Susan Sontag - El Benefactor

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Intelectual de primer orden, a la vez que artista y pensadora de enorme vitalidad, Sontag irrumpió en la vida literaria norteamericana en 1963 con esta primera novela. La autora ofrece un fascinante retrato de un joven apático de clase alta que empieza a confundir sus sueños violentos y llenos de imaginación con sus experiencias en el mundo real. En la extraña travesía de Hippolyte hacia su liberación personal se insinúan algunas de las ideas que Sontag desarrolló a lo largo de su carrera y que, entre otras cosas, hablan de la posibilidad de que vida y arte puedan ser exactamente lo mismo.

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En aquel tiempo, debido a la insuficiencia de alimentos, la continua exposición a las tormentas del desierto, la falta de baño, las frecuentes palizas, había empezado a pesarle la edad. Me dijo que sintió haber perdido su atractivo sexual, lo que yo tomé como una forma muy digna de decirme que había perdido algo de su ardor sexual. Ella y el acarreador de agua llegaron, sin embargo, a un entendimiento. El era un hombre amable y educado, preocupado sólo por mejorar su posición en la vida, y Frau Anders estuvo de acuerdo en ayudarlo.

– No puedes imaginar lo emprendedora que me volví, Hippolyte -dijo en aquel momento-. No imaginas cuánto fortifica el carácter tener que ocuparse sólo de los problemas de la supervivencia.

– Lo comprendo -asentí.

– No, tú no lo entiendes, no puedes entenderlo. ¿De qué se preocupa uno en esta ciudad, en cualquier ciudad? ¿De la supervivencia psicológica? Esto no es nada. Yo hablo de supervivencia real. Bajo el acecho de los ladrones, del hambre, de los chacales, del cólera.

– Tú pareces estar muy bien -aventuré.

– Lo estoy, lo estoy -dijo.

Prosiguió con su historia. Fue entonces cuando escribió a su esposo e hija y recibió cierta cantidad de dinero y la renuncia a sus responsabilidades hacia ellos. Con la ayuda del transportista de agua, llevó a cabo un estudio del pueblo donde residía. Era una comunidad de aproximadamente cuatro mil almas, integrada por pastores, comerciantes y ladrones. No había agricultura, pues era zona desértica. Provista de su dinero, ofreció prosperidad material a los lugareños, si la coronaban reina. En principio se mostraron escépticos, explicándole que era opuesto a sus tradiciones ser gobernados por una mujer. Las mujeres están hechas para el placer del hombre. El hombre está hecho para gobernar y hacer la guerra. Mientras esperaba la decisión de los habitantes del pueblo confiriéndole la autoridad, se instaló en una pequeña cabaña, como comadrona e interpretadora de sueños.

– Yo también soy interpretador de sueños -añadí.

Ignoró mi comentario y continuó sin pausa.

– Pues sí. Expliqué al jefe del pueblo que su sueño de siete camellos significaba siete años de sequía. Salvo que él me reconociera. Es gente extraordinariamente crédula y bastante tratable, pese a su aspecto salvaje.

Finalmente, ganó la partida y fue coronada reina con el ceremonial correspondiente. Su cumpleaños fue consagrado en el pueblo fiesta nacional. Un año después, el transportista de agua perdió su situación de consorte, y fue sustituido por una serie de jóvenes morenos, pero él, como el resto de sus ex-amantes, fue recompensado con cargos en la administración del pueblo. Negoció con el gobierno un proyecto de irrigación, que llevó la agricultura al pueblo. La gente prosperó, admirándola como dueña de un poder milagroso. El único precio que ella pedía, a cambio, era reverencia y acatamiento. Basándose en esta obediencia, organizó una comunidad modelo: guarderías diurnas que permitieran a las madres trabajar en el campo, una casa de prostitución, un juzgado, un teatro y un pequeño ejército que ella misma adiestraba. Bajo su dirección, el pueblo sobrevivió a los años de guerra robando en las instalaciones militares.

– Catalina la Grande -murmuré.

– Sí, aprendí a respetar las comodidades occidentales. No hay nada bello en la miseria, ni la suciedad, ni la pobreza. He perdido mis ideales, Hippolyte -dijo- y mis buenas intenciones. La vida es sólo una cuestión de supervivencia. Ya no soy romántica.

– ¿Por qué abandonaste el lugar?

– No se puede ser reina toda la vida. Para conservar la autoridad, se debe abdicar o ser martirizado. Elegí lo primero. Por eso estoy aquí. Decidí pasar el resto de mis días en la capital. He venido directamente a ti.

– ¿Por qué?

– No te asustes, Hippolyte. No voy a raptarte. Los días de mi sexo han pasado, igual que han pasado mis días de administración. Ahora me dedicaré a cultivar mi espíritu. Pero permíteme decirte que estoy acostumbrada a ser obedecida.

– ¿Por quién?

– ¿Cómo, por quién? Por todo el mundo -dijo-. Pero empezaré por ti. Ante todo, quiero esta casa.

– ¿Mi casa?

– He hablado con tu hermano. Está de acuerdo conmigo. No es bueno que estés viviendo en esta casa. ¡Es demasiado grande para ti!

– ¿Y para ti no?

– Ya verás que no. Tengo muchas más cosas que tú para llenarla.

– Pero a mí me gusta vivir aquí. He aprendido a estar solo.

– Bien, pues tendrás que estar solo en otra parte. Y además, tú no estás solo. Tienes a esa vieja odiosa; también ella tendrá que partir.

– Ella no está conmigo. Ella únicamente está aquí… ¿Y qué, si no te doy mi casa?

– Creo que esto te agradará, Jean-Jacques me ha dado una copia de los planos originales que hiciste para decorar y amueblar las habitaciones. Veo que nunca lo has hecho.

Miró alrededor, la modesta y convencional decoración de la sala en que estábamos sentados.

Me sentí obligado a explicarle.

– No tenía intención. Además, la ha ocupado otra gente. Aquí hubo soldados enemigos.

– Bien, todo esto será cambiado. Tú no lo sabes, pero fue para mí para quien dispusiste la casa. Para la última etapa de mi educación.

– Repito -dije enfadado-, ¿qué ocurrirá si no te doy mi casa? Sucede que me gusta vivir aquí. Es mi casa.

– Tendrás que resignarte. Tengo los planos.

Abrió su bolso y sacó los planos para que los viese.

– ¿Me dejarás en la calle?

– No digas tonterías. Te daré tiempo suficiente para que encuentres otro sitio. Por Dios, incluso te ayudaré. Tengo mucho tiempo y muy buena disposición hacia ti, querido Hippolyte.

Con estas palabras, Frau Anders se levantó, me besó levemente en ambas mejillas y se encaminó hacia la puerta, sin dejar que la acompañase. Me quedé en la habitación, como atontado, mirando alrededor, mi castillo. ¿Era posible que pudiese despojarme de todo esto, de mi casa, mi refugio? Pensaba actuar inmediatamente. Iría a ver a mi hermano, quien, como cabeza de familia que era, podía hablar con mayor autoridad que yo. Le explicaría cuan necesaria era la casa para mí, le diría que en ella había empezado a conocerme, y que debería advertir a Frau Anders que no me echara.

Ella había insinuado que yo no tenía suficiente cuidado de la casa. Pensé desesperadamente en pintarla, sin esperar un solo momento más; compraría nuevos muebles; cada noche encendería fuego en la chimenea. Me levanté de la silla en que estaba sentado, acariciando el respaldo con la angustia de la pérdida, y caminé hacia arriba y abajo por el corredor, mientras mi vieja ama de llaves bajaba los últimos peldaños de la escalera. Aparentemente, había estado escuchando.

Frau Anders regresó a la mañana siguiente. Trajo cosas de la tienda, acompañada de un tal Zulú, a quien introdujo como su masajista, y de una joven de piel oscura y cabeza afeitada que presentó como su secretaria particular. A ellos y al carpintero que los acompañaba dio instrucciones para amueblar y reparar la casa. A mí me dio una semana para encontrar un nuevo lugar donde vivir.

Tuvimos otra interesante conversación, y Frau Anders disipó todas mis sospechas de que fuera por razones de venganza que me obligaba a desalojar la casa. De la misma manera que en otro tiempo yo había obrado con ella con cierta libertad, disponiendo para su propio provecho, ahora ella, dijo, haría igual conmigo, para mi propio provecho. Tanto como yo, entonces, estaba en lo cierto, lo estaba ella ahora.

No estaba enteramente convencido de que ella estuviera en lo cierto, pero confié en su sinceridad. Lo único que me contuvo fue que hablara de amor, presentándolo como motivo, amor hacia ella y amor hacia mí.

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