Fijó la mirada en el lugar donde el doctor Eronildes había estado hacía apenas unos minutos. Ella creía que su presencia en el Banquete del Día de Difuntos era una excusa para verla y organizar un encuentro con Luzia, pero él se había ido del patio para seguir al doctor Duarte demasiado repentinamente como para preguntárselo. Ni siquiera se había despedido. Emília percibió cierta vergüenza en su partida. Su afición a la bebida había empeorado; cualquier hombre se sentiría avergonzado por esa dependencia del alcohol, se dijo Emília. Pero había percibido desesperación en su voz, en la manera apremiante en que le había susurrado. Había dicho que el testamento de su madre establecía condiciones y que su rancho no era rentable. Su traje se veía desgastado y las botas de ranchero estaban mal lustradas, el cuero se había agrietado en los pliegues. Los problemas financieros pueden llevar a cualquier caballero a la desesperación, pero Eronildes era un profesional. Era médico, y podía volver a desempeñar este oficio en tiempos de necesidad. Emília cerró los ojos. La medicina era el único lazo que el doctor Duarte y Eronildes compartían, nada más los unía. El doctor Eronildes había actuado honorablemente en el pasado, se dijo a sí misma. Y continuaría haciéndolo.
Expedito gritó. Emília abrió los ojos. Una tortuga lo había mordido; se agarró la mano herida. Tenía la cara roja, los ojos al borde de las lágrimas. El pequeño miró enfadado a Emília, como si hubiera sido culpa de ella, como si ella hubiera debido impedirlo.
El ataque al puerto fue rápidamente sofocado. Fue un estallido pequeño comparado con la rebelión de 1932 en Sao Paulo, pero había ocurrido en Recife, y se suponía que el noreste era un baluarte de Gomes. El presidente envió tropas. A las dos semanas, Gomes había redactado el borrador de la Ley de Seguridad Nacional. Al mismo tiempo cerró los tribunales y creó el Tribunal Supremo de la Seguridad para que se encargara de procesar a los sospechosos de amenazar la integridad nacional de Brasil. Se suspendió el hábeas corpus. Todos los que se oponían a Gomes o perturbaban el orden nacional -desde los intelectuales hasta los ladronzuelos- fueron encarcelados. Las prisiones se llenaron y algunos barcos de guerra fueron convertidos en cárceles flotantes en el puerto de Río de Janeiro. En Recife, la Policía Militar recorría los barrios, especialmente el centro y el Barrio Recife, donde había liberales y estudiantes.
Un antropólogo local amigo de Lindalva publicó un libro que el Diario de Pernambuco consideró «pernicioso, destructor, anarquista y comunista». El libro decía que los brasileños no sólo eran producto de los portugueses, sino también de las influencias africanas y nativas. No se trataba de una cultura monolítica, decía el antropólogo. El doctor Duarte dijo que el libro era pornográfico. El gobierno de Gomes prohibió su venta y cerró todos los centros culturales africanos y sus locales religiosos. El amigo de Lindalva se exilió en Europa.
Gomes puso en vigor su Ley de Seguridad Nacional con tal rapidez que la gente no tuvo tiempo de reaccionar ni de protestar. El doctor Duarte, como tantos otros, creía que el comunismo era una amenaza mayor que la nueva ley de Gomes. En el salón de los Coelho, Emília se sentaba entre Degas y el doctor Duarte a escuchar por radio los noticiarios nocturnos. Un líder italiano a quien llamaban il Duce se preparaba para invadir Etiopía. En España se hablaba de una posible guerra civil. En el puerto de Sao Paulo, doscientos judíos alemanes habían desembarcado, huyendo de su nuevo Führer. La agitación se expandía por todo el mundo y Brasil no era diferente. Muchos brasileños creían que Gomes era como un padre severo que trataba de protegerlos de la inestabilidad. Otros decidieron abandonar el país antes de que la situación empeorara. Varios científicos, escritores y profesores de Recife aceptaron discretamente trabajos en el exterior. Lindalva y la baronesa cerraron su casa en la plaza del Derby y se dispusieron a hacer un largo viaje para visitar a un primo en la ciudad de Nueva York. Prepararon baúles llenos de ropa y libros. Lindalva cerró su cuenta bancaria y, durante la última comida de Emília en el porche de la baronesa, puso un sobre grande en sus manos. En el interior había gruesos fajos de billetes.
– Tus ahorros para escapar -dijo Lindalva-. Úsalos ahora. Ven con nosotras.
La baronesa asintió con la cabeza.
– No creo que una mujer casada deba escapar de sus responsabilidades, pero cuando un marido no tiene en cuenta el bienestar familiar la esposa debe considerar su propia conveniencia. El barón me enseñó eso. La situación aquí se pondrá cada vez peor. Gomes es ambicioso. Va a querer más y más, y luego no va a saber qué hacer con todo eso.
– Diles a los Coelho que nosotras seremos tus protectoras -sugirió Lindalva, sonriendo-. Velaremos por tu honor.
– No puedo irme -respondió Emília.
– El taller se puede cerrar -alegó Lindalva-. Las costureras encontrarán trabajo.
– No es por el taller -replicó Emília, sin poder mirar a su amiga a los ojos. Sintió que su garganta se cerraba.
Lindalva y la baronesa juraron que regresarían a Brasil, pero Emília sabía que estaba perdiendo a sus únicas aliadas. Quería ir con ellas, empezar una nueva vida en una ciudad extranjera, pero no podía. Había prometido hacer otro viaje. En lugar de dejar Brasil, Emília había jurado internarse más en el país. Debido a la Ley de Seguridad Nacional, cualquier amenaza contra el Estado -incluida la actividad de los bandidos de las tierras áridas- era considerada grave. El doctor Duarte y el interventor Higino esperaban ansiosos la llegada de las Bergmann. Enviaron más tropas al interior. Emília sufría todos los días al leer el periódico y no dejaba de preguntarse qué cangaceiros habían sido capturados y cuáles decapitados. No podía soportar la tensión. Lo único que le brindaba consuelo era la propuesta del doctor Eronildes. Emília iba a viajar al interior para advertir del peligro a su hermana. Sólo cuando lo hiciera se sentiría libre.
Después de su visita, el doctor Eronildes había enviado tarjetas de agradecimiento a cada miembro de la familia Coelho, expresando gratitud por su compañía durante el Día de Difuntos.
Señora doña Emília:
Fue un placer verlos a usted y al niño otra vez. Me alegro de que ambos gocen de buena salud. Usted mencionó que deseaba hablar con un colega mío respecto de las oportunidades educativas para Expedito. ¿Todavía querría usted tener esa reunión? Estaré en Recife dentro de dos semanas. Por favor, deme su respuesta cuanto antes para poder hacer los preparativos necesarios. Resulta difícil encontrarse con mi colega, de modo que el tiempo es esencial.
Mientras tanto, he rezado a santa Lucía, como usted me recomendó. Espero que responda a nuestras oraciones. Como cualquier santo, ella necesita la prueba de nuestras buenas intenciones.
Atentamente,
Doctor Eronildes Epifano
Con poco más de dos meses de plazo antes de que llegaran las Bergmann, Emília tenía que poner en marcha sus planes. Cuando el doctor Eronildes visitara Recife, especificaría una fecha para la reunión. Entonces Emília abriría su joyero para darle a Eronildes la vieja navaja de su hermana, la que tenía una abeja tallada en el mango, para que se la entregara a la Costurera. Esa navaja serviría como prueba de que la cita era auténtica, de que ella iba a estar allí.
Emília les dijo a los Coelho que necesitaba nuevas telas para estar preparada para los próximos bailes de Año Nuevo y de carnaval. Dijo que quería usar diferentes clases de materiales y que una tienda de Maceió tenía una gran variedad. Los envíos de caridad habían hecho que el doctor Duarte se convirtiera en un admirador del «pasatiempo de costura de Emília». No ponía ninguna objeción a ese viaje. Doña Dulce estaba siempre contenta de ver a Emília fuera de la casa, pero no le gustaba la idea de que una esposa joven viajara sola.
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