Array Array - Atlas de geografía humana

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—No te preocupes —Ana me puso una mano encima del brazo—. Con el tiempo, acaba saliendo callo.

—Pero te quedarás con la ca–asa, ya te digo… —supuso Marisa en voz alta.

—No, no —y moví la mano en el aire para negar dos veces, como si esa sola suposición bastara

para aterrarme—. Desde luego que no. Odio esa casa. Odio Capitán Haya. Odio a mi portero. Odio a mis vecinos y odio el alto estanding… Quiero volver a mi barrio de cuando era pequeña, entre Recoletos y Hortaleza, más o menos. Barquillo, Fernando VI, Almirante, Conde De Xiquena, Bárbara de Braganza, Piamonte… La calle me da lo mismo, pero quiero una casa con techos de tres metros. Intentaré convencer a Ignacio de que vendamos el piso y nos repartamos el dinero, y si no quiere, le diré que me compre mi parte, aunque tenga que pedir un crédito, porque lo que no puedo es cobrársela a plazos, que es lo que va a intentar, que lo sé porque le conozco. Pero el viaje a Roma ha dejado mi cuenta corriente más bien… escueta, y ahora que se acaba el Atlas… Ya sé que no me voy a morir de hambre, pero de todas formas…

—Vamos a ser vecinas —no tuve tiempo de prestar atención al comentario de Ana porque la voz de Fran se impuso milagrosamente sobre sus palabras.

—Por el dinero no te preocupes. Hay trabajo —dijo solamente, y entonces todas la miramos a la vez, aunque ninguna se atrevió a preguntar nada—. No me miréis así, ya lo sabíais, ¿no?

—N–no —Marisa contestó después de un rato.

—Sí —Fran insistió—. Hace ya meses que os conté que tenía un proyecto.

—Ya–a, pero proyectos, proyectos… Buah, n–no veas, siempre hay un montón de proyectos circulando, y del proyecto a–al hecho…

—Bueno, pues éste ha salido. Sólo hay una cosa que me preocupa, pero primero… En fin. ¿Cómo sois de melómanas?

—Todo lo que haga falta —aseguré, notando que empezaba a respirar mucho mejor.

—¿Una historia de la música? —supuso Ana en voz alta, y la interrogada le dio la razón con una sonrisa que fue inmediatamente pagada con otra, mucho más radiante aún.

—La civilización occidental desde el cencerro hasta el cencerro —resumí en un murmullo, mientras sentía que de repente la música me apasionaba como ninguna otra cosa en este mundo.

—Exactamente —confirmó Fran—, pero todavía no sabéis lo mejor… Doscientos veinte fascículos.

—¡Cuatro años! —grité.

—Y medio… —me corrigió Marisa—. Entre unas cosas y otras…

—Cua–tro a–ños y me–dio —sumó Ana, marcando el ritmo de cada sílaba encima de la mesa con los puños cerrados y una expresión jubilosamente intensa.

—¿Cómo lo veis?

—M–muy bien.

—De puta madre…

—¿Cuándo se empieza?

—Ya —Fran estaba incluso en condiciones de dar detalles—. Con la prórroga aquella que tuvimos que añadir cuando Planeta–Agostini nos pisó el título del Atlas, vuestros contratos terminan el 1 de mayo. Podéis tener contrato nuevo el mismo 1 de mayo. Vamos un poco pilladas, pero si empezamos a trabajar a la vuelta de Semana Santa, podríamos salir en Navidad. Sería mejor octubre, pero no vamos a llegar, eso desde luego… Pero antes de nada, ya os he dicho que hay una cosa que me preocupa. He colado el tema con una condición. En teoría, el precio de cada fascículo incluye un cd con la obra de! compositor correspondiente, que eso por supuesto se compra y punto, no tenemos que hacerlo nosotras, pero además regalamos un cd–rom con cada número. Naturalmente, no es un regalo auténtico, pero eso da igual, ya conté con ese detalle al presupuestar la colección. El problema no es el precio, sino el cd–rom en sí —entonces se giró completamente hacia la izquierda—. ¿Vas a poder con eso, Marisa?

—A–anda, pues claro… —contesté, sin disimular el asombro que me producía aquella pregunta— . N–no faltaría más. Podría empezar mañana mismo. Ra–amón lleva un par de años liado con ese tema y la verdad es que es como hacer churros, en serio, visto uno, vistos todos… Claro que tendré

el doble de trabajo, las demás no, porque supongo que re–aprovecharemos el ma–aterial de los fascículos —Fran asintió con la cabeza—, pero yo sí, porque los cd–rom hay que diseñarlos, igual que un libro, y maquetarlos, y por mucho que intente acoplar las pa–áginas a las pantallas, habrá que ir viendo si se puede hacer, una por una… Además n–necesitaremos un equipo nuevo, y seguramente un duplicador de cd, y… —calculé un momento para mis adentros—, yo, como mínimo, un a–ayudante, porque no puedo llevarlo todo a la vez. Pero eso está hecho. Ya–a… —y cuando me di cuenta de que iba a volver a repetir la expresión más característica de Foro, paré en seco—. Ya.

—Lo del ayudante está claro… —Fran me sonrió, aliviada—. Se lo comenté a Ramón hace un par de días, y me dijo que sería mejor contratar a dos personas. Puedes empezar a entrevistar gente a la vuelta de las vacaciones.

—¿ Yoo…? —pregunté, genuinamente asombrada esta vez—. ¿Voy a entrevistar gente yo?

Se abrió una pausa para que las tres me miraran al mismo tiempo, con una expresión idéntica, e idénticamente expresiva de que no entendían el sentido de mi última pregunta.

—Si quieres, los puedo entrevistar yo —me contestó Fran, cuando adivinó por fin lo que le había preguntado exactamente—. O puede hacerlo Rosa, pero es una tontería, porque ni Rosa ni yo sabemos lo que se espera que sepa hacer esa gente…

—N–no, no… —afirmé, después de vencer un acceso de risa, respuesta íntima a mi propia, inédita imagen de ejecutiva con amplios poderes—. Yo los entrevistaré. Y seré m–muy rigurosa…

Mi advertencia desató un coro de carcajadas que se prolongó inmediatamente en una animadísima conversación a tres voces sobre la historia de la música en general y la nuestra en particular, una multitud de preguntas lanzadas al azar que no podían ser satisfechas aún por ninguna respuesta concreta, ¿por dónde vamos a empezar?, ¿cuánto va a costar cada ejemplar?, ¿qué criterio vamos a seguir?, ¿dedicaremos más de un número a los compositores verdaderamente importantes o habrá sólo un fascículo por músico?, ¿cuánto esperáis vender?, ¿quién seleccionará las piezas de los cd?, ¿habrá publicidad en televisión?, ¿cuántas cadenas…? Rosa parecía muy contenta, y Ana incluso entusiasmada por la perspectiva de volver a trabajar como una burra después de aquellas mínimas vacaciones cuya memoria iba a extinguirse antes de que llegaran a terminarse del todo, mientras Fran contestaba a cada cuestión con una paciente sonrisa que parecía desmentir la monotonía de sus respuestas, no lo sé todavía, aún no lo he pensado, no me atrevo a decírtelo, eso tendremos que decidirlo también… Yo, en cambio, no estaba muy segura de lo que sentía. Nunca había sido colaboradora contratada, como ellas. Mi remoto pasado de teclista de fotocomposición me había asegurado una plaza de trabajadora de plantilla, con contrato indefinido, y mis ingresos no dependían del hecho de que estuviera asignada o no a un proyecto concreto. Y aquella historia de la música, por un lado, parecía garantizarme un ascenso profesional, y gordo, porque los cd–rom iban a convertirme en la jefa de mi propio equipo, pero al mismo tiempo me asociaba a Foro casi definitivamente, porque Ana no estaría dispuesta a prescindir de él, y después de los cuarenta, cuatro años y medio son ya demasiado tiempo. Cuando llegáramos al cencerro posmoderno, como decía Rosa, yo estaría al borde de los cuarenta y seis, más allá de la línea tras la que deja de parecer razonable tomar una decisión importante. O eso, al menos, me pareció entonces, mientras me obligaba a valorar al mismo tiempo la paz y la armonía en la que había trabajado con Fran, con Rosa y con Ana, en los tres años que habíamos tardado en hacer el Atlas, y los conflictos y desazones que quizás se habrían derivado de mi inclusión en un equipo distinto si aquel proyecto, que ya era también mi proyecto, no hubiera triunfado por fin.

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