Carla Neggers - Abandonada

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La marshal Mackenzie Stewart estaba pasando un tranquilo fin de semana en New Hampshire, en la casa de su amiga la jueza federal Bernadette Peacham, cuando fue atacada. Ella pudo repeler el ataque, pero el agresor consiguió escapar. Todo sugería que se trataba de un loco violento… hasta que llegó el agente del FBI Andrew Rook.
Mackenzie había roto con él su norma de no salir con agentes del orden, pero sabía que él no se había desplazado desde Washington para verla, sino porque trabajaba en su caso. A medida que continuaba la caza del misterioso atacante, el caso dio un giro inesperado cuando Mackenzie siguió a Rook a Washington y descubrió que un antiguo juez amigo de Bernadette, ahora caído en desgracia y convertido en informador de Rook, había desaparecido.
Mackenzie y Rook comprenderían entonces que había más en juego de lo que pensaban y que se enfrentaban a una mente criminal que no tenía nada que perder y estaba dispuesta a jugárselo todo.

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– Me cuesta creer que fuera a arrepentirme de acostarme contigo aunque me dejaras diez minutos después.

– Mac -él le apartó unos rizos de la frente y le acarició los labios con los nudillos-. Me alegro de que lo de hoy no haya sido grave. Siento no haber llegado antes para ayudarte.

Ella intentó sonreír.

– No me estás poniendo fácil que siga pensando que eres una víbora.

Él la besó con suavidad.

– Mejor. No me gustan las víboras.

No esperó a que ella respondiera y le abrió la puerta. Mackenzie entró, dando gracias por no haberse caído al suelo y que él hubiera tenido que transportarla en brazos.

Once

Jesse se lavó la sangre seca de las manos en el lavabo sucio del baño de una gasolinera a más de una hora en coche del lago donde había pinchado a Mackenzie Stewart. Había seguido un sendero poco usado hasta un camino lateral, donde lo había recogido un granjero de agricultura orgánica que suministraba productos frescos a restaurantes de la zona.

La sangre se mezcló con el agua caliente y la porquería del lavabo.

– Eh, al menos la sangre es orgánica.

Su voz sonaba hueca y su reflejo en el espejo sucio le hacía parecer un cadáver. La violencia lo agotaba como ninguna otra cosa en el mundo. El nivel de brutalidad que podía invocar a voluntad siempre lo sorprendía. No sabía de dónde procedía. Su familia, una familia respetable de Oregón, había visto pronto su propensión a la violencia y que un estallido violento lo calmaba. No había vuelto a verlos desde que abandonara el instituto y se fuera al Este.

Hasta ese día nunca había atacado a nadie en las montañas. Pero Harris y Cal no le habían dejado otra opción. Jesse estaba tan lleno de rabia que necesitaba quemar una parte. Quería su dinero y la información que tenían sobre él para echarlo de sus vidas, fuera lo que fuera lo que contenía. Fotos, ADN, huellas dactilares, cuentas bancarias, direcciones de propiedades suyas, nombres. Su vida.

Si lo sorprendían registrando la propiedad de la jueza Peacham en busca del dinero y los materiales, tenía que asegurarse de que nadie lo relacionara con ella, con su ex marido ni con su amigo Harris.

Quizá había modos más fáciles de cumplir esa misión que atacar esa mañana a la senderista, pero había conseguido despistar a la policía, que ahora buscaba a un arrastrado loco que atacaba mujeres al azar.

La primera víctima no le había manchado las manos de sangre. Pero, por otra parte, ella tampoco se había defendido.

Se secó las manos con una toalla de papel marrón, la arrugó y la echó al cubo de la basura. Era demasiado tarde para preocuparse de dejar ADN por allí. Una gota de sangre en el lavabo y la policía le seguiría la pista hasta la señorita Mackenzie y supondría que él se había lavado allí.

Pero había planeado todo eso en las horas posteriores a su confrontación con Harris Mayer.

J. Harris Mayer.

Jesse apartó de su mente la incómoda realidad de lo cerca que había estado de caer ese día con la agente pelirroja y se concentró en la tarea que tenía entre manos.

Eran más de las diez y hacía frío. Abrió la mochila que había escondido en un grupo de rocas cerca de uno de los senderos sobre el lago después de atacar a la senderista. La mujer había estado a punto de tropezar con ella, una razón como otra cualquiera para apuñalarla. Podía haberla matado allí mismo, pero viva podría confirmar su descripción si tenía que volver a atacar.

La mochila estaba llena de suministros, aunque nada por lo que la policía pudiera encontrarlo en el caso de que consiguieran llegar hasta ella antes que él. Su decisión de bajar de las colinas al lago llevando sólo el cuchillo había resultado acertada. Ágil y sin estorbos, podía huir más deprisa.

Sacó pantalones de andar, camisa y calcetines limpios. Gafas de montura de concha y una gorra de béisbol de los Red Sox. Estaba en territorio de los Red Sox y cuando la gente viera la gorra no pensaría que él era el hombre que había apuñalado a dos mujeres ese día.

La barba era un problema, pero pensó que, si se libraba de ella ahora, sólo conseguiría llamar la atención más. Si entraba en el servicio de una gasolinera con barba y salía con barba, nadie se fijaría. Si salía sin ella, se fijarían todos.

Una vez transformado en un senderista inexperto de aspecto respetable, y no en el loco en buena forma física que buscaba la policía, se colgó la mochila al hombro, salió del baño, compró una Coca Cola y una bolsa de patatas fritas y se marchó de la gasolinera.

Vio salpicaduras de sangre en la bota derecha, pero se dijo que ya lidiaría con eso más tarde, que de momento tenía que concentrarse en el presente.

Caminó por la carretera oscura y las pocas casas que había cerca de la gasolinera dieron paso al bosque impenetrable. Oyó ruidos de animales en la espesura. Murciélagos cruzaban el cielo iluminado de estrellas. El aire ahora era fresco, pero el viento había cesado y todavía no lo habían encontrado los mosquitos.

Un kilómetro después llegó a un sendero y le alivió ver que el BMW que había alquilado seguía allí. Un coche caro aparcado en un sendero tan lejos del lugar del crimen no tenía por qué llamar la atención, pero incluso si la policía investigaba el BMW, descubriría que había sido alquilado a una empresa pequeña de Virginia.

Quince minutos más tarde, una pareja regordeta de cuarentones le daba la bienvenida a su posada, una casa victoriana en las afueras de un pueblecito.

No exactamente el lugar donde la policía esperaría que pasara la noche un apuñalador loco.

Jesse no estaba de buen humor, pero devolvió la sonrisa a la pareja.

– Un día estupendo para estar en la montaña. Espero que no sea muy tarde.

– En absoluto.

El marido, que también tenía barba, llevó a Jesse a una habitación con baño.

– El desayuno se empieza a servir a las ocho, pero si lo quiere antes…

– A las ocho está muy bien. Gracias.

– ¿Mañana saldrá a andar?

– Voy a escalar el Monte Washington.

El hombre asintió con aprobación.

– Me alegro por usted. Yo lo escalaba una vez al año, pero ahora tengo mal la rodilla. ¿Es su primera vez en esa montaña?

No. La había subido al menos una docena de veces. Pero Jesse sonrió e intentó parecer humilde, un poco nervioso incluso.

– Es mi primera visita a las Montañas Blancas.

– El Monte Washington es una subida fuerte. La gente a menudo lo subestima. Mañana parece que hará buen tiempo, aunque nunca se sabe. Puede salir de aquí con un clima fantástico y que cuando esté en la cima llegue la niebla y se encuentre con rachas de viento de cien kilómetros por hora.

– Espero que no me ocurra eso.

Cuando se quedó a solas, con la puerta cerrada con llave, Jesse llenó la bañera de agua muy caliente y echó medio frasco de gel.

Mientras se llenaba la bañera, se recortó la barba. Se afeitaría por la mañana. Si la pareja preguntaba algo, les diría que era para darse suerte en la escalada al Monte Washington.

Enjuagó el lavabo, cerró el grifo de la bañera y se metió en el agua caliente. Se sentó en el baño hasta que la piel se le puso muy roja y arrugada y se le despejó la mente. Volvió sus pensamientos a donde debían estar, a la traición, a los hombres que hacían tratos con él y después lo engañaban.

A Harris Mayer y Cal Benton.

Pensó en sus caras y se dio cuenta de lo mucho que había llegado a odiarlos.

– Bastardos -susurró-. ¿Quiénes se creen que son?

Cuando salió de la bañera, se secó, limpió el vapor del espejo con una esquina de la toalla y miró su imagen, menos cadavérica ahora. Ya podía admitir lo que no había podido en las últimas horas.

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