Igual que pasa con los pájaros robóticos, se trata de datos interesantes, pero ¿qué puedo hacer con ellos?
Los puedo archivar. Algún día les encontraré un uso. Igual que mi padre y mi abuelo llevaban a casa leña y coches rotos, cualquier cosa gratis o barata que pudiera tener algún uso en el futuro, yo ahora apunto datos y cifras y me los guardo para algún proyecto futuro.
Imaginen la casa en Nueva York de Andy Warhol, abarrotada de montañas de objetos kitsch, botes de galletas y revistas viejas, y se harán una idea de cómo es mi mente. Los archivos son un anexo a mi cabeza.
Los libros son otro anexo. Los libros que escribo son mi sistema de retención de sobrecargas de las historias que ya no puedo conservar en mi memoria reciente. Los libros que leo sirven para reunir datos para más historias. Ahora mismo estoy mirando un ejemplar de Fedro, una conversación ficticia entre Sócrates y un joven ateniense llamado Fedro.
Sócrates está intentando convencer al joven de que el habla es mejor que la comunicación escrita o que cualquier comunicación grabada, como las películas. De acuerdo con Sócrates, el dios Toth del antiguo Egipto inventó los números, el cálculo, el juego, la geometría y la astronomía… y también inventó la escritura. Luego le presentó sus inventos al gran rey-dios Tamus y le preguntó cuál de ellos tenía que enseñar al pueblo egipcio.
Tamus dictaminó que la escritura era un pharmakon. Igual que la palabra «droga», el concepto podía usarse para cosas buenas y para cosas malas. Para cosas que curaban o para venenos.
De acuerdo con Tamus, escribir permitía a los humanos ampliar sus recuerdos y compartir información. Pero lo que es más importante, la escritura permitiría a los humanos apoyarse demasiado en aquellos medios externos de memoria. Nuestras memorias personales se marchitarían y empezarían a fallar. Nuestras anotaciones y registros reemplazarían a nuestras mentes.
Peor que eso, la información escrita no puede enseñar, de acuerdo con Tamus. No se puede cuestionar y tampoco se puede defender cuando la gente no la entiende bien o no la representa bien. La comunicación escrita le da a la gente lo que Tamus llamaba «el falso engreimiento del conocimiento», una certeza falsa de que comprenden algo.
Así que todas las cintas de vídeo de vuestra infancia, ¿acaso os dan una mejor comprensión de vosotros mismos? ¿O simplemente apuntalan los recuerdos defectuosos que tenéis? ¿Pueden sustituir vuestra capacidad para sentaros y hacerle preguntas a vuestra familia? ¿Para aprender de vuestros abuelos?
Si Tamus estuviera aquí, yo le diría que la memoria misma es un pharmakon.
La felicidad de Guy Pearce se basa por completo en su pasado. Tiene que terminar algo que apenas recuerda. Algo que tal vez esté recordando mal porque le resulta demasiado doloroso.
Guy y yo estamos unidos por la cadera.
Mis dos noches en Carson (California) las puedo recordar mirando el recibo de la tarjeta de crédito. Más o menos. Estuve posando para una sesión de fotos para la revista GQ. Su idea original era hacerme posar acostado sobre un montón de consoladores, pero llegamos a un acuerdo. Era la noche en que se daban los premios Grammy, así que todas las habitaciones de hotel decentes de Los Ángeles estaban ocupadas. Otro recibo muestra que me costó setenta pavos llegar en taxi al sitio donde se iban a hacer las fotos.
Ahora me acuerdo.
La estilista de moda me contó que su chihuahua se podía chupar el pene a sí mismo. Que a la gente le encantaba su perro, hasta que se plantaba en el centro de todas las fiestas y empezaba a hacerse mamadas allí mismo. Aquello había hecho que más de una vez se vaciaran las fiestas celebradas en su casa. La fotógrafa me contó historias de terror sobre fotografiar a Minnie Driver y a Jennifer López.
En una sesión de fotos parecida para el catálogo de Abercrombie & Fitch, el fotógrafo me cuenta que su chihuahua tiene un «trastorno de retracción eréctil». Siempre que al bicho se le pone dura, el tipo -el fotógrafo de Abercrombie- tiene que poner la mano y asegurarse de que el prepucio del perro no esté demasiado tirante.
Ah, ahora me vienen los recuerdos a mares.
Ahora, día y noche, el mensaje que aparece en primer plano de mi mente es: nunca tengas un chihuahua.
Después de la sesión de fotos para GQ -en la que me vistieron con ropa cara y me hicieron posar en un plato que imitaba el lavabo de un avión-, un productor cinematográfico me llevó a un hotel en primera línea de mar de Santa Mónica. Era un hotel grande y caro, con un bar elegante que daba a la puesta de sol sobre el océano. Faltaba una hora para que empezaran los Grammy y los famosos con sus caras bonitas, sus trajes y sus vestidos de noche se dedicaban a mezclarse entre ellos, cenar, tomar copas y llamar a sus limusinas. La puesta de sol, la gente, yo un poco borracho y todavía maquillado para la sesión de GQ, con una dirección artística muy profesional: era como si hubiera muerto y estuviera en el paraíso de Hollywood… hasta que algo cayó en mi plato.
Una horquilla.
Me toqué el pelo y palpé docenas de horquillas, todas sobresaliendo de mi masa de pelo embadurnada de laca. Allí enfrente de la aristocracia de la música, yo era como la Olivia de Popeye pero borracha, repleta de horquillas y dejando caer varias cada vez que movía la cabeza.
Tiene gracia, pero sin los recibos nunca habría recordado nada de todo esto.
A eso me refiero con lo de pharmakon. No os molestéis en anotar esto.
(Consolation Prizes)
Otro camarero acaba de servirme otra comida gratis porque soy «el tipo ese».
Soy el tipo que escribió el libro ese. El libro de El club de la lucha. Porque hay una escena en el libro donde un camarero leal, un miembro de la secta del club de la lucha, le sirve comida gratis al narrador. Donde ahora, en la película, a Edward Norton y a Helena Bonham Carter les dan comida gratis.
Luego un jefe de redacción de una revista, otro jefe de redacción de revista, me llama furioso y despotricando porque quiere enviar a un escritor al club de la lucha secreto de su zona.
– No pasa nada, tío -dice desde Nueva York-, Puedes decirme dónde es. No lo vamos a estropear haciéndolo público.
Le digo que no existe ningún sitio. Que no hay ninguna sociedad secreta de clubes donde los tipos se den de hostias y se quejen de sus vidas vacías, sus carreras insignificantes y sus padres ausentes. Que los clubes de lucha son una fantasía. Que no se pueden frecuentar. Que me los inventé yo.
– Muy bien -me dice él-. Haz lo que quieras. Si no confías en nosotros, vete al infierno.
Me llega otro paquete de cartas a la dirección de mi editorial, escritas por jóvenes que me dicen que han ido a clubes de lucha de Nueva Jersey, Londres y Spokane. Que me hablan de sus padres. En el correo de hoy hay relojes de pulsera, pins y tazas de desayuno, premios de los centenares de concursos en los que mi padre nos inscribe a mí y a mis hermanos y hermanas todos los inviernos.
Hay partes de El club de la lucha que siempre han sido verdad. No es tanto una novela como una antología de las vidas de mis amigos. Es cierto que tengo insomnio y que me paso semanas deambulando sin dormir. Conozco a camareros frustrados que hacen guarradas con la comida. Que se afeitan la cabeza. Mi amiga Alice fabrica jabón. Mi amigo Mike mete fotogramas de pelis guarras en películas infantiles. Todos los tíos a los que conozco se sienten abandonados por sus padres.
Hasta mi padre se siente abandonado por su padre.
Pero ahora, cada vez más, lo poco que había que era ficción se está convirtiendo en realidad.
Читать дальше