Era: El Hombre Elefante va a Hollywood.
La gente de la compañía aérea me hizo subir al avión a toda prisa, como si fuera un órgano de un donante. Cuando eché el asiento hacia atrás, las costras se me pegaron a la pequeña funda de papel que cubría la parte superior del respaldo. Después del aterrizaje, la auxiliar de vuelo me la tuvo que despegar. Probablemente aquello tampoco fue el punto álgido de su jornada.
Es por eso por lo que escribo.
La infección de mi cabeza empeoró. Todo el mundo a quien yo iba conociendo parecían héroes de leyenda, como si todos fueran hijos de JFK. Todas las mujeres eran como Uma Thurman. En todos los restaurantes a los que íbamos, los ejecutivos de Warner Brothers y de Tri-Star venían a hablarme de sus últimos proyectos.
Es por eso por lo que escribo, ya lo creo.
Nadie cometió el error de mirarme a los ojos. Todos hablaban del próximo bombazo de la industria.
El productor de la película de El club de la lucha me llevó en coche por todos los platos abiertos de la Fox. Vimos el sitio donde filmaban Policías de Nueva York. Les dije que yo no veía la televisión. No era la mejor noticia que podía darles.
Fuimos a Malibú Colony. Fuimos a Venice Beach. El único sitio al que yo quería ir era el museo Getty, pero hay que conseguir cita con un mes de antelación.
Así que es por eso por lo que escribo. Porque la mayoría de las veces la vida no es divertida hasta que uno la revive. La mayoría de las veces no se puede ni aguantar.
La cabeza no me paraba de sangrar. A quien estuviera más abajo en la jerarquía le tocaba llevarme en coche. Me enseñaron todas aquellas huellas de manos y de pies en el cemento e hicieron un aparte para discutir los ingresos brutos de Twister y de Misión imposible mientras yo deambulaba igual que el resto de los turistas mirando el suelo en busca de Marilyn Monroe.
Me llevaron en coche por Brentwood, por Bel-Air, por Beverly Hills y por Pacific Palisades.
Me dejaron en el hotel, donde me quedaban dos horas antes de bajar a la cena. Allí estaba yo, allí estaba el minibar pidiendo a gritos ser saqueado y allí había también un baño más grande que el sitio donde yo vivía. El baño estaba cubierto de espejos, así que mi imagen estaba por todas partes, completamente desnudo y con las erupciones de mi cabeza finalmente supurando líquido blanco. Con el botellín de ginebra del hotel en la mano. La bañera gigante seguía llenándose y llenándose, y nunca había más de tres dedos de agua.
Uno se pasa años y años escribiendo. Se sienta a oscuras y dice: Algún día. Un contrato editorial. Una foto en la solapa. Una gira promocional. Una película de Hollywood. Y llega el día en que consigue todo eso y no sale como uno lo había planeado.
Luego te llega por correo la adaptación de tu libro y ves que pone: « El club de la lucha, de Jim Uhls». Es el guionista. Y muy por debajo, entre paréntesis, pone: Basado en tu novela.
Es por eso por lo que escribo, porque la vida nunca funciona salvo si miras hacia atrás. Y escribir le hace a uno mirar hacia atrás. Porque como es imposible controlar la vida, por lo menos puedes controlar tu versión de la misma. Porque incluso sentado en mi charco de agua templada en Los Ángeles, ya estaba pensando en qué les contaría a mis amigos cuando me preguntaran por aquel viaje. Les hablaría de mi infección y de Malibú y de la bañera sin fondo, y ellos me dirían:
Eso tienes que escribirlo.
(The Lip Enhancer)
Fue Ina la primera que me habló de los labios de Brad y de lo que hace con ellos. Conocimos a Brad el verano pasado, cerca de Los Ángeles, en San Pedro, en una extensión de seis acres de cemento pelado y guerra de bandas, con el territorio de los Crip y los Blood marcado por todas partes a nuestro alrededor. Era el decorado de una película basada en un libro que yo había escrito y que apenas recordaba. Justo antes de esto, a un hombre del vecindario lo habían atado al banco de una parada de autobús allí mismo. Los trabajadores del equipo de rodaje lo habían encontrado atado y muerto a tiros. El equipo estaba construyendo una mansión victoriana en ruinas valorada en un millón de dólares.
Toda esta introducción, toda esta construcción del escenario es para no parecer yo demasiado estúpido.
Esto solamente parece que trata de Brad Pitt.
Era la una o las dos de la mañana cuando Ina y yo llegamos allí. En el campamento base de la productora, los extras dormían convertidos en bultos oscuros, encogidos dentro de sus coches. Esperando a que los llamaran. Cuando aparcamos, un guardia de seguridad me explicó que teníamos que recorrer a pie y sin protección las dos manzanas que nos separaban del escenario del rodaje.
Del cercano vecindario a oscuras llegó el ruido de un disparo, luego otro.
Son tiroteos desde los coches, nos dijo el guardia. Para llegar al decorado, dijo, teníamos que mantener la cabeza gacha y correr. Vosotros corred, nos dijo. Venga.
Así que corrimos.
De acuerdo con Ina, lo que hace Brad es relamerse los labios. Muy a menudo. De acuerdo con Ina, es poco probable que sea algo accidental. De acuerdo con Ina, Brad tiene unos labios magníficos.
En algún momento después de aquello, mi hermana me envió una cinta de vídeo en la que Oprah Winfrey estaba entrevistando a Brad, y la verdad es que Ina tenía razón.
El primer día que conocimos a Brad, vino corriendo con la camisa abierta, bronceado y sonriente, y me dijo:
– ¡Gracias por el mejor puto papel de toda mi puta carrera!
Eso es todo lo que recuerdo.
Eso y que quise tener labios.
Todo el mundo tiene unos labios enormes. Las modelos de pasarela, las estrellas de cine. En la parte de Oregón donde yo vivo, en una casa en el bosque, uno puede vivir prácticamente aislado del mundo, pero un día recibimos un catálogo de venta por correo y en el interior estaba el Potenciador Labial.
Para aquella película, a Brad le tuvieron que quitar las fundas de sus incisivos y pegarle unas fundas nuevas en forma de dientes partidos. Se afeitó la cabeza. Entre tomas, los encargados del vestuario le embadurnaban la ropa de polvo del suelo. Y seguía siendo tan guapo que Ina era incapaz de decir dos palabras seguidas. Las chicas del barrio se apelotonaban a centenares en las vallas de contención que había a dos manzanas de nosotros y coreaban su nombre.
Yo tenía que conseguir unos labios como aquellos.
De acuerdo con la gente de Facial Sculpting Inc., se pueden conseguir inyecciones de colágeno para los labios, pero no duran nada. Unos labios completos de colágeno te cuestan unos 6.880 dólares anuales. Además, el colágeno tiende a desplazarse por dentro y terminas con los labios llenos de bultos. Por si fuera poco, el proceso de inyección provoca hematomas oscuros y una hinchazón que puede durar hasta una semana, y hacen falta inyecciones nuevas de colágeno todos los meses.
En honor a la verdad, llamé a cinco consultas locales de cirugía cosmética de Oregón, todas las cuales ofrecían tratamientos labiales, y en todas se negaron en redondo a hablar del Potenciador Labial. Ni siquiera cuando acepté pagar cien dólares por una consulta. Ni siquiera cuando me puse de rodillas y supliqué.
Sí, doctora Linda Mueller, a usted me refiero.
El Potenciador Labial me costó veinticinco dólares más un par de pavos en concepto de gastos de envío, además del tono insidioso del hombre que me cogió el pedido. No es un producto pensado para hombres. Se supone que los hombres estamos por encima de esas cosas. Con todo, el Potenciador Labial es similar a un enorme número de sistemas de agrandamiento del pene disponibles en el mercado.
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