Luzia se apoyó aún más, presionando con más fuerza sobre su espalda. Inclinó la cabeza, y la boca se acercó a su pelo. No sabía qué decir ni cómo hablarle. Sólo podía pensar en su dolor y en cómo, hasta cierto punto, podía entenderlo.
– Cuando era niña -comenzó-, me caí de un árbol…
El doctor reanudó la curación. El Halcón volvió a ponerse tenso. Luzia levantó la voz. Le habló del árbol de mango, del silencio tras la caída, sobre el bálsamo de grasa de la curandera y el olor acre que la acompañaba por culpa del maldito remedio. Le habló de Emília, del armario de los santos en la cocina de tía Sofía, de la promesa que le había hecho a san Expedito y de las hendiduras en el suelo de tierra, labradas por sus propias rodillas. El cuerpo del Halcón se relajó.
Se oyó el sonido de un objeto de metal tintineando contra la palangana de porcelana. Luego, el ruido sordo de un corcho, el siseo del ácido carbólico para cauterizar la herida, y el olor de pelo chamuscado. El doctor suspiró. El Halcón se estremeció y todo su cuerpo se relajó.
El doctor Eronildes Epifano era de la ciudad capital de Salvador, en la costa de Bahía. Había estudiado Medicina en la Universidad Federal, donde también hizo prácticas, pero había abandonado el ejercicio de la profesión y se había comprado un enorme terreno junto al río San Francisco.
– Sufría de mal de amores -susurró la criada.
Ésta fumaba una pipa de maíz y la movía de un lado a otro entre sus oscuras encías. El doctor Eronildes había tenido una novia en Salvador, prosiguió la anciana criada, pero la muchacha contrajo la fiebre del dengue y no pudo curarla. Después de su muerte, se marchó de la ciudad, asqueado de la vida. Aún conservaba un enorme retrato de la muchacha sobre la repisa de la chimenea. Luzia lo había visto al entrar en la casa. La muchacha tenía el cuello largo y una palidez extrema.
– ¡Era blanca -se rió la vieja criada- como un gusano tapuru!
Luzia se estremeció. No le gustaban los insectos, especialmente los blancos gusanos traslúcidos que perforaban las guayabas. La criada le dio a Luzia una barra de jabón perfumado y una esponja. Había una bañera en medio del cuarto de invitados del doctor Eronildes. La criada la había llenado con agua hirviendo. El cuarto era sobrio, y sólo tenía una cama maciza de madera y un tocador con espejo. Esa noche, después de la operación del Halcón, lo trasladaron a una pequeña habitación al lado de la cocina. Durmió sobre un catre de vaqueiro, hecho con una piel de vaca estirada sobre cuatro palos de madera. Luzia durmió sobre el suelo, a su lado. No se dio cuenta de lo cansada que estaba hasta que se acostó. Todos los músculos de su cuerpo parecían latir bajo la piel. Durmió hasta después del amanecer, cuando la criada la despertó sacudiéndola y le dijo que debía bañarse. El doctor Eronildes insistía en ello.
Luzia no tenía parásitos. Los cangaceiros tenían un remedio para los piojos: una pasta que hacían con semillas de pina y aceite de pequi, que untaban sobre sus cabezas y exponían al sol. Aun así, Luzia no puso pega alguna a las órdenes de Eronildes; hacía meses que no se daba un baño de verdad. En el matorral se había acostumbrado a bañarse rápida y sigilosamente, arremangándose las perneras del pantalón todo lo que podía y salpicándose agua, luego poniéndose en cuclillas, desatando los pantalones y haciendo lo mismo. Cuando se debía lavar el torso se dejaba la túnica y maniobraba debajo de ésta, echándose agua bajo los brazos, en el pecho y la espalda. Cuando escaseaba el agua, no se bañaba.
La anciana criada de Eronildes no se retiró del cuarto de huéspedes. Se sentó sobre una banqueta de espaldas a la bañera y habló mientras Luzia se bañaba. La criada estaba deseosa de hablar con otra mujer, aunque fuera una cangaceira con pantalones. De vez en cuando, la mujer echaba un vistazo por encima del hombro. Si Luzia la estaba mirando, la criada se volvía rápidamente. A Luzia no le molestó la curiosidad de la mujer. Ella también sentía curiosidad por sí misma. Enfrente de ella, sobre la pared, colgaba el espejo redondo y grande del tocador. Luzia observó su reflejo. Parecía una muñeca de trapo mal confeccionada. Sus manos, los pies y el rostro eran de un color; el resto, de otro. Y en la parte interior de los muslos tenía un sarpullido, donde los pantalones habían rozado. Tenía el cabello enredado y las puntas más claras. Las mejillas y la nariz estaban cubiertas de pecas allí donde la piel se había quemado por el sol y se había pelado. Sus ojos tenían un verde más intenso ahora que el rostro estaba más moreno. Los pechos eran pequeños; los pezones, del mismo color moreno que sus manos. Tenía callos sobre los hombros, pequeños, de cargar los morrales y los odres de agua. Los huesos de su cadera sobresalían bajo la piel, y recordó a las cabras que tenían crías, con el pellejo estirado sobre las caderas por el peso de las ubres. Debajo del escote oscurecido, la clavícula formaba una profunda hendidura triangular.
Cuando Luzia terminó, la criada le entregó una tela floreada.
– Es un vestido -dijo la anciana-. No es correcto que una mujer use pantalones. No son los designios del Señor.
Los pantalones de Luzia estaban sucios y manchados de sangre. El vestido le quedaba holgado alrededor de la cintura y corto, pero tendría que ponérselo. Después Luzia y la criada llevaron un cuenco con agua caliente a la cama del Halcón. La vieja le levantó la cabeza. Gimió, pero no se despertó. La sangre formaba costras sobre sus manos; una mancha de tierra le embadurnaba el cuello. La criada intentó quitarle la túnica manchada, pero no podía hacerlo sola.
– No es momento de ser tímidas, muchacha -dijo la anciana bruscamente, con la pipa aún moviéndose en la boca-. Ayúdame.
Luzia le quitó la túnica. Tenía la piel ardiendo por la fiebre. La criada cogió un cuchillo afilado y le cortó lo que quedaba de los pantalones manchados. Debajo llevaba pantalones cortos de lona. La criada le entregó a Luzia un lío de trapos y una barra de jabón.
– Debes ocuparte tú -dijo-, yo tengo mis propios quehaceres.
La anciana cogió la ropa sucia y se marchó. Luzia se quedó mirando la puerta, y luego el cuenco de agua hirviendo. El agua se enfriaría si no comenzaba pronto. El se enfriaría. Respiró hondo. Lo lavaría como había medido a los muertos en Taquaritinga: rápida y eficientemente, concentrándose en las partes y no en el todo. Comenzó con los medallones de los santos, desenredando los hilos rojos y las cadenas de oro. El Halcón se movió, pero no se despertó.
Luzia le pasó un trapo húmedo alrededor de los ojos, por el puente aplastado de la nariz, alrededor de la cicatriz blanca, sobre el cuello moreno.
Apretó el trapo con fuerza. No dejó que se le resbalara de los dedos. Tenía partes oscuras: sus manos, sus gruesos dedos, sus tobillos y sus pies. La piel era gruesa y estriada, como la cáscara de una naranja. Otras partes no habían sido expuestas al sol ni a los espinos del matorral. La parte más estrecha de su espalda, el interior de las piernas y de los brazos eran pálidos y suaves, como la piel de un niño. Sus pezones eran pequeños y redondos, con un tinte púrpura, como si le hubieran puesto dos moras sobre el pecho. Tenía dos tipos de vello: uno era dorado y suave, otro negro y grueso como el hilo. Alrededor de la cintura, en el lugar donde solía llevar el cinturón cartuchera, la piel era más oscura y callosa. El cinturón le había rozado la piel y tenía una aureola alrededor. También tenía otras cicatrices. Algunas eran brillantes y redondas, como monedas. Otras tenían forma de estrella y los bordes dentados, como las plantas de macambira. Y muchas eran diminutas y deformes, picaduras de insectos que habían sido rascadas demasiadas veces. O tal vez eran las picaduras de abeja que había sufrido de niño.
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