Degas le prometió una compensación en Recife, en donde le brindaría una tarta de tres pisos y comida exquisita. Hubiera sido un desperdicio hacer la fiesta en Taquaritinga, le explicó, y Emília tuvo que reconocerlo a regañadientes. Le hubiera gustado una fiesta sonada en el pueblo, para demostrar a las comadres del lugar que ella ya no era Emília dos Santos, la costurera deshonrada, sino doña Emília Coelho.
La recién casada abrió la ventanilla. El viento frío entró silbando a través del resquicio abierto. La luna se hallaba en lo alto. Su luz bañaba el campo, dando a los árboles desnudos un resplandor blanquecino. Abrió el nuevo maletín de viaje y sacó el retrato de comunión de Luzia y ella. Durante la ceremonia de la boda había colocado el retrato -disimulado bajo una toalla bordada- en el primer banco, y después, durante el descenso a caballo de la montaña y el trayecto en carruaje hasta Caruaru, lo llevó apretado contra el pecho. Degas no le preguntó qué había bajo la toalla bordada. Pensó que se trataba de un amuleto, un capricho que servía de consuelo a Emília, pero que no era asunto suyo. Su discreción, o desinterés, fue un alivio.
Fuera, en los bosques, la oscuridad era absoluta. Los troncos de los árboles se esfumaban entre las sombras. El suelo había desaparecido. Era como si una enorme pieza de tela negra se hubiera desenrollado ante ellos y estuvieran flotando por encima. Con cada sacudida del tren, Emília se estremecía de emoción y de pavor. Era la misma sensación que había tenido hacía mucho tiempo, cuando su hermana y ella corrieron hacia el árbol de mango con sus vestidos de fiesta.
– Recife -susurró Emília. Desprovisto de consonantes, el nombre de la ciudad era aún más bello. «Eee», como una larga exhalación, «iii», como el silbido del aire y de las aves, y «eee», otra exhalación. Además, la última sílaba nombraba lo que en ese momento la inundaba: fe.
Cuando salieron del tren, el sol brillaba con fuerza. Deslumbrada, se le humedecieron los ojos. El sudor perló su labio superior. El pelo se le rizaba; cuanto más cerca estaban de la costa, más ensortijado se volvía, hasta que al llegar a la estación central de Recife se transformó en una maraña hirsuta que asomaba por debajo del sombrero de ala pequeña que Degas le había regalado. Allí en la estación, en la cúpula abovedada había cuatro halcones de bronce con las alas desplegadas que relucían bajo la luz del sol de la tarde. Emília sintió un tirón en la falda de su vestido de viaje recién estrenado. Miró hacia abajo y vio a un golfillo. Uno de sus ojos supuraba pus.
– ¡Tía! -gritó el niño-. ¿Tiene una moneda?
– ¡Largo! -ordenó Degas. El pequeño mendigo salió corriendo.
Degas agarró con fuerza el brazo de Emília y la guió hacia delante. Era algo frecuente, lo de agarrarle la mano con demasiada fuerza, sujetarle enérgicamente la muñeca. En Caruaru, antes de tomar asiento, Degas había intentado quitarle la chaqueta de viaje sin tener en cuenta los broches, que se engancharon con la blusa y estuvieron a punto de desgarrarla. Emília creía que se trataba de simple torpeza, de una impaciencia infantil que ella podría remediar con el tiempo. Abrazó con fuerza su maletín de viaje y dejó que Degas la condujera al carruaje.
Había coleccionado muchas fotografías de Recife: imágenes de jardines bellamente ornamentados; puentes de hierro forjado; calles empedradas con raíles para el tranvía que se extendían, largos y sinuosos, como cintas de metal sobre el suelo. Emília no había pensado en lo que podía haber en los márgenes de esas fotografías, más allá de las fronteras de sus marcos. Las alcantarillas estaban repletas de vegetales podridos y trozos de vidrio verde. Mujeres descalzas balanceaban sobre la cabeza canastas con frutas de color rojo. Los tranvías chirriaban sobre los raíles de metal. Oyó los gritos de los vendedores ambulantes, los aullidos de los perros callejeros, los chillidos salvajes de los pájaros. Las aguas marrones del río Capibaribe corrían, caudalosas, a su lado. Emília jamás había visto tanta agua. Casitas de madera se tambaleaban precariamente sobre sus orillas, y temió que se derrumbaran de un momento a otro. La humedad de las lluvias de invierno aún impregnaba el aire. El sol se abatía sobre montones de excremento de caballo diseminados por las calles. Emília se enjugó la frente. Cuando cerró los ojos, sintió como si estuviera dentro de una enorme y fétida boca. Rápidamente, los volvió a abrir.
Meses después, cuando con su suegra, doña Dulce, dieron sus primeros paseos alrededor de la plaza del Derby, Emília encontró finalmente los jardines y las mujeres elegantemente ataviadas de las fotografías. Doña Dulce le señalaba a cada mujer, susurrándole el nombre de casada, el nombre de soltera y si pertenecía a una de las viejas o de las nuevas familias. Algunas veces se cruzaban con esas mujeres, y debían pararse a conversar. Emília no dominaba aún el arte de la conversación. No podía recordar todas las palabras que doña Dulce le había prohibido usar. No tenía permitido hablar acerca de su familia. No tenía permitido hacer ninguna referencia a la costura. No podía gesticular como una persona del interior, ni tocarse el cabello ni tirar de las puntas de sus guantes. Emília se sentía a salvo guardando silencio. Daba la impresión de ser agradable, encantadora, discreta. Por cortesía, las mujeres se dirigían a ella e inevitablemente le pedían que contara sus primeras impresiones de Recife. Emília no podía decirles que se sentía defraudada. No podía describir su pánico, sus náuseas. «La buena educación -solía decirle doña Dulce durante sus interminables lecciones de etiqueta- exige que jamás manifiestes un sentimiento desagradable». Por ello, cuando la mujer formuló la pregunta, Emília omitió por completo su llegada y comenzó el relato por la casa de los Coelho.
Había llorado de alegría al verla. La casa de dos pisos estaba pintada de blanco, y tenía remates curvos de cerámica en la fachada y alrededor de las ventanas. Los postigos y las entradas rematadas en arcos eran de color crema, y cada tejado estaba coronado por una pina de cerámica, cuya superficie brillaba, vidriosa, bajo el sol de la tarde.
– ¡Parece una tarta de boda! -exclamó Emília.
Degas se rió. La dejó con la criada, que condujo a Emília a través de los amplios pasillos de baldosas. La sirvienta -una muchacha que tenía la edad de Emília, o tal vez menos- caminaba presurosa. Emília no pudo echar un vistazo al interior de las numerosas habitaciones de la casa, ni acariciar la barandilla de bronce de la escalera principal. La muchacha la condujo a través del patio central. Había una fuente bordeada de helechos, dentro de la cual un diminuto caballo con cola de pescado echaba agua por la boca. Emília habría querido tocar sus verdes escamas.
Al otro lado del patio, la criada abrió unas puertas con paneles de vidrio. Le hizo un gesto a Emília para que entrara.
– Su sombrero -dijo la criada, extendiendo la mano. Tenía la mandíbula cuadrada y era delgada. Llevaba una cofia blanca almidonada, con una cinta de encaje que se ajustaba sobre la frente, dándole un aspecto elegante, casi majestuoso. Se parecía a una actriz que Emília había visto una vez en Fon Fon.
– No -dijo Emília, aferrándose a su sombrero. No podía quitárselo y mostrar su horrible pelo ensortijado.
La criada se encogió de hombros e intentó cogerle el maletín. Emília se echó hacia atrás.
– No es necesario.
– Entonces, espere aquí -dijo la muchacha-. Enseguida viene doña Dulce.
Después de que la criada se marchara, Emília inspeccionó la sala. Empotrados en las cuatro esquinas más altas había cuatro querubines de yeso, con las mejillas infladas y redondas, y los brazos regordetes extendidos. En los nichos de las paredes, docenas de madonas de madera fijaban sus tristes miradas sobre los sofás con respaldos de mimbre y las sillas de caoba de la habitación. Un ventilador portátil ronroneaba en el rincón más alejado. Era grande y plateado, con una rejilla metálica frente a sus paletas. Dentro de la rejilla había un bloque de hielo. Emília se paró delante del ventilador. El aire frío le despejó el rostro. Había oído hablar del hielo, pero jamás lo había visto. Era traslúcido y brillante, como una piedra preciosa.
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