Para comer había pescado asado a la parrilla y mejillones sururu. La leche de coco burbujeaba y hacía espuma en grandes soperas de plata. Los mejillones flotaban en el caldo. Los camareros pusieron cuencos de porcelana con arroz, harina de mandioca tostada y platos individuales de limas junto a cada comensal. El doctor Duarte echó un montón de guindillas picantes en su comida.
– Señor Chevalier, ¿usted come guindillas? -le preguntó el doctor Duarte.
– Mi estómago es delicado -respondió el piloto.
– ¡Tonterías! -resopló el doctor Duarte. Hizo señas reclamando el plato de Chevalier. Su invitado se lo pasó obedientemente al doctor Duarte, que amontonó las pequeñas guindillas rojas en él.
– ¡Usted debe aprender a desarrollar su resistencia! -aconsejó el doctor Duarte-. El cuerpo es controlado por la mente. ¿No es así, Degas?
– Sí, señor -masculló Degas. Miró a Chevalier, que mordió un bocado de su comida y rápidamente cogió su copa de agua. Chevalier bebió varios tragos largos y luego se secó los ojos con una servilleta. Lindalva dejó escapar una risita. Delante de ellos, el doctor Eronildes sonrió. Degas se puso rojo.
– ¿Qué lo trae a Recife, doctor? -preguntó Degas con voz fuerte-. ¿Negocios?
– No exactamente -respondió el doctor Eronildes. Se tocó el brazalete negro-. Mi madre falleció en Salvador hace unas semanas. He viajado allí para el funeral. Ahora tengo que resolver algunos asuntos relacionados con sus propiedades aquí en Recife.
– Lamentamos su pérdida -dijo Emília.
El doctor Eronildes asintió con la cabeza.
– Vamos a buscar un buen local después de la comida -informó el doctor Duarte-. Para el consultorio de Eronildes.
Un grumo seco de harina de mandioca se quedó en la garganta de Emília. Tosió.
– ¿ Se va a mudar aquí? -preguntó con voz ronca.
– Lo estoy pensando -respondió Eronildes-. Salvador tiene demasiados recuerdos para mí.
– ¿Y su rancho? -quiso saber Emília.
El doctor Eronildes la miró a los ojos, con los suyos inyectados en sangre.
– No se ha recuperado de la sequía. Planté todo de nuevo; fue una gran inversión. Pero el algodón no produce lo mismo que antes. Mi ganado es joven. Los animales todavía están demasiado flacos como para venderlos. Fue deseo de mi madre (o un requisito, realmente), en su testamento, que yo regresara a la costa. Estaba preocupada por mí. Quería que me asentara, que abriera un consultorio, que me casara.
– Una mujer sensata -interrumpió doña Dulce.
El doctor Duarte asintió con la cabeza.
– Los agricultores pierden dinero. Los doctores lo ganan.
– Eso depende del agricultor -dijo la baronesa.
– Así que usted tiene que tomar una decisión ahora -intervino Degas-. Usted ya no puede ser dos hombres a la vez.
Eronildes sostuvo la mirada de Degas.
– Conservaré el rancho -dijo finalmente el doctor-. No será una propiedad activa, pero podré visitarla. Además, no tendré que mudarme de inmediato. Las disposiciones póstumas de mi madre respecto a sus propiedades necesitarán meses para que los abogados terminen de implementarlas.
– ¿Entonces va a regresar a su rancho? -quiso saber el doctor Duarte-. ¿Pasará allí mucho tiempo?
Eronildes asintió con la cabeza.
– Regreso esta noche.
– Usted no se irá sin conocer a Expedito -dictaminó el doctor Duarte-. Ya es un muchacho grande. ¡Gordo, resistente, lleno de energía! -Puso una guindilla entre sus dedos y se la mostró a Chevalier-. Tiene menos de tres años y el niño ya puede comer una de éstas sin pestañear.
Chevalier se revolvió en su asiento.
– Supongo que no ha sabido ni una palabra de los padres del niño -le comentó Degas a Eronildes.
– Yo soy su madre ahora -interrumpió Emília.
– Iremos a casa después de comer -continuó el doctor Duarte, ignorándolos-. Así Eronildes podrá ver al niño.
– Señor -dijo Degas-, el señor Chevalier y yo querríamos hablar con usted después del banquete; en su estudio.
– Podemos hablar aquí -replicó el doctor Duarte.
– Se trata de asuntos importantes -explicó Chevalier bajando la voz-. Asuntos del gobierno.
– Debe ir a la oficina del interventor para eso -señaló el doctor Duarte-. Yo no soy funcionario del gobierno. Soy poco más que un científico.
Chevalier miró a Degas.
– Padre-intervino Degas, forzando una risa-, no sea modesto. Sabemos que usted es más importante de lo que deja ver.
– La modestia es una gran virtud -sentenció su padre-. Casi tan grande como el decoro.
– Tiene que ver con los cangaceiros -insistió Chevalier-. ¿Usted ha leído el último número del Diario de Pernambuco?
El doctor Duarte se puso tenso.
– Sí. Por supuesto.
Emília miró al doctor Eronildes, al otro lado de la mesa. Éste observaba atentamente al piloto.
– Así que usted leyó mi propuesta en las páginas de opinión -dijo Chevalier.
– ¿La de sobrevolar en avión las tierras áridas? -intervino Lindalva.
– ¡Exactamente! -El piloto sonrió.
– Hay apoyo popular para eso -dijo Degas-. He escuchado a mucha gente hablando del tema. ¡Será como en las películas de guerra!
– Algo horrible, esas películas -señaló la baronesa.
– Será mucho más fácil eliminar a los cangaceiros desde un avión -continuó Chevalier-. Una vez que termine, la policía puede ir a buscar los cuerpos y traerlos a su laboratorio para que sean estudiados.
– ¿Y cómo piensa exterminarlos? -preguntó el doctor Duarte.
Emília jugueteó con su copa de agua. Chocó con su plato y el líquido se derramó, oscureciendo el mantel.
– ¡Duarte! -exclamó enfadada doña Dulce-. No debemos hablar de esas cosas el Día de Difuntos. Respeta a los muertos.
La baronesa agitó su mano artrítica.
– Los muertos no nos van a escuchar -dijo-. Tienen preocupaciones mayores.
– ¿Ha volado usted alguna vez sobre esas tierras? -quiso saber el doctor Duarte, dirigiéndose a Chevalier.
– No -respondió el piloto-. Pero he volado sobre el océano y en la niebla. Sé cómo volar, señor.
– No me preocupa su vuelo -continuó el doctor Duarte-. Me preocupa su aterrizaje.
– Oh, puedo aterrizar también -respondió Chevalier con una sonrisa.
– ¿Dónde? -insistió el padre de Degas, cuyas mejillas estaban enrojecidas-. Si no me equivoco, un vuelo desde Río de Janeiro requiere que se detenga varias veces para reabastecerse de combustible. Quizá usted no se haya dado cuenta, pero nuestro estado de Pernambuco tiene más de ochocientos kilómetros de largo. Si usted vuela hacia las tierras áridas, en algún momento tendrá que aterrizar. No hay pistas de aterrizaje. Así que, ¿cómo se propone tomar tierra? -El doctor Duarte tamborileó con sus dedos sobre la mesa.
– El gobierno puede construir pistas de aterrizaje fácilmente -señaló Chevalier-. ¿Acaso no están construyendo una carretera?
– Intentamos construirla. Ha resultado más difícil de lo que habíamos imaginado.
– En Río sería un trabajo sencillo -dijo Chevalier.
– No estamos en Río -respondió el doctor Duarte-. Si usted echa de menos Río, tal vez deba regresar.
Un aplauso repentino llegó desde la parte delantera del comedor. El interventor Higino se puso de pie. Pronunció un breve discurso acerca de los sacrificios de los soldados y los trabajadores de la carretera desaparecidos, y dijo que todos los brasileños debían honrar a sus espíritus valientes. Cuando recordó a las víctimas del incendio del teatro, Emília miró al doctor Eronildes. El mantuvo la mirada hacia delante, ignorándola. Al final de su discurso se produjo otro aplauso. El interventor Higino levantó las manos pidiendo silencio.
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