Cuando miraba a aquellos trabajadores de la gran carretera y a aquellos soldados mal disimulados, a Luzia le picaban los dedos. Sentía ruidos en sus oídos. Su pulso se aceleraba.
Antes de los primeros ataques, fortalecía su ánimo pensando en la muerte de Antonio y en la ausencia de su hijo. Pensaba en Gomes. Pensaba en la gente de ciudad, que se consideraba civilizada y correcta pero se regodeaba con las informaciones sangrientas del Diario. Los cangaceiros que cortaban las cabezas de los soldados eran llamados bestias, pero los soldados que cortaban las cabezas de los cangaceiros eran considerados patriotas y científicos. Entonces, antes de un asalto Luzia no tenía que buscar la furia en ninguna parte. Ya estaba allí. Su aversión por Gomes, por la carretera, por los soldados, por la ciudad, por la sequía y por todo lo que no estuviera relacionado con sus cangaceiros y su caatinga había crecido de manera tan rápida y furtiva como ciertos arbustos. La copa y el tronco de la planta eran aparentemente pequeños, pero sus raíces eran gruesas y profundas, y prosperaban más por debajo de la tierra que en la superficie. Antes de que pudiera controlarla, la aversión de Luzia había penetrado tan profundamente como las raíces de esos arbustos. Se convirtió en odio. Sentía su sabor en la boca, como la sal, que producía un hormigueo en los laterales de la lengua. Luzia dejó los binoculares.
– Ya es la hora -les susurró a Bebé y a María Magra.
Las dos mujeres eran sus mejores cangaceiras. Se habían puesto vestidos sencillos y se habían quitado las pistoleras. Ocultos debajo de sus ropas llevaban cuchillos peixeira, con las hojas metidas disimuladamente en las axilas. Bebé y María Magra se arrodillaron para recibir la bendición de Luzia. Puso los dedos sobre sus frentes e hizo la señal de la cruz.
– Yo os bendigo -dijo Luzia.
Después de esto, las mujeres se pusieron de pie y se fueron por la maleza. Dieron un rodeo contra el viento hacia el puesto de obras de la carretera. Los perros guardianes ladraron. Mientras el olor de Bebé y de María Magra distraía a los perros, el grupo de Luzia se acercó al campamento.
Al ver a las dos mujeres, los soldados de la carretera gritaron. Bebé y María Magra levantaron sus manos.
– ¡Queremos trabajar! -gritó Bebé.
Dos soldados se acercaron lentamente hacia ellas, moviéndose pesadamente, como si tuvieran los pies quemados. Ésa era la razón por la que Luzia atacaba al anochecer. Los trabajadores y los soldados de la carretera estaban cansados después de un día de trabajo bajo el sol de las tierras áridas. La fatiga hacía que los reflejos de los hombres fueran lentos, sus sentidos menos agudos. Luzia, Ponta Fina, Baiano y el resto de los cangaceiros -treinta en total- se dirigieron agachados y en silencio hacia el campamento. Luzia podía oler el estiércol fresco de los bueyes. Podía escuchar a los soldados que interrogaban a sus cangaceiras.
– ¿Qué clase de trabajo estáis buscando?
Bebé sonrió, mostrando sus pequeños dientes marrones.
– Cualquier trabajo que pueda hacer una mujer.
Los trabajadores espiaban desde sus tiendas. Unas pocas mujeres ya empleadas en el campamento de trabajo se acercaron a las visitantes, a observar a la competencia. El soldado comenzó a responderle a Bebé, pero se detuvo. Miró hacia la maleza.
– ¿De dónde venís? -dijo, levantando su rifle-. No lleváis agua ni comida.
María Magra desabrochó el botón superior de su vestido. Antes de que el soldado pudiera apuntar su arma, ella se metió la mano por el escote y dio un paso adelante. Bebé hizo lo mismo. Los soldados no tuvieron tiempo de gritar ni de correr. Es más, daba la sensación de que las visitantes estaban abrazando a los hombres. Permanecieron así, sorprendidos e inmóviles, hasta que un soldado se agarró el vientre. Bebé dio un paso atrás. El mango de un cuchillo sobresalía en medio del cuerpo del desgraciado. Había hecho lo que Luzia y Baiano le habían enseñado. Había movido el cuchillo dentro del vientre en zigzag, con lo que la muerte era segura. Bebé y María Magra agarraron las armas de los soldados. Cerca de ellas, un trabajador de la carretera gritó y más soldados se dirigieron hacia las mujeres. Luzia apuntó con su rifle y disparó.
Algunas mujeres permanecían atrás durante los ataques, camuflándose como polillas del monte contra los árboles. Otras aprendieron a disparar y a apuñalar. Éstas peleaban al lado de Luzia y de sus maridos. Las mujeres atacaban sin adornos ni vanas demostraciones. Apuntaban a la cabeza. Les mordían las manos a los soldados para obligarlos a soltar sus pistolas. Las mujeres atacaban en silencio y de manera eficiente, con la misma distante frialdad que habían demostrado en sus vidas anteriores cuando retorcían el cuello a los pollos o cortaban las cabezas a las cabras, sabiendo de manera instintiva que esas tareas eran horribles, pero también necesarias para la supervivencia.
Luzia veía esta brutalidad y la comprendía. La sentía en ella misma. Los hombres podían jactarse y bromear durante los ataques porque ellos sólo se enfrentaban a la muerte. Los soldados querían sus cabezas y nada más. Con las cangaceiras las cosas eran diferentes. Si las atrapaban se enfrentaban a la vergüenza, a la violación y luego, si tenían suerte, vendría la muerte. Las mujeres peleaban con esto en la mente.
Los trabajadores se dispersaron. Sobresaltados por los fuertes ruidos de los disparos, los bueyes se alteraban, liberándose de las cuerdas que los ataban. Los animales no estaban acostumbrados a correr y se movían torpemente. Algunos caían y, al ser incapaces de levantar sus pesados cuerpos, aplastaban las tiendas y a los hombres que se habían refugiado dentro de ellas. Preocupada por sus propios hombres, Luzia apuntaba a las cabezas de los animales. Cuando estaba disparando, pensó en comer carne otra vez, en el rabo de buey y la carne asada. Su estómago protestó ruidosamente.
– ¡Bruja! ¡Serpiente! -gritó una voz detrás de ella.
Luzia se dio la vuelta. Vio a un hombre entre las grandes nubes de polvo y humo. Estaba armado con una pala y listo para atacar. Pero no lo hizo, sino que la miró a los ojos.
Antonio le había enseñado que la reputación de un hombre era su mayor arma. Una buena arma de fuego o el puñal más afilado eran inútiles en manos de un hombre sin reputación. Era el miedo de los adversarios, su temor, lo que lo salvaba a uno. Hacía que le temblaran las manos, arruinándole la puntería. Hacía que les sudaran las palmas de las manos, con lo que perdían el control de los mangos de sus cuchillos. Los volvía curiosos, con el deseo de ver a la Costurera antes de atacarla. Esto le daba tiempo a Luzia para disparar primero.
Cuando un ataque fallaba -porque les habían preparado una emboscada o los militares los perseguían- los cangaceiros se sentían avergonzados y furiosos. Luzia no necesitaba motivarlos para que atacaran otro puesto de avanzada de la carretera en construcción o una estación de telégrafos; hombres y mujeres, instintivamente, querían venganza. Pero después de un ataque con éxito, una vez que la euforia de la lucha desaparecía, los cuerpos de los cangaceiros empezaban a decirles que estaban cansados, hambrientos, heridos.
Sin embargo, a pesar de su fatiga, tenían que buscar y llevarse todo lo que pudiera ser útil, moviendo los cuerpos de los soldados para coger las armas y la munición, para encontrar comida entre bolsas y barriles. No había ninguna emoción en esto, ningún sentido moral. Los cangaceiros eran como los buitres, que dependen de los muertos para su supervivencia.
Luzia recorrió el puesto de construcción de la carretera, andando sobre carpas y cuerpos. Sus ojos lloraban por el humo. Parpadeó y se colocó bien las gafas. Pequeños fuegos brillaban por todo el campamento; la sangre atraía a las moscas, a los buitres, a toda clase de plagas y predadores de las tierras áridas. Los fuegos los mantendrían alejados hasta que los cangaceiros terminaran su trabajo.
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