Pero eso no la detuvo. Formaba parte de la naturaleza de los hombres dudar de su capacidad, aunque ese en particular no podría permitirse el lujo de mantener mucho tiempo esa actitud. Bajó la voz en un murmullo.
– Desde luego; ya he estrechado el campo de los sospechosos a tres -aseveró.
– ¿De verdad? -inquirió al tiempo que la analizaba con la mirada.
– ¡Sí! Será un placer comunicarle mis deducciones, ¡incluyendo la identidad del propio ladrón!
– ¿En serio?
Era evidente que se trataba de un hombre de pocas palabras. Georgiana se preguntó su aprovecharía eso en el transcurso de sus interrogatorios o si no terminaría por ser un estorbo. Quizá no solo pudiera auxiliarlo en ese caso, sino darle algunas sugerencias para mejorar su técnica en el futuro.
– Me encantaría dedicarme a una carrera como la suya, pero lamentablemente, soy una víctima de mi género -reconoció ella-. Sin embargo, eso no me impide solucionar todos los misterios que puedo, pequeños en su mayor parte, ¡aunque este de lady Culpepper es un delito con mayúsculas! Será un placer para mí poner a su disposición mi pericia para su pronta resolución.
– Comprendo -indicó Jeffries, aunque no daba la impresión de entenderlo.
“Quizá es lento”, reflexionó Georgiana, dándole el beneficio de la duda.
– ¿Quiere que demos un paseo? -preguntó ella, pues aunque el detective parecía ajeno al entorno en el que se hallaban, Georgiana miraba con ojos cautelosos a todos los transeúntes que por allí pasaban. Jeffries se mostró impasible, pero cuando tiró de la manga de su chaqueta, la siguió-. ¿Ha interrogado a los criados?
– Señorita, yo…
– No importa -hizo un gesto con la mano-. Estoy convencida de la identidad del ladrón.
– ¿Y cómo ha llegado a esa conclusión, señorita? -inquirió Jeffries.
– Bueno, como he dicho, he reducido a tres a los probables candidatos -explicó, satisfecha de la oportunidad de exponer sus teorías. Al principio pensé, en Ashdowne…
– ¿Lord Ashdowne? ¿El marqués de Ashdowne? -Jeffries se detuvo para mirarla boquiabierto hasta que ella le obligó a continuar.
– Reconozco que ahora parece bastante menos probable, pero no consigo quitarme la impresión de que trama algo, ya que es el tipo de persona que rara vez frecuenta Bath. ¿Por qué un hombre sano como él afirma necesitar estas aguas? -de inmediato se ruborizó al recordar lo sano que estaba.
– Según mi experiencia, señorita, es prácticamente imposible comprender a la nobleza y sus actos.
Georgiana asintió, aunque su reconocimiento le pareció un triste comentario sobre su pericia, ya que era trabajo suyo descubrir motivaciones y cosas semejantes.
– Sea como fuere, lo he descartado como sospechoso, pues se ha mostrado muy interesado en la investigación. Se ofreció a ayudarme e incluso mientras hablamos vigila la casa del culpable -al menos eso esperaba.
– ¿Sí?
Le pareció captar una sonrisa ladina en la cara del hombre taciturno, pero no le prestó atención, porque no deseaba seguir hablando del marqués. Ya había permanecido despierta largo rato durante la noche pensando en Ashdowne y sus besos.
– También albergué mis sospechas sobre un tal señor Hawkins, de Yorkshire -confesó.
Se sintió complacida al notar el renovado interés del investigador.
– Sí. Busca un nuevo medio de vida en la ciudad y…
– ¿Está acusando a un vicario? -cortó Jeffries sorprendido.
– Bueno, sí -admitió-. En su mayor parte, estoy convencida de que aquellos que eligen una vida religiosa se encuentran por encima del reproche, pero, ay, también tengo la firme convicción de que algunos cometen los mismos pecados que los demás hombres. Y el señor Hawkins no es un vicario corriente -explicó-. He hablado con él en dos ocasiones, y en ambas su manera de expresarse me pareció muy peculiar -se acercó para continuar con tono confidencial-. Guarda un agravio contra los ricos que no puede achacarse a la simple envidia. Y como busca un destino nuevo, imagino que anda necesitado de fondos.
– ¿Está diciendo que un clérigo entró en el dormitorio de lady Culpepper, le robó el collar y descendió por la ventana? -preguntó Jeffries con expresión dudosa.
– ¿Por qué no? -Se irguió en toda su pequeña estatura-. Le digo que tiene algo en contra de los ricos -para su inmensa satisfacción, Jeffries se mostró pensativo.
– Comprendo. ¿Y desde entonces no ha cambiado de idea sobre él?
– Realmente no. Lo que sucede es que he encontrado a alguien más probable -declaró-. La noche del robo, oí a dos hombres tramando algo de forma sospechosa. A uno lo reconocí de inmediato como lord Whalsey, y al otro lo he identificado como un tal señor Cheever.
– ¿Lord Whalsey? -repitió el otro con un gemido-. Discúlpeme, señorita, pero, ¿todos sus sospechosos deben ser nobles o clérigos? ¡No me lo diga! Deje que adivine. Ese sujeto es un maldito duque, ¿verdad?
Georgiana se mostró perturbada, no por el lenguaje de Jeffries, que sin duda era habitual en las calles, sino por su acusación
– Le aseguro que no los elegí por sus títulos. Además, Whalsey solo es un vizconde, y con poco dinero, lo que habría podido impulsarlo a organizar el hurto.
Jeffries movió la cabeza con expresión desdichada.
– Primero acusa a un marqués, luego a un vicario y ahora a un vizconde. Señorita, creo que tiene una imaginación muy viva.
– ¿Acaso sugiere que semejantes personas jamás se aventuran del otro lado de la ley?
– No -respondió.
– ¡Entonces présteme atención! No era mi intención investigar a Whalsey y a su secuaz. Los oí hablar por casualidad -con toda la precisión que pudo recordar, le narró su experiencia detrás de la planta, dejando al margen su calamitoso enredo con Ashdowne, desde luego.
Quedó un poco decepcionada al ver que Jeffries no tomaba notas y decidió sugerírselo más adelante, pero, mientras tanto, estaba decidida a convencerlo de la verdad de sus conclusiones. Por ello le contó la confrontación que tuvo con el vizconde en el Pump Room.
Cuando terminó, casi habían llegado al centro de Bath.
– No tiene buen aspecto, señorita, pero no puedo presentarme ante su excelencia sin más pruebas.
– ¡Al menos podrá interrogarlo! -protestó ella. La habilidad de los hombres de Bow Street en el interrogatorio era legendaria-. ¡Estoy convencida de que confesará en un abrir y cerrar de ojos!
– No lo sé, señorita -volvió a menear la cabeza.
Georgiana se enfureció. Toda su vida se había visto ante escépticos y desdeñosos, pero jamás había esperado que un profesional dudara de ella. ¿Era uno de los mejores! ¡Era uno de sus héroes! ¿Cómo no era capaz de tomarla en serio?
Se encaró con él, dispuesta a exigir que al menos hablara con Whalsey antes de que fuera demasiado tarde. De repente oyó el sonido de su nombre.
– Ah, señorita Bellewether. Veo que ya está ocupada esta mañana.
¡Ashdowne! Jamás pensó que daría la bienvenida a la presencia del marqués, ya que había aceptado su ayuda por necesidad, pero en ese momento… tuvo ganas de arrojarse a sus fuertes brazos. Su rostro debió mostrar la felicidad que sentía, pues lo vio titubear un instante, como desconcertado por su entusiasmo, antes de esbozar una sonrisa.
– ¡Ashdowne! ¡Me alegro de que esté aquí1
– Eso puedo deducir -con expresión irónica se inclinó sobre su mano – ¿A qué puedo atribuir este súbito deleite en mi compañía?
Sin prestar atención al modo en que sus latidos se aceleraron, Georgiana se soltó los dedos y señaló a Jeffries.
– Milord, le presento a Wilson Jeffries, un detective de Bow Street que ha venido a investigar el robo del collar de lady Culpepper.
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