Tracy Chevalier - Las huellas de la vida
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Hasta donde me alcanza la memoria, siempre estaba buscando curis. Papá me llevaba a la playa, me enseñaba dónde debía mirar y me decía qué eran los distintos fósiles: vertis, uñas del diablo, serpientes de santa Hilda, bezoares, rayos, lirios de mar. Pronto aprendí a buscarlos sola. De todos modos, cuando sales con alguien de búsqueda no estás a su lado en todo momento. No puedes meterte en sus ojos; tienes que usar los tuyos y mirar a tu manera. Dos personas pueden inspeccionar las mismas rocas y ver cosas distintas. Una verá un trozo de pedernal; la otra, un erizo de mar. Cuando era niña e iba con papá, él encontraba vertis en un lugar que yo había revuelto de arriba abajo. «Mira -decía, y se acercaba para coger una que había justo a mis pies. A continuación se reía de mí y gritaba-: ¡Tienes que fijarte más, muchacha!» A mí no me molestaba, porque era mi padre, y era lógico que hallara más que yo y me enseñara lo que debía hacer. No habría querido ser mejor que él.
Para mí, buscar curis es como buscar un trébol de cuatro hojas: no es cuestión de fijarse mucho, sino de que algo aparezca de forma distinta. Si recorriera con la vista un campo de tréboles vería 3, 3, 3, 3,4, 3,3. Las cuatro hojas me llamarían la atención. Lo mismo ocurre con las curis; camino sin rumbo por la playa paseando la mirada por las piedras sin pensar, y de pronto saltan a la vista las líneas rectas de un bele, o las rayas y la curva de un amo, o el grano del hueso en el pedernal liso. Su dibujo destaca, mientras que el resto es una masa confusa.
Cada persona busca de forma distinta. La señorita Elizabeth examina la cara de los acantilados, los salientes rocosos y las piedras desprendidas con tal atención que cualquiera diría que le va a explotar la cabeza. Encuentra cosas, claro está, pero le cuesta mucho más. No tiene tan buen ojo como yo.
Mi hermano Joe usaba un método distinto y detestaba el mío. Es tres años mayor que yo, pero cuando era pequeño a veces parecía que me sacara muchos más. Era como un adulto bajito, lento, serio y prudente. Nuestro trabajo consistía en buscar curis y llevárselas a papá, pero a veces también las limpiábamos si papá estaba ocupado con sus vitrinas. A Joe no le gustaba salir cuando hacía mucho viento. Aun así, encontraba curis. Se le daba bien, aunque no quisiera buscarlas. Tenía buen ojo. Su método consistía en centrarse en una zona de la playa, dividirla en cuadrados idénticos y recorrer cada uno de ellos de arriba abajo a un paso constante. Encontraba más que yo, pero yo encontraba las piezas raras: las costillas y los dientes de cocodrilo, los bezoares y los erizos de mar, cosas que nadie esperaría descubrir.
Papá los buscaba usando una vara larga que metía entre las rocas para no tener que inclinarse. Lo aprendió del señor Crookshanks, el amigo que le enseñó todo cuanto sabía de las curis. Se arrojó por el Gun Cliff, detrás de nuestra casa, cuando yo solo contaba tres años. Papá dijo que tenía demasiadas deudas y que ni siquiera las curis habrían podido impedir que acabara en el asilo para pobres. Claro que papá tampoco aprendió del error del señor Crookshanks. Siempre estaba buscando lo que él llamaba el monstruo que pagaría todas nuestras deudas. Durante años encontramos dientes y vertis y lo que parecían costillas, además de unos extraños cubitos del tamaño de un grano de maíz y otros huesos que ignorábamos qué eran pero que creíamos que debían de ser de un animal grande como un cocodrilo. La señorita Elizabeth me enseñó uno una vez que estaba limpiando curis para ella. Tenía un libro de un Frances llamado Cuvier con dibujos de toda clase de animales y sus esqueletos.
Papá no buscaba tanto como nosotros porque tenía que hacer vitrinas, pero salía cuando podía. Prefería las curis a la carpintería, lo que disgustaba a mamá, ya que los ingresos eran impredecibles y cuando iba de búsqueda se alejaba de Cockmoile Square y de la familia. Seguramente ella sospechaba que a papá le gustaba más estar solo en la playa que en una casa llena de bebés gritones, pues algunos chillaban mucho. Todos berreaban menos Joe y yo. Mamá nunca iba a la playa, salvo para gritar a papá cuando iba a buscar fósiles los domingos y la avergonzaba en la capilla. Eso no disuadía a mi padre, que sin embargo accedió a no llevarnos a Joe y a mí a buscar fósiles los domingos.
Aparte de nosotros solo había otra persona que vendiera curis: un anciano mozo de cuadra llamado William Lock, que trabajaba en el Queen's Arms de Charmouth, donde cambiaban de caballos las diligencias que cubrían el trayecto entre Londres y Exeter. William Lock descubrió que podía vender fósiles a los viajeros mientras estiraban las piernas y echaban un vistazo al lugar. Puesto que los fósiles eran conocidos como «curiosidades», o «curis», todo el mundo empezó a llamarle Capitán Curi. Aunque buscaba y vendía fósiles desde hacía años -más incluso que papá-, no usaba martillo, sino que cogía lo que hallaba al alcance de la mano o desenterraba cosas con la pala que llevaba. Era un viejo malo que me miraba de un forma rara. Nunca me acercaba a él.
De vez en cuando veíamos al Capitán Curi en la playa, pero hasta que la señorita Elizabeth vino a Lyme no había más buscadores de curis que nosotros. Por lo general yo iba con Joe o con papá, pero a veces bajaba a la playa con Fanny Miller. Tenía mi misma edad y vivía río arriba, más allá de la fábrica de telas, en lo que llamábamos Jericho. Su padre era leñador y vendía madera a papá, y su madre trabajaba en la fábrica. Al igual que nosotros, los Miller eran miembros de la capilla congregacionalista de Coombe Street. Lyme estaba lleno de disidentes, aunque también había una iglesia como es debido, la de Saint Michael, donde siempre intentaban convencernos de que volviéramos. Sin embargo los Anning no poníamos los pies allí; estábamos orgullosos de pensar de forma distinta de la tradicional Iglesia de Inglaterra, aunque ignoraba en qué estribaban esas diferencias.
Fanny era una niña muy guapa, menuda, rubia y delicada, con unos ojos azules que yo envidiaba. Solíamos entretenernos con juegos de dedos durante las misas de los domingos cuando nos aburrían y correteábamos río arriba y abajo persiguiendo palos y ramas que habíamos convertido en barcos, o bien cogiendo berros. A pesar de que Fanny siempre prefería el río, a veces iba conmigo a la playa entre Lyme y Charmouth, aunque nunca llegaba a Black Ven, pues el acantilado de allí le parecía peligroso y temía que le cayeran piedras en la cabeza. Construíamos pueblos con guijarros y en ocasiones llenábamos los agujeros que unas pequeñas almejas llamadas dátiles de mar hacían en los salientes rocosos. Al mismo tiempo, yo estaba atenta por si veía curis, de modo que no me limitaba a jugar.
Fanny tenía buen ojo, pero no lo aprovechaba. Le gustaban las cosas bonitas: trozos de cuarzo blanco, piedrecitas listadas, pedazos de pirita. Las llamaba «sus joyas». Encontraba esos tesoros, pero se negaba a tocar buenos ejemplares de amos y beles aun sabiendo que yo los quería. Le asustaban. «No me gustan», decía estremecida, y nunca sabía explicar por qué, aparte de decir «Son feos» cuando yo le insistía, o bien «Mamá dice que son de las hadas». Según ella, un erizo de mar era el pan de las hadas y, si lo ponías en un estante, la leche no se agriaba. Yo le contaba lo que me había enseñado papá: que los amos eran serpientes que habían perdido la cabeza, que los beles eran rayos que Dios había arrojado y que las grifís eran las uñas de los pies del diablo. Eso la asustaba todavía más. Yo sabía que no eran más que cuentos. Si el diablo se hubiera despojado de tantas uñas de los pies, tendría que haber tenido miles de pies. Y si el rayo daba lugar a tantos beles, estaría tronando todo el día. Pero Fanny no pensaba en eso y se aferraba a su miedo. He conocido a muchas personas como ella, a las que asusta lo que no entienden.
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