– ¡María Aparecida da Silva! -gritó el hombre.
– ¿Conoces el nombre de tu padre? -preguntó el Halcón.
– Vete al diablo.
El Halcón flexionó los codos. Levantó el puñal. El cuchillo era como una larga aguja. Luzia recordó las lecciones de Ponta Fina respecto del cuchillo: aplicado en el lugar preciso, el puñal podía perforar el cuerpo de un lado a otro, atravesando el corazón, los pulmones y el estómago. Había un hoyo en la base del cuello del capanga, una cavidad natural entre la clavícula y el hombro. El Halcón presionó allí con la punta de su puñal.
– ¿Para quién trabajas? -preguntó.
– Trabajo para el coronel Machado -replicó el capanga-. Un hombre de verdad, no como tú, ¡cangaceiro vagabundo!
El Halcón sonrió. Mantuvo los brazos rígidos, el cuchillo perfectamente quieto.
– ¿Sabes por qué se te juzga? -preguntó.
– ¡Sólo Dios podrá juzgarme! -gritó el capanga.
El Halcón enderezó los brazos. La hoja penetró en el hoyo del hombro, y luego desapareció. Un chorro delgado y oscuro se disparó hacia arriba y manchó los puños del Halcón. Éste soltó un largo suspiro, y luego se inclinó hacia delante, como si estuviera susurrando algo al oído del capanga. El hombre abrió los ojos desmesuradamente. Se tambaleó, y luego se desplomó hacia delante. Con suavidad, el Halcón sacó el puñal y se lo entregó a Tomás.
El proceso se repitió con el siguiente hombre, salvo que el hijo de Seu Chico hizo las preguntas con la voz temblorosa. El Halcón se colocó a su lado, animándolo a proceder más lentamente. El muchacho tanteó buscando el hoyo entre la clavícula y el hombro, y luego sujetó el puñal con firmeza. Un instante antes de inclinarse hacia delante, Tomás se estremeció. El puñal se desplazó del lugar adecuado. A mitad de camino, se atascó. El capanga lanzó un gemido. Tomás tiró del puñal. Ponta Fina corrió desde el umbral y le entregó al hijo de Seu Chico otro cuchillo de hoja gruesa, el mismo que usaba para cortar de un tajo la cabeza a las cabras y las lagartijas del matorral. Tomás, con el rostro perlado por el sudor, cogió el cuchillo nuevo y lo dirigió al cuello de la víctima. Luzia se tapó los ojos. Sintió el frescor del marco de arcilla de la puerta. Se desplomó contra él. Se oyó un golpe, como el ruido sordo que se escucha al cortar una calabaza por la mitad, y luego silencio. Luzia oyó una convulsión y ruido de líquido que se vertía. Se quitó las manos de la cara. El hijo del coronel Machado había vomitado. Tomás había vuelto a tallar y el capanga, ante él, seguía vivo, tambaleándose sobre las rodillas. Los ojos del hombre estaban vidriosos y la boca le temblaba; un hilo de saliva corría por su barbilla. Había un tajo profundo donde lo alcanzó el golpe impreciso de Tomás. Un pulmón, rosado y brillante, se asomó, hinchado, a través de la herida. El Halcón parecía irritado.
– Jamás cierres los ojos cuando apuntes -dijo a Tomás-. Es peor.
Cogió el puñal y se inclinó sobre el hombre herido. En manos del Halcón, el cuchillo penetró rápida y fácilmente. El capanga cayó hacia delante. Mientras se dirigían al siguiente hombre, el rostro del Halcón permanecía impasible. Dio unos pequeños golpecitos a su gran cartuchera. Le dijo a Tomás que se apresurase, que fuera eficiente.
El comadreo de Taquaritinga decía que el Halcón gozaba viendo sangre, que le encantaba. Pero Luzia no creía que fuese la sangre. Había despiezado cabras, gallinas y lagartijas teú; sabía lo fácil que era romper un cuello, cortar un miembro, hacer un tajo en el vientre; y lo tedioso que resultaba. La sangre era lo último, casi lo de menos. Aparecía después de que sucedía todo lo importante. Recordó el rostro del Halcón cuando tocaba la quadrilha y durante el interrogatorio, su ebria locura, su sonrisa maníaca. Disfrutaba de la humillación y de su propia capacidad de brindar un espectáculo. Todo el mundo gozó…, hasta Luzia. ¿Acaso no había sentido emoción cuan do ordenó que se desnudaran, se inclinaran y se arrodillaran? ¿No contuvo el aliento cuando blandió el puñal y suave y rápidamente lo deslizó en sus cuellos?
Luzia sintió un nudo en el estómago. El pulmón del segundo hombre se había desinflado, y había desaparecido dentro de la temible herida. Los restantes hombres estaban desplomados sobre el suelo, como sacos de harina. La saliva de Luzia se volvió espesa y tibia. Se agachó y huyó corriendo del portal.
Detrás de la plaza había un camino de tierra bordeado por más casa de arcilla. Las gallinas picoteaban con calma el suelo, indiferente a los sucesos de la plaza. Luzia tropezó; su cuerpo pareció desplazarse con independencia de la mente. Las gallinas se dispersaron.
Llamó a una puerta cercana. Dentro oyó pasos que se arrastraban y voces bajas, pero nadie abrió. Golpeó la puerta inútilmente y luego corrió a otra, y a la siguiente. Al final de la hilera de casas, vio la puerta trasera de la capilla de Fidalga. Era una pequeña entrada bloqueada por una verja de hierro forjado. Luzia metió las manos a través de las volutas de hierro. Sacudió las verjas. Un hombrecito se asomó detrás de la puerta de la capilla. Llevaba una túnica marrón y tenía la tonsura de los frailes.
– ¿Quién eres? -preguntó el monje. Sus ojos recorrieron su rostro, su morral, sus vasijas de agua, y finalmente se detuvo en lo más chocante, los pantalones-. Tú estás con esos hombres.
– Por favor -susurró Luzia, temiendo gritar-, escóndame.
– Tú eres su prostituta -replicó el monje-. Saquearás la capilla.
Luzia sacudió la verja con toda su fuerza. Los goznes crujieron. Los ojos del monje se agrandaron. Tanteó la puerta de la capilla y la cerró con fuerza.
Luzia se apoyó en la verja. En ese momento, su cuerpo era demasiado pesado para las piernas.
Los hombres abatidos en la plaza le recordaron al muñeco de Judas. Cada Semana Santa, las mujeres de Taquaritinga confeccionaban un muñeco de trapo del tamaño de un hombre y lo rellenaban con hierbas. Doña Conceição donaba un par de pantalones rotos y una camisa vieja. Algunos hombres le fabricaban un sombrero de paja trenzada. Colgaban el muñeco terminado en la plaza del pueblo. El domingo de Pascua, todos los niños reunían palos y piedras. Le pegaban al muñeco Judas hasta que se desplomaba y caía de su arnés. Una vez en el suelo, le seguían pegando. Le escupían y lo pateaban. Los adultos se reían. De niña, a Luzia le encantaba pegarle al muñeco. Se ponía detrás de la turba de niños. Usaba su brazo sano y le pegaba al muñeco hasta que le dolían los músculos. Le proporcionaba placer sentir el crujido de los palos perforando la piel de trapo del muñeco. El acre olor de sus vísceras de césped hecho jirones la excitaba. Ahora, pensar en ello le provocó náuseas.
Luzia apoyó la frente en la verja de la capilla. El aire de la mañana se había vuelto caliente y seco. El calor había acallado a los pájaros del matorral y había despertado a las cigarras. Su agudo zumbido resonó en sus oídos. Debajo del canto de las cigarras oyó el crujido de la grava en el camino, y una serie de soplidos rápidos y entrecortados. Luzia sintió que le tiraban del brazo. Ponta Fina estaba al lado de ella, exhausto.
– ¿Dónde estabas? -preguntó.
Antes de que pudiera responder, tiró de su brazo rígido, para arrastrarla. Luzia se resistió. Se lo quitó de encima y se puso a andar. Caminó rápidamente, sin saber adónde iría, pero queriendo apartarse de él, de la plaza, de aquel pueblo.
– ¡Espera! -gritó Ponta. Corrió a su lado para seguirle el paso. Desenvainó uno de sus cuchillos. Era un pajeuzeira de punta roma. Luzia se detuvo.
– Si te vas, dirá que ha sido por mi culpa -dijo Ponta, con la voz quebrada-. Me echará la culpa a mí.
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