– ¿Una reliquia? -replicó Eronildes, confundido-. Algo que es viejo. Inútil. Que ha sobrevivido más allá de su tiempo.
Antonio asintió con la cabeza. Sus dedos se apretaron sobre el frasco de gotas; Luzia temió que lo rompiera.
– ¿Por qué lo preguntas? -quiso saber Eronildes.
Antonio miró fijamente el doctor. Sus ojos estaban todavía humedecidos por las gotas; Luzia quería extender la mano y secarle el rostro, pero no se atrevió.
– Nunca molesté a la capital. Nunca llevé a mis hombres más allá de Limoeiro. Dejé tranquila la costa. Nunca me metí en sus asuntos. Ellos deberían mostrar el mismo respeto por mí, por mi territorio.
– No es un asunto de buenos modales, Antonio -explicó Eronildes en voz baja-. Las tierras áridas no son vuestras.
El lado sano de la frente de Antonio se arrugó.
– Los tiempos cambian -continuó Eronildes-. Tenemos que cambiar con ellos.
– ¿ O convertirnos en reliquias?
– Sí.
Antonio se aclaró la garganta como si fuera a escupir. Pero, en lugar de hacerlo, habló:
– Usted es un hijo de la ciudad, doctor. Yo soy un hijo de la caatinga. Y soy un hijo leal.
– ¿Leal a qué? ¿Al viejo estilo? -Eronildes sacudió la cabeza-. Tú quieres que la gente viva bajo el mismo yugo.
– Y usted quiere que ellos se sometan a nuevos yugos.
– La carretera no es un yugo, Antonio.
– La gente estará en contra de ella. Todos se pondrán de mi lado. Me ayudarán porque yo los ayudo. Son leales.
– No -replicó Eronildes-. La gente es inconstante. Convierte en héroe al primer hombre que encuentra hasta que aparece otro mejor. No hay lealtad aquí, Antonio. Sólo hay necesidad. La gente necesita comida. Necesita dinero y seguridad. A quienquiera que le dé más de eso lo considerarán un héroe. La recompensa por tu cabeza borrará toda lealtad.
– ¿Entonces usted es uno de ellos? -preguntó Antonio-. ¿Un hombre de Gomes?
Eronildes levantó sus manos manchadas por el sol, como si quisiera mostrar que estaba desarmado.
– ¿Qué otra cosa se puede ser, eh?
Antonio asintió con la cabeza. Se puso el artículo del periódico debajo del brazo y salió de la habitación con paso majestuoso, olvidando a Luzia. Cuando ella se movió para seguirlo, Eronildes dio la vuelta a su escritorio y la cogió por el codo lisiado. Avergonzado, la soltó rápidamente.
– Puedo pedir unas nuevas lentes para tus gafas -farfulló Eronildes-. Ésas están rayadas.
– Todavía me sirven -dijo Luzia-. Gracias.
– Vosotros…, Antonio no volverá aquí otra vez, ¿verdad? Ésta es la última vez.
Luzia asintió con la cabeza. Antonio recelaba de aquellos a quienes consideraba «hombres de Gomes», incluso si habían sido alguna vez sus amigos. El doctor se retorció las manos.
– Te pregunto esto como médico -susurró Eronildes-. Y como amigo. ¿De cuántos meses estás?
Luzia levantó la vista, sorprendida.
– Es por la cara -explicó Eronildes-. Los semicírculos oscuros debajo de los ojos. Y los pantalones -agregó, haciendo un gesto con la cabeza hacia la cintura de Luzia- apenas te los pueden abotonar.
La mujer sintió que su cara enrojecía. Los hombres -incluso los médicos- no hablan con las mujeres sobre esos asuntos. Sólo las comadronas se ocupan de los problemas femeninos, pero Luzia no tenía ninguna comadrona. No tenía ninguna guía.
– Han pasado tres lunas -respondió-. Desde que… -Sus palabras se detuvieron. No podía completar lo que iba a decir.
– Debes descansar -le aconsejó Eronildes-. Debes comer apropiadamente. Lo perderás si no lo haces.
– No. No éste. Éste se queda.
– ¿Abandonarás el grupo?
Luzia negó con la cabeza, sorprendida de que él siquiera considerara esa posibilidad.
– ¿Cómo criarás a ese niño? -le preguntó Eronildes, indignado. «Ese niño», dijo, como si no fuera de ella.
– Lo criaré como corresponde.
– ¿Dónde?
Ella se tambaleó, luego habló en voz baja:
– En algún sitio cerca del río. Vamos a comprar un terreno conel dinero del rescate.
Eronildes resopló.
– Eres tan terca como él. No pagarán. Y aunque lo hicieran, no serviría de nada. La tierra está muerta. ¡Ninguna plantación de algodón, ni siquiera la mía, aquí junto al río, ha florecido! Y si no llueve este año, ni siquiera la mandioca crecerá. Se morirá de hambre.
– ¿Adonde debo ir, entonces? -balbuceó Luzia, con un tono de voz inexpresivo-. ¿A una ciudad? ¿A la capital? Me moriría de hambre allí también. Nadie quiere contratar a un lisiado. Especialmente a uno con mi barriga.
– Podrías quedarte aquí.
– ¿Como su criada? -Luzia tosió. No dejó que el médico respondiera-. Antonio no me lo permitiría.
– Si te ama, lo hará.
Luzia nunca había escuchado a un hombre pronunciar en voz alta el verbo amar. Emília solía hacerlo, en susurros, antes de dormirse. Pero los hombres, especialmente los hombres de la caatinga, no decían esas cosas. Luzia apartó la cara de la mirada del doctor.
– Me han dicho que eres buena con las armas -dijo Eronildes.
– Sí -respondió Luzia, y su voz sonó demasiado fuerte-. Soy buena disparando.
– ¿Quién te enseñó a disparar?
– Antonio.
– ¿Porqué?
– Para que pueda defenderme yo misma -respondió Luzia, confundida. Sintió una cierta vergüenza por su habilidad para disparar, y estaba enfadada con Eronildes por hacer que se sintiera de esa manera-. Me enseñó porque me iba a ser útil.
– ¿O fue para ayudarse a sí mismo? -insistió el médico-. ¿Para que le fueras útil a él, ahora que su visión está fallando?
El corazón de Luzia latió desenfrenadamente. Era una imprudencia que le dijera a ella esas cosas. ¿Acaso no veía la Parabellum en su pistolera al hombro? ¿Eronildes no sabía de lo que ella era capaz? Las yemas de los dedos de Luzia rozaron la empuñadura de su arma.
– ¿Ahora estás pensando en dispararme? -preguntó Eronildes, con expresión triste-. Eso sería más fácil, ¿no? En lugar de escucharme. Ya lo ves, en cuanto uno recurre una vez a la violencia como solución, ya se siente tentado a hacerlo otra, y otra más. Hasta que un día, Luzia, ya no podrás decidir si usarla o no. Lo harás de manera automática y no podrás contenerte. ¿Cómo vas a criar a otro ser humano, cuando no puedes controlarte tú misma? ¿Qué le enseñará a este hijo suyo?
Luzia sintió que el pecho se le encogía y le cortaba el aliento.
– Usted nunca ha tenido que disparar -le dijo ella-. No sabe nada de eso.
Eronildes asintió con la cabeza.
– Eso es verdad. Pero sé de medicina. Sé lo que significa estar embarazada. Y tú sabes que no se espera que llueva. Sabes que tu marido atacará la carretera que planea construir el gobierno. No le dará paz. El país está cambiando, Luzia. Las regiones más remotas formarán parte del país, le guste a él o no. Si ese niño tiene suerte, morirá el día que nazca.
– ¿Me está echando una maldición? -preguntó Luzia.
– No creo en las maldiciones -respondió Eronildes-. Si tu hijo muere, no le eches la culpa a una maldición. Échate la culpa a ti misma.
Luzia abandonó el consultorio. Atravesó rápidamente los oscuros pasillos de la casa de Eronildes hasta que llegó a la puerta de la cocina. Fuera, desapareció entre la maleza, donde los cangaceiros habían levantado el campamento.
Luzia todavía recordaba su primer muerto y cómo eso la había cambiado. Un año y dos meses antes del secuestro de los cartógrafos, mientras Gomes organizaba su nuevo gobierno en la costa, Antonio también decidió reorganizarse: reunió a sus nuevos reclutas y regresó al rancho del coronel Clovis. Poco había cambiado en Santo Tomé desde su primera y desastrosa visita. El coronel Clovis todavía llevaba el pijama con un cuchillo metido en el cinturón. Marcos no era diferente, salvo por el anillo de boda de oro que llevaba en su grueso dedo. Se había casado, pero había dejado a su esposa en la ciudad costera de Salvador, protegida del sol y el polvo de las tierras áridas, y de sus cangaceiros. Cuando el grupo de Antonio se apoderó del rancho del coronel, dominando rápidamente a sus capangas, Marcos trató de escapar por la puerta trasera. Baiano lo detuvo. El coronel Clovis, por otro lado, permaneció sentado plácidamente en su sillón, en el porche.
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