– Cuando dé la señal-dijo el Halcón-, ponte esto. Hasta entonces, mete un trapo en el cencerro para que el badajo no haga ruido.
Anochecía cuando aparecieron las tropas por el camino; avanzaban como había predicho el Halcón, hacia la verja principal. Los soldados se desplazaban en varias hileras y mantenían los rifles apuntados hacia invisibles objetivos. La casa del rancho permanecía silenciosa. Dentro, el Halcón había dejado los faroles encendidos. El y Luzia se agazapaban en el extremo opuesto del jardín del coronel, cerca de la entrada al corral de cabras. El Halcón se aferró al brazo torcido de la joven.
El sol del crepúsculo arrojaba sombras sobre el matorral. De lejos, las hojas arqueadas de las palmeras oricuri parecían cangaceiros inmóviles, decenas de ellos, diseminados por el matorral. Un soldado se asustó y disparó a los árboles; el tiro resonó en el aire. En el corral que estaba al lado de Luzia, las cabras balaron enloquecidas. Rápidamente, el Halcón abrió la puerta del corral.
Con el segundo y el tercer disparo de los soldados, las cabras atemorizadas salieron de su encierro en una gran marejada de confusión. Los animales empujaron y corcovearon. Sus cencerros de bronce resonaron como una gran banda de música delirante. Se escucharon más disparos. A su lado, Luzia oyó un zumbido agudo.
Pasó silbando y se clavó en el poste del corral con un ruido seco. El Halcón la empujó hacia abajo, sobre el vientre. El polvo seco y arenoso entró en la boca de Luzia. El Halcón se ató un cencerro de cabra alrededor del cuello y ordenó a Luzia que hiciera lo mismo.
Los demás cangaceiros estaban en cuclillas, moviéndose a lo largo del cercado, al lado de la masa confusa de cabras. Ellos también se habían puesto los estruendosos collares, y en el crepúsculo sombrío era difícil distinguir hombres y animales.
El puñado de cangaceiros apostado fuera de las verjas avanzó disparando a los soldados desde todos los ángulos y empujándolos al jardín. Los hombres del Halcón eran un enemigo invisible. Las balas provenían de todos lados, y de ninguno. En la oscura tarde, era fácil confundir los señuelos de hojas de oricuri con hombres de verdad. Las tropas se dividieron frenéticamente. Los soldados tropezaban entre sí. Algunos cayeron; los sobrevivientes de la primera andanada de disparos apuntaron sus antiguos rifles contra las cabras, los árboles.
– ¡Idos a la mierda, cangaceiros! -gritó un soldado.
– ¡Que se vaya a la mierda tu madre, soldado! -gritó a su vez Ponta Fina, y lanzó una risotada.
El Halcón soltó el brazo de Luzia. Apuntó y amartilló el Winchester. El rifle hizo un ruido seco y disparó. Después de la explosión, los oídos de Luzia parecían estar llenos de agua. Los alaridos de los hombres sonaban muy lejanos. Otro rifle disparó, y luego otro. El revólver de Luzia pendía, pesado e inútil, de la pistolera que el Halcón le había dado. No había practicado, y en medio de todo ese estruendo de cencerros, humo y explosiones pavorosas, Luzia sólo atinó a atrincherarse junto al Halcón.
A medida que cayó la noche, un resplandor verde se hizo visible en los rifles cada vez que disparaban, iluminando los rostros de los hombres. Se parapetaban detrás de los postes del corral, las piedras y los troncos de ipé. Rápidamente abrían los rifles y deslizaban más cartuchos en el interior. Cerca de ella, Baiano maldecía el cañón caliente de su fusil. Se bajó el pantalón y se sentó en cuclillas sobre el rifle. El cañón de la escopeta chisporroteó. El olor a orina se coló entre el polvo y el humo. Baiano se subió el pantalón y cogió el Winchester enfriado.
Luzia no supo durante cuánto tiempo dispararon y se arrastraron. Tenía las rodillas llagadas; los músculos de la pierna le ardían y temblaban cada vez que se movía. El zumbido en los oídos era ensordecedor. Finalmente, el Halcón soltó un silbido agudo. Lo había planeado así, pues sabía que no podrían acabar con todos los soldados. Los cangaceiros se retirarían lentamente, dividiéndose por parejas; cruzarían el río y luego se reunirían en la iglesia de Marimbondo. Se trataba de una capilla abandonada, en el lado del río perteneciente a Bahía. Las avispas rojas habían construido sus avisperos en los aleros de la capilla, detrás del altar, y debajo de sus bancos despedazados; la iglesia se había transformado en una enorme colmena. Rara vez entraba la gente allí, por lo que el matorral que rodeaba la capilla era el escondite perfecto.
Como cabras desesperadas, los cangaceiros se deslizaron bajo los travesaños de la cerca del coronel. El Halcón se arrancó de un tirón el cencerro que tenía alrededor del cuello y se aferró a la mano de Luzia. Era difícil verlo en la oscuridad con tanto humo. Sintió sus dedos contra el cuello, tirando del collar de cuero. Cuando logró desabrocharlo, Luzia oyó el conocido zumbido. Una cabra se desplomó al lado de ella. El Halcón se quedó inmóvil. Levantó el rifle. El zumbido pasó de nuevo al lado de ellos, pero cuando cesó se oyó un impacto sordo, como un puño contra una almohada. El Halcón jadeó. Se tambaleó y apretó la mano de Luzia con fuerza.
Una red de ramas quebradizas se cruzaba en su camino. Viñas secas se enroscaban como serpientes negras alrededor de los árboles. Mientras avanzaban por la maleza, el Halcón se apoyó en Luzia. Un viso de sudor brillaba en su rostro; respiraba jadeando, con dificultad. Avanzaron lentamente. El cielo adquirió un tinte metálico. Los pájaros piaban vacilantes, como si quisieran asegurarse de que aún podían cantar. Cuando salió el sol, guardaron silencio una vez más. Luzia halló sombra bajo un raquítico juazeiro. Unas horas antes, el Halcón se había quitado los morrales y había atado con fuerza la chaqueta alrededor del muslo herido. La sangre había empapado la tela. Caía goteando sobre su alpargata, manchando el cuero de la sandalia y cubriéndole el pie. Luzia se arrodilló a su lado. Se desabrochó la chaqueta. Se avergonzó de la camiseta que llevaba debajo…, había cortado la parte de abajo de un camisón viejo, pero seguía usando la pechera. Estaba amarillenta y deshilachada. Luzia no pensó en ello, no había tiempo para la vanidad. Desató la chaqueta tiesa, empapada de sangre de su pierna, y la reemplazó por la suya. El Halcón se estremeció cuando anudó las mangas de un tirón.
– Toma -dijo, sacando una navaja corta de su funda-. Usa esto. Entierra la chaqueta ensangrentada.
Luzia cogió el cuchillo y comenzó a cavar. El Halcón tosió; gotas de sudor poblaban su frente.
– El río no está muy lejos -dijo el cangaceiro herido-. Alrededor de doscientos metros. Necesitamos cruzarlo. Estaremos a salvo en Bahía.
Luzia oía el rumor del caudal del San Francisco. Lo olía. Habían andado en paralelo al río durante toda la noche, pero no se habían acercado a él, cuidándose de las tropas que aún pudieran rondar cerca. Caminarían río abajo hasta que el Halcón juzgara que era seguro cruzarlo. Cuando terminó de enterrar la chaqueta, cortaron un pedazo de carne seca. Con las manos temblorosas, el Halcón le enseñó a partir por la mitad un cactus bonete y a comer la pulpa suave de su interior. Luzia quería limpiarle la herida; aún tenía la mercromina en el morral desde sus primeros meses en la caatinga. El Halcón negó con la cabeza e insistió en seguir.
Se apoyó en ella durante todo el día. Algunas veces sentía la piel ardiendo. Otras, cuando ponía la mano contra su cuello, estaba frío y húmedo, como el de un sapo. Cuando llegó la tarde no podía arrodillarse, pero aun así rezó, apoyándose contra un árbol de tronco liso y aferrando con las manos las medallas de sus santos. Cuando terminó, se desplomó sobre el suelo. Luzia le puso la cantimplora en la boca. La fiebre le provocaba sed. Bebió y cerró los ojos. Sus labios se movían, para rezar o delirar, Luzia no pudo saberlo. Tragó con dificultad y habló:
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