a las disciplinadas tropas imperiales. La situación es desesperada, y quizá la inminente llegada del emperador Claudio para ponerse al frente de las tropas en la batalla decisiva sea el revulsivo que unos legionarios aterrados y desmoralizados necesitan.

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Tal vez llegara un día en el que a aquella isla salvaje, con sus inquietas y belicosas tribus guerreras, se le ofrecerían todas las ventajas del orden y la prosperidad que el dominio romano confería. Semejante extensión de la civilización era una causa por la que valía la pena luchar, y era en pos de aquella visión de futuro por lo que Vespasiano servía a Roma y toleraba, al menos de momento, a aquellos que Roma situaba por encima de él. Pero antes de eso debía ganarse esta campaña. Había que cruzar dos ríos importantes a pesar de la feroz resistencia por parte de los nativos. Al otro lado de aquellos ríos se encontraba la capital de los catuvelanios, la más poderosa de las tribus britanas contrarias a Roma. Gracias a su imparable expansión en los últimos años, los catuvelanios habían absorbido a los trinovantes y a su próspera ciudad comercial de Camuloduno. En aquellos momentos, muchas de las otras tribus sentían por Carataco el mismo terror que les infundían los romanos. Por lo tanto, Camuloduno debía caer en su poder antes del otoño para demostrar a aquellas tribus que todavía vacilaban que la resistencia a Roma era inútil. Aun así habría más campañas, más años de conquista, antes de que todos los rincones de aquella gran isla fueran incorporados al Imperio. Si las legiones no conseguían ocupar Camuloduno, entonces Carataco bien podría ganarse la lealtad de las tribus no comprometidas y reclutar a hombres suficientes para aplastar al ejército romano.

Con un suspiro de cansancio, Vespasiano se agachó bajo el faldón de la entrada de la tienda-hospital y saludó con un Movimiento de cabeza al cirujano jefe de la legión.

CAPÍTULO II

– Bestia ha muerto.

Cato levantó la vista de sus papeles cuando el centurión Macro entró en la tienda. El aguacero de verano que caía ruidosamente sobre la lona había ahogado el anuncio de Macro.

– ¿Señor? -He dicho que Bestia ha muerto -gritó Macro-. Murió esta tarde.

Cato asintió con la cabeza. La noticia ya se esperaba. Al antiguo centurión jefe le habían partido la cara hasta el hueso. Los cirujanos de la legión habían hecho lo que habían podido para hacer que sus últimos días fueran lo más agradables posible, pero la pérdida de sangre, la mandíbula destrozada y la subsiguiente infección habían hecho su muerte inevitable. El primer impulso de Cato fue alegrarse de la noticia. Bestia le había amargado la vida durante los meses de instrucción. En realidad, el centurión jefe pareció disfrutar muchísimo metiéndose con él y, como respuesta, Cato llegó a albergar hacia él un odio que le consumía.

Macro desabrochó el broche de su capa mojada y la echó encima del respaldo de un taburete de campaña que arrimó al brasero. El vapor que desprendían las diversas prendas puestas a secar en otros taburetes se elevaba en volutas de color naranja y se sumaba a la bochornosa atmósfera de la tienda. Si la lluvia que caía allí fuera era el mejor tiempo que el verano britano podía ofrecer, Macro se preguntó si valía la pena luchar por la isla. Los exiliados britanos que acompañaban a las legiones afirmaban que la isla poseía inmensos recursos de metales preciosos y ricas tierras agrícolas. Macro se encogió de hombros. Pudiera ser que los exiliados dijeran la verdad, pero tenían sus propias razones para desear que Roma triunfara sobre su propia gente. La mayoría había perdido tierras y títulos a manos de los catuvelanios y esperaba recuperar ambas cosas como recompensa por ayudar a Roma.

– Me pregunto quién obtendrá el puesto de Bestia -dijo Macro-. Será interesante ver a quién elige Vespasiano.

– ¿Hay alguna posibilidad de que sea usted, señor? -¡Me parece que no, muchacho! -gruñó Macro. Su joven optio hacía poco tiempo que era miembro de la segunda legión y no conocía bien los procedimientos de ascenso del ejército. Estoy fuera de combate en lo que a ese trabajo se refiere. Vespasiano tiene que elegir entre los centuriones de la primera cohorte que aún están vivos. Son los mejores oficiales de la legión. Debes tener varios años de excelente servicio a tus espaldas antes de que te tomen en consideración para un ascenso a la primera cohorte. Yo todavía voy a estar un tiempo al mando de la sexta centuria de la cuarta cohorte, Creo.

apuesto a que esta noche hay algunos hombres muy ansiosos en el comedor de la primera cohorte. Uno no tiene la oportunidad de convertirse en centurión jefe cada día.

– ¿No estarán apenados, señor? Quiero decir, Bestia era uno de los suyos. -Supongo que sí. -Macro se encogió de hombros-. Pero si vives de la guerra, A cualquiera de nosotros podía haberle tocado cruzar la laguna Estigia. Pero resultó ser el turno de Bestia. De todos modos, él ya había vivido lo que le tocaba en este mundo. Dentro de dos años no hubiera hecho otra cosa que volverse loco poco a poco en alguna aburrida colonia de veteranos. Mejor él que alguien que tenga algo que esperar como la mayoría de los demás pobres diablos que la han palmado hasta el momento. Y ahora, da la casualidad de que hay unas cuantas vacantes para cubrir entre los centuriones. -Macro sonrió ante la perspectiva. Llevaba siendo centurión tan sólo unas pocas semanas más que Cato legionario y era el centurión de menor rango de la legión. Pero los britanos habían matado a dos de los centuriones de la cuarta cohorte, lo cual significaba que, en aquellos momentos, oficialmente él era el cuarto en antigüedad, y disfrutaba del privilegio de tener a dos centuriones recién nombrados a los que tratar con prepotencia. Levantó la mirada y sonrió a su optio-. Si esta campaña dura unos cuantos años más, ¡hasta tú podrías ser centurión!

Cato esbozó una sonrisa ante lo que no sabía si era un cumplido o una grosería. Lo más probable era que la isla se conquistara mucho antes de que nadie le reconociera la suficiente experiencia y madurez para ser ascendido al rango de centurión. A la tierna edad de diecisiete años, todavía quedaban muchos para que tuviera esa posibilidad. Suspiró y tendió la tablilla de cera en la que había estado trabajando.

– El informe de los efectivos, señor. Macro no hizo caso de la tablilla. Como apenas sabía leer ni escribir, opinaba que, a ser posible, era mejor no intentar ninguna de las dos cosas; dependía en gran medida de su optio para asegurarse de que los archivos de la sexta centuria se mantenían en orden. _¿Y bien?

– Tenemos seis en el hospital de campaña, dos de los cuales no es probable que sobrevivan. El cirujano jefe me dijo que de los otros, a tres se les tendrá que dar de baja del ejército. Esta tarde los van a llevar a la costa. Tendrían que estar de nuevo en Roma a finales de año.

– ¿Y luego qué? -Macro sacudió la cabeza con tristeza-.

Una bonificación de retiro a prorrata y pasarse el resto de sus vidas mendigando por las calles. ¡Vaya una vida que esperar con ilusión!

Cato asintió con un movimiento de cabeza. De niño había visto a los veteranos inválidos de guerra buscando desesperadamente cualquier miseria en las roñosas hornacinas del foro. Habiendo perdido un miembro o sufrido una herida que los incapacitaba, aquel estilo de vida era lo único a lo que podía aspirar la mayoría de ellos. La muerte bien podría haber sido un desenlace mucho más misericordioso para hombres como aquellos. Una repentina visión de él mismo mutilado, condenado a la pobreza y objeto de lástima y burlas, hizo estremecerse a Cato. No tenía familia a la que recurrir. La única persona fuera del ejército que se preocupaba por él era Lavinia. Ahora se encontraba lejos, de camino a Roma con los otros esclavos al servicio de Flavia, la esposa del comandante de la legión. Cato no podía esperar que, en caso de que -sucediera lo peor, Lavinia fuera capaz de amar a un lisiado. Sabía que no podría soportar que le tuviera lástima o que se quedara con él a causa de algún equivocado sentido del deber.

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