Todos los días los cangaceiros rezaban pidiendo la lluvia y Luzia lo hacía con ellos. Pero en sus oraciones privadas -las que pronunciaba a solas, por la noche- pedía una señal. Si la sequía continuaba hasta febrero del nuevo año, abandonaría a la Costurera para siempre. Si llovía, eso quería decir que ella estaba destinada a continuar siendo una cangaceira, y que su lucha contra la carretera no había terminado.
La capitana observaba la maleza en busca de una respuesta. A poco de unirse a Antonio, sólo veía monotonía en la extensión gris de la caatinga. Estaba equivocada, el monte siempre estaba en transformación. La luz, el viento, las posiciones de las nubes cambiaban constantemente. Era como si la caatinga le estuviera hablando, y Luzia escuchaba. Durante la sequía, le decía dónde escondía el agua y la comida. Cuando aparecían más soldados, Luzia le preguntaba al monte qué rutas eran seguras y cuáles eran una trampa. La caatinga respondía con una repentina ráfaga de viento, o con un nido de avispas que bloqueaba algún sendero, advirtiéndola para que tuviera cuidado. En enero del nuevo año el aire cambió. Ya no era el aire seco y cortante que parecía crujir con el calor. En cambio, era pesado. Las nubes tapaban el sol, pero esto no era una novedad. Tantas nubes habían pasado sobre ellos durante la sequía que Luzia y los cangaceiros habían dejado de pensar en ellas como indicios de lluvia.
Esa noche, después de que el grupo hubiera instalado el campamento, una chica tiró del brazo lisiado de Luzia. Se llamaba Fátima y tenía unos ojos nerviosos e inquietos.
– Madre -dijo-, mira.
La niña señaló hacia un cactus mandacaru. Sobre su tallo más alto había una flor de gruesos pétalos.
– Podría estar anunciando rocío -dijo Luzia-. Una noche fría después de un día caluroso.
Esa noche Luzia no pudo dormir. Permaneció echada sobre su manta y estuvo atenta al posible ruido de las ranas saliendo de sus escondites bajo tierra. En cambio, sólo escuchó suaves suspiros y gemidos. Algunas parejas se habían alejado del campamento para hacer el amor.
Cada uno de los hombres estaba casado con una muchacha por él escogida. No era un juego, les había advertido Luzia. Casándose en la caatinga establecían uniones sagradas que serían bendecidas por un sacerdote cuando pudieran encontrar uno. Las parejas dormían separadas todos los viernes -el día sagrado- y la víspera de un ataque a la carretera, para no consumir sus fuerzas. Estaba prohibido el intercambio de maridos y de mujeres. Y no podía haber ningún bebé. Cualquier niño que naciera sería entregado a algún sacerdote o a alguna familia que fuera a abandonar la caatinga. Si las mujeres desobedecían, no habría excusa ni perdón. Sólo existía una solución para la desobediencia; Luzia se aseguró de que las jóvenes comprendieran esto.
– Tienes que elegir -le había dicho Luzia a cada una de ellas- entre ser una cangaceira o una mujer. No puedes ser ambas cosas. Y una vez que elijas, no puedes echarte atrás.
Si la joven no se estremecía ante estas palabras, Luzia la dejaba entrar en la banda.
Casi todas ellas eran víctimas de la sequía. Habían perdido a sus familias o habían sido vendidas a casas de mala fama a cambio de comida. Algunas habían pedido su ingreso en el grupo. Otras fueron persuadidas por los cangaceiros. No pasó mucho tiempo antes de que cada hombre tuviera su compañera.
Sabía que la presencia de las jóvenes podía desconcertar al grupo. Sabía que las mujeres eran causa de potenciales rebeliones y desastres, pero de todas formas las dejó incorporarse a la partida de bandidos. Su razón era egoísta: las muchachas mantendrían alto el valor de sus hombres. Ellas lograrían que éstos quisieran pelear para dar pruebas de su fortaleza a pesar del hambre y de sus dudas. Esas mujeres no se habían enamorado de un grupo de jovencitos descuidados de ojos nublados, sino de cangaceiros con rifles largos, sombreros de media luna y anillos de oro en sus dedos polvorientos. Se habían casado con bandidos, no con hombres normales, y ellas les recordarían esto a sus maridos todos los días. Luzia contaba con ello.
Las mujeres se dirigían a Luzia llamándola «madre», nunca «señora». El único nombre que la sacaba de quicio era Gramola, y ya nadie la llamaba así. Se obligaba a sí misma a recordar ese apodo cuando quería enfurecerse antes de un ataque. Gramola había sido considerada una simple lisiada, y por lo tanto inútil. Por eso, que pensaran de ella que era inofensiva suponía el peor insulto que le podían hacer, porque significaba que la podían ignorar fácilmente. Podía ser eliminada como si se tratara de una mosca. Las muchachas del grupo comprendían este sentimiento. Antes de la sequía, en sus antiguas vidas como esposas, hijas y hermanas, eran las intermediarias, los estoicos recipientes de la nueva vida y las receptoras de los castigos de sus maridos, de sus padres o de sus hermanos. Se les había dicho una y otra vez: «Sopórtalo, niña». Habían sido forzadas a inclinar la cabeza y a responder a todo hombre vivo: «Sí, señor». De modo que cuando cambiaron sus pañuelos de cabeza por sombreros de media luna y vestidos de lona albergaban una amargura que ningún hombre podía comprender. Pero Luzia sí podía, y ella era la que dictaba las reglas del grupo. No habría palizas. Las peleas en las parejas se resolverían con palabras, y si no podían solucionarse de esta manera intervenía Luzia, que decidía quién tenía razón y quién no. Cada mujer llamaba a su marido cangaceiro por su apodo y nunca le decía «señor». Ese tratamiento estaba reservado para Dios.
– ¡Gracias, Señor! -se oyó gritar a una joven apenas cayó la primera gota.
Era tarde, pero casi todos los cangaceiros todavía estaban despiertos, expectantes por la predicción de Luzia. El viento había mejorado. El ambiente estaba fresco. La primera gota pareció una broma. Luzia miró hacia arriba y se preguntó si algún animal subido al árbol encima de ella habría orinado. Luego cayó otra gota, y después otra. Luzia percibió el olor a tierra mojada.
Baiano lloró. Ponta Fina, Bebé, Inteligente y María Magra bailaron, se abrazaron, gritaron. Los cangaceiros se quitaron las armas y rodaron por el barro como niños. Las caras de todos estaban mojadas por la lluvia o por las lágrimas; no importaba la diferencia. Luzia quiso llorar, pero no pudo. Era como si la sequía, con su polvo y su arena, se hubiera instalado dentro de ella, pesada y aplastante. Dios había respondido. La maleza iba a florecer y crecer. La gente sacaría sus santos desteñidos y mutilados de los desvanes para venerarlos otra vez. Y Luzia iba a seguir siendo lo mismo que ya era: la Costurera.
La comida todavía seguía siendo escasa después de algunas pocas semanas de lluvia; los cultivos y los animales eran lentos a la hora de crecer y reproducirse. La maleza, sin embargo, se puso verde y floreció rápidamente. Los pueblos de toda la caatinga siguieron el ejemplo de la maleza y prosperaron. La gente se movía de un lado a otro por las calles de tierra. Se repararon las casas. Algunos araron sus terrenos y sembraron semillas de maíz y melón. Los pueblos que habían sido abandonados recobraron toda su burbujeante actividad y Luzia se preguntaba dónde se habrían estado escondiendo sus habitantes. Aparecían de la nada, como cigarras que de repente salen de sus secretos escondites para hacerse cargo de todo.
Luzia condujo a sus cangaceiros a lo largo del Chico Viejo, hacia el pueblo junto al río donde, hacía muchos años, Antonio y ella se habían sacado su primera fotografía juntos. La iglesia del pueblo había recibido una nueva mano de cal y brillaba bajo el sol de la tarde. Cerca, un empresario había abierto un cine. Era un viejo almacén de algodón, con altos techos con estructura de madera. Los cables eléctricos iban desde el tejado del cine a un poste cercano, luego a otro y a otro.
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