Sería un error, sin embargo, imaginar que «la muerte del mar» es problema restringido a aguas interiores o a áreas alta mente industrializadas. Con una mayor o menor incidencia de contaminantes, el riesgo es general. El oceanógrafo Vital Aisar, que realizó hace pocos años un periplo alrededor del mundo, manifestó que durante más de un tercio de su viaje, no navegó sobre agua sino sobre petróleo. El petróleo -cuya extinción en la Tierra pronto deploraremos- se pierde en el mar en proporciones tan notables que ocasiona su asfixia, ya que la película de aceite que se extiende sobre su superficie impide la oxigenación del agua y la fotosíntesis, provocando la muerte de fauna y flora. Empero, este hecho únicamente se hace noticia de periódico cuando la derrama se produce de una vez y por accidente, como aconteció en 1967 con el petrolero Torrey Canyon originando la famosa «marea negra» que costó la vida a cien mil aves acuáticas. Pero si tenemos en cuenta que el Torrey Canyon desplazaba 118.000 toneladas y que hoy se construyen petroleros de 500.000 y se proyectan de 1.000.000 concluiremos que la vida en el mar pende de un hilo, supuesto que estas derramas accidentales serán cada vez mayores y a ellas habrá que añadir los vertimientos intencionados, procedentes de baldeos y limpieza de tanques, y otros ocasionales que, aunque sin tanta espectacularidad, vienen a representar anualmente lo que cuarenta o cincuenta Torrey Canyon . Y ante este problema, la esperanza de que quien descubrió el mal descubrirá el remedio es muy vaga y remota. Por de pronto, el uso de disolventes que se aplicó ya a la «marea negra» en Inglaterra, fue peor que la enfermedad. El profesor Eric Smith describe así el espectáculo de la costa después del tratamiento: «En la superficie del mar, grandes cantidades de diminutos flagelados habían muerto o estaban muriendo. Los huevos de las sardinas se desintegraban o se desarrollaban anormalmente. En las rocas nada quedaba, salvo espesas matas de algas, muertas o moribundas. La superficie de los escollos estaba totalmente vacía de animales, mientras en la base se apiñaba un verdadero cementerio de conchas». Todo esto confirma que hemos creado una técnica avanzadísima con objeto de perfeccionar el mundo y lo que estamos consiguiendo es destruirlo. El navegante Cousteau, después de un largo viaje por los océanos Atlántico, Pacífico e Indico, realizando frecuentes inmersiones, declaraba en el Congreso de Londres que la vida submarina había disminuido en un treinta por ciento en los últimos quince años.
Mas el daño de la contaminación no es sólo directo. Sus efectos son muy complejos. Del Cañizo subraya la relación de la contaminación del medio y el hacinamiento con el desarrollo de ciertas afecciones psíquicas como la ansiedad, la angustia, la tensión, el erotismo y la agresividad. «Estadísticamente, dice, se ha demostrado que en una ciudad de 250.000 habitantes se asesina el doble, se viola el triple y se roba siete veces más que en un conjunto de pueblos pequeños que sumen los mismos 250.000 habitantes.» Esto ratifica la afirmación de Erich Fromm de que para conseguir una economía sana hemos producido millones de hombres enfermos. Y posiblemente, la cadena de males no se interrumpa aquí, puesto que del mismo modo que los contaminantes influyen en enfermedades degenerativas como el cáncer y la leucemia, según se ha demostrado, cabe que lo hagan también sobre ciertas enfermedades y malformaciones congénitas de las que se observa un incremento en nuestro tiempo. En cualquier caso, es obvio que las conquistas rutilantes de la técnica no bastan para ocultar sus miserias.
No desconozco, claro está, los esfuerzos recientes de algunos países para contrarrestar los efectos perniciosos de una mecanización desenfrenada. Los ejemplos de Londres al promulgar la Ley de Aire Puro de 1965 y la reunión de los países ribereños del Báltico en Gdansk el otoño de 1973 para intentar la recuperación biológica de este mar, son, sin duda, dignos de ser imitados. Pero las iniciativas aisladas significan poca cosa en este terreno. Los hombres debemos convencernos de que navegamos en un mismo barco y todo lo que no sea coordinar esfuerzos será perder el tiempo. ¿De qué vale, pongo por caso, que Norteamérica instale depuradoras en sus fábricas de cemento si luego estimula la producción de las españolas -que no las tienen- para comprárselo más barato? ¿Qué adelantamos regulando la pesca de la ballena en acuerdos internacionales, si Rusia y Japón eluden el compromiso para aprovecharse de la cordura y la inhibición ajenas? ¿Qué sentido tienen las precauciones suecas con los vertimientos de sus papeleras, si las rusas llenan el mar Báltico de mercurio? ¿Qué podemos sacar, en fin, en limpio de la disposición americana proscribiendo el empleo del DDT, si al mismo tiempo envía sus excedentes a los países subdesarrollados aprecios de saldo? Mientras el respeto a los delicadísimos mecanismos ecológicos no sea actitud desinteresada y general, apenas adelantaremos un paso. En este juego participamos todos, pero nadie debe reservarse el derecho de hacer trampas. Nuestro planeta se salvará entero o se hundirá entero. Únicamente empleando la inteligencia y la razón, podremos escapar de la amarga profecía de Roberto Rossellini cuando dice que «nuestra civilización morirá por apoplejía porque nuestra opulencia contiene en sí las semillas de la muerte».
X MI OBRA Y EL SENTIDO DEL PROGRESO
A la vista de los papeles garrapateados por mí hasta el día no necesito decir que el actual sentido del progreso no me va, esto es, me desazona tanto que el desarrollo técnico se persiga a costa del hombre como que se plantee la ecuación Técnica-Naturaleza en régimen de competencia. El desarrollo, tal como se concibe en nuestro tiempo, responde, a todos los niveles, a un planteamiento competitivo. Bien mirado, el hombre del siglo XX no ha aprendido más que a competir y cada día parece más lejana la fecha en que seamos capaces de ir juntos a alguna parte. Se aducirá que soy pesimista, que el cuadro que presento es excesivamente tétrico y desolador, y que incluso ofrece unas tonalidades apocalípticas poco gratas. Tal vez sea así: es decir, puede que las cosas no sean tan hoscas como yo las pinto, pero yo no digo que las cosas sean así, sino que, desgraciadamente, yo las veo de esa manera. Por si fuera poco, el programa regenerador del Club de Roma con su fórmula del «crecimiento cero» y el consiguiente retorno al artesanado y «a la mermelada de la abuelita», se me antoja, por el momento, utópico e inviable. Falta una autoridad universal para imponer estas normas. Y aunque la hubiera: ¿cómo aceptar que un gobierno planifique nuestra propia familia? ¿Sería justo decretar un alto en el desarrollo mundial cuando unos pueblos -los menos- lo tienen todo y otros pueblos -los más- viven en la miseria y la abyección más absolutas? Sin duda la puesta en marcha del programa restaurador del Club de Roma exigiría unos procesos de adaptación éticos, sociales, religiosos y políticos, que no pueden improvisarse. O sea, hoy por hoy, la Humanidad no está preparada para este salto. Algunas gentes, sin embargo, ante la repentina crisis de energía que padece el mundo, han hablado, con tanta desfachatez como ligereza, del fin de la era del consumismo. Esto, creo, es mucho predecir. El mundo se acopla a la nueva situación, acepta el paréntesis; eso es todo. Mas, mucho me temo que, salvadas las circunstancias que lo motivaron, la fiebre del consumo se despertará aún más voraz que antes de producirse. Cabe, claro está, que la crisis se prolongue, se haga endémica, y el hombre del siglo XX se vea forzado a alterar sus supuestos. Mas esta alteración se soportará como una calamidad, sin el menor espíritu de regeneración y enmienda. En este caso, la tensión llegará a hacerse insoportable. A mi entender, únicamente un hombre nuevo -humano, imaginativo, generoso- sobre un entramado social nuevo, sería capaz de afrontar, con alguna probabilidad de éxito, un programa restaurador y de encauzar los conocimientos actuales hacia la consecución de una sociedad estable. Lo que es evidente, como dice Alain Hervé, es que a estas alturas, si queremos conservar la vida, hay que cambiarla.
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