Tracy Chevalier - Las huellas de la vida

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Dos mujeres inglesas, de orígenes y extracción muy distintas, comparten durante largos años una común afición que, más que beneficios económicos, dará importantes frutos científicos e influirá decisivamente en sus vidas. Tracy Chevalier narra en esta novela biográfica la hermosa historia de amistad de dos mujeres muy distintas, pero unidas por una misma pasión: su deseo de buscar las huellas de la vida en los fósiles.

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De todos modos quería a Fanny, pues por aquel entonces era mi única amiga de verdad. Nuestra familia no era popular en Lyme, porque a la gente le parecía extraño el interés de papá por los fósiles. También a mamá se lo parecía, aunque ella le defendía cuando oía hablar de él en el mercado o a la puerta de la capilla.

Sin embargo, Fanny dejó de ser mi amiga, a pesar de todas las joyas que le llevé de la playa. Los Miller no solo recelaban de los fósiles, sino también de mí, sobre todo cuando empecé a ayudar a las Philpot, de las que la gente del pueblo se burlaba diciendo que las damas londinenses eran demasiado raras hasta para encontrar marido en Lyme. Fanny nunca me acompañaba cuando iba a la playa con la señorita Elizabeth. Se comportaba de forma cada vez más extraña conmigo, hacía comentarios sobre la cara huesuda de la señorita Elizabeth y los ridículos turbantes de la señorita Margaret, y señalaba los agujeros de mis botas y el barro que yo tenía debajo de las uñas. Empecé a dudar de que fuera mi amiga.

Un día que fuimos a la playa, Fanny estaba tan arisca que dejé que la marea nos aislara como castigo por su malhumor. Cuando vio que la última franja de arena junto al acantilado desaparecía bajo una ola espumosa, rompió a llorar.

– ¿Qué vamos a hacer? -decía una y otra vez entre sollozos.

Miré alrededor, sin el menor deseo de consolarla.

– Podemos caminar por el agua o trepar hasta el camino del acantilado -dije-. Tú eliges.

La verdad es que no me apetecía andar casi medio kilómetro a lo largo del acantilado hasta donde empezaba el pueblo, en un terreno más elevado. El agua estaba helada y el mar agitado, y no sabía nadar, pero no se lo dije.

Fanny miraba con el mismo temor tanto el mar revuelto como la pendiente que teníamos delante.

– No sé qué elegir -chilló-. ¡No lo sé!

Dejé que llorara un poco más antes de conducirla por el camino desigual, tirando de ella hasta la cima, donde está el sendero del acantilado que va de Charmouth a Lyme. Una vez que se hubo recuperado, Fanny se negó a mirarme y, cuando nos acercamos al pueblo, echó a correr, y yo no hice el menor intento por alcanzarla. Nunca había sido cruel con nadie, y me reprochaba a mí misma lo que había hecho. Ese fue el inicio de la sensación que a partir de entonces tuve de que no formaba del todo parte de la gente de Lyme que me correspondía. Cada vez que coincidía con Fanny Miller -en la capilla, en Broad Street, en el río-, sus grandes ojos azules se tornaban duros como el hielo que se forma en un charco, y se ponía a hablar de mí disimuladamente con sus nuevas amigas. Me sentía aún más marginada.

Los problemas empezaron de verdad cuando tenía once años y perdimos a papá. Algunos dicen que fue culpa suya por caerse una noche en que volvía a Lyme por el camino del acantilado. Él juró que no había bebido, pero todos notamos que olía a alcohol. Tuvo suerte de no matarse, pero hubo de guardar cama durante meses. No podía hacer vitrinas, y las curis que Joe y yo encontrábamos daban poco dinero, de modo que la deuda que él había acumulado aumentó mucho más. Mamá decía que la caída lo debilitó de tal forma que fue incapaz de combatir la enfermedad que sufrió meses más tarde.

Sentí su pérdida, pero no tuve tiempo para pensar mucho en ella, pues dejó deudas y ni un solo chelín en el bolsillo de la familia: mamá, embarazada de una criatura que nació un mes después de que enterráramos a papá, Joe y yo, Nosotros dos tuvimos que sostener a mamá y casi llevarla en volandas hasta la capilla de Coombe Street el día del funeral. La condujimos allí y nuestra llegada fue un espectáculo, pues entramos tambaleándonos con mamá para asistir a un funeral que ni siquiera podíamos costear. Hubo que hacer una colecta en el pueblo y la mayoría acudió para ver qué habían pagado.

Después acostamos a mamá y fui a la playa, como casi todos los días, hubiera niñera o no, aunque esperé hasta que se quedó dormida. Se hubiera disgustado de haber sabido adónde iba. Para ella, el hecho de que papá se hubiera caído por el acantilado cuando debería haber estado en su taller era una prueba divina de que no deberíamos haber dedicado tanto tiempo a las curis.

Eché a andar hacia Charmouth atenta a la marea, que estaba subiendo, pero lo bastante despacio para que no me pillara. Dejé atrás Church Cliffs y la parte estrecha donde la playa forma una curva y luego se ensancha, con el imponente Black Ven, una masa de franjas grises, marrones y verdes de roca y hierba como el pelaje de un gato atigrado que desciende de forma paulatina, no a plomo como la cara escarpada de Church Cliffs. El lodo de la caliza básica se desliza hacia la playa y deposita tesoros para quienes estén dispuestos a excavar.

Rebusqué en el lodo, como había hecho durante años con papá. Era reconfortante buscar junto a los acantilados. Podía olvidarme de que él había muerto y pensar que, si miraba alrededor, lo vería detrás de mí, inclinado sobre las piedras o hurgando en una veta de roca del acantilado con su palo, trabajando en su mundo mientras yo trabajaba en el mío. Por supuesto, no estaba allí ese día, ni ningún otro después, por más que alzara la mirada para verlo.

En la caliza liásica no encontré más que fragmentos de beles, que guardé pese a que con la punta rota no servían de nada. Los turistas solo compran beles largos, a ser posible con la punta intacta. Pero cuando cojo algo me cuesta soltarlo.

Sin embargo, en las rocas descubrí un amonites entero. Encajaba perfectamente en la palma de mi mano, y cerré los dedos sobre él para apretarlo. Quería enseñárselo a alguien; todos queremos enseñar nuestros hallazgos para que se vuelvan reales. Pero papá -que habría sabido lo difícil que era encontrar un amo tan perfecto-no estaba allí. Cerré los ojos para contener las lágrimas. Quería conservar el amonites de la mano para siempre, apretarlo y pensar en papá.

– Hola, Mary. -Elizabeth Philpot estaba a mi lado, oscura contra la luz gris del cielo-. No esperaba verte hoy aquí.

No podía distinguir su expresión, y me pregunté qué opinaría de que estuviera en la playa, en lugar de consolando a mamá en casa.

– ¿Qué has encontrado?

Me levanté con dificultad y le mostré el amo. La señorita Elizabeth lo cogió.

– Ah, un bonito ejemplar. Liparoceras, ¿no?-A la señorita Elizabeth le gustaba emplear lo que ella llamaba nombres científicos. Yo a veces pensaba que lo hacía para presumir-. Las puntas de las costillas están todas intactas, ¿no? ¿Dónde lo has encontrado?

Señalé las rocas que había a nuestros pies.

– No te olvides de anotar dónde lo has descubierto, en qué estrato de la roca y la fecha. Es importante registrarlo. -Desde que yo había aprendido a leer y escribir en la escuela dominical de la capilla, la señorita Elizabeth siempre me daba la lata para que hiciera etiquetas-. ¿Crees que la marea nos va a cerrar el paso?

– Tenemos pocos minutos, señora. Yo me marcharé enseguida.

La señorita Elizabeth asintió con la cabeza, consciente de que preferiría regresar sola. No le molestó; a los buscadores de fósiles a menudo nos gusta estar solos.

– Ah, Mary -dijo al tiempo que se volvía para marcharse-. Mis hermanas y yo sentimos mucho lo de tu padre. Mañana me pasaré por tu casa. Bessy ha hecho una tarta, Louise un tónico para tu madre y Margaret una bufanda de punto.

– Son ustedes muy amables -murmuré.

Tenía ganas de preguntarle de qué nos servían las bufandas y los tónicos, cuando lo que necesitábamos era carbón, pan, dinero, pero las Philpot siempre se habían portado bien conmigo y sabía que no debía quejarme.

Una ráfaga de viento levantó el ala del sombrero de la señorita Elizabeth de tal forma que le dio la vuelta. Se lo colocó bien y, tras arroparse con el chal, frunció el entrecejo.

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