Para mediados de febrero ya habían visitado diez o doce oficinas de telégrafos, pero no había llegado ningún telegrama del Instituto de Caminos. El polvo se levantaba del suelo en nubes de sucio color naranja, cubriendo las ropas de los cangaceiros, desluciendo el brillo del cuero de sus cartucheras y recubriendo el interior de sus bocas, para dejarlas ásperas, resecas. La vista de Antonio empeoraba. En el lado de la cara que tenía la cicatriz, el ojo lagrimeaba y le picaba. No podía quitarse la arena y el polvillo con simples parpadeos. Dado que el agua era demasiado preciosa para ser malgastada, se limpiaba el ojo con un pañuelo. Era inútil, su ojo se volvió oscuro y opaco como las canicas de los niños. Algunas noches, Antonio despertó en estado de pánico, preocupado porque su otro ojo también se estaba nublando. Rezó intensamente a santa Lucía. Finalmente, decidió cruzar el río San Francisco e ir a ver al doctor Eronildes.
El médico, como otros que había cerca de San Francisco, gozaba del lujo del agua. Mientras duraran los abastecimientos de alimentos, los pescadores y los agricultores arrendatarios podían permanecer en sus casas hasta que volviera a llover. A pesar de los beneficios de las aguas de Viejo Chico, la mayoría de los rancheros, y Eronildes también lo era, ya habían abandonado la región. El crash de 1929 y la crisis que le siguió habían sido los primeros golpes recibidos por los agricultores independientes; la sequía los debilitó aún más. La mayoría había abandonado sus granjas, lo que permitió que los coroneles de las cercanías se apoderaran de las tierras. El doctor Eronildes se negó a hacer lo mismo. A pesar de la sequía, se quedó.
Su rancho blanqueado se había desteñido hasta convertirse en una construcción amarillenta y sucia. El sol había desteñido el portón de la entrada hasta dejarlo gris y había hecho que sus maderas se astillaran y se combaran. Eronildes en persona abrió el portón. Las tensiones de la vida en la caatinga habían hecho estragos físicos en el médico. Manchas hechas por el sol salpicaban la piel debajo de los ojos del doctor ranchero. Su barba estaba mal afeitada. Un cinturón de cuerda reemplazaba el de cuero antes usaba. Cuando saludó a Luzia, le temblaban las manos. Ella percibió el olor del alcohol en su aliento.
Inmediatamente reconoció a cada uno de los cangaceiros. Esterilizó unas pequeñas pinzas y arrancó espinas de las dolorosas protuberancias rojas de su piel. Trató las heridas superficiales con algunas preciosas gotas de agua oxigenada y yodo, y advirtió a los hombres que no debían usar cuchillos oxidados. Por lo demás, recetó remedios de hierbas para aliviar la tos o el estreñimiento causado por la pobreza de la dieta. Con sus dedos delgados, inspeccionó los dientes y las encías de los hombres. Algunos estaban flojos y ensangrentados y el doctor Eronildes recomendó a los hombres que comieran cualquier fruta, silvestre o no, que pudieran encontrar. Cuando llegó a los cartógrafos, Eronildes se quedó en silencio. Les limpió los pies con lo que le quedaba de agua oxigenada. Luego echó una solución diluida de ácido carbólico sobre la piel destrozada, lo cual hizo que los cartógrafos respondieran con muecas. El doctor Eronildes le dijo a Ponta Fina que vendara los pies a los rehenes mientras llevaba a Antonio y a Luzia adentro. En su oficina privada, Eronildes le miró los ojos a Antonio.
– El izquierdo está bien -dijo Eronildes-. El otro ojo nunca quedará bien. Tendrás que soportarlo.
Abrió un armario de madera y buscó algo entre lo que allí había. Después de un rato, regresó con una ampolla de vidrio. Tenía una tapa de goma y un gotero para ojos.
– Vas a perder la visión en el ojo derecho -le informó Eronildes-. Pero esto te ayudará con las molestias del polvo. Es una solución para humedecer el ojo.
Antonio revisó la ampolla. Sin pedirle a Luzia que la probara primero, abrió la botella y echó unas gotas en su ojo nublado. Cerró con fuerza los ojos, luego se incorporó. Tenía la mejilla mojada.
– Le estoy muy agradecido -dijo Antonio-. Usted tendrá siempre mi protección.
Eronildes se secó las manos.
– Tengo algo que enseñarles -informó; luego pasó el dedo por el montón de periódicos que había junto a su escritorio. Sacó un Diario de Pernambuco fechado tres semanas antes-. Esto estaba en mi más reciente envío, el último. Ahora el río viene demasiado bajo para permitir navegar a las barcazas.
En la portada había un artículo sobre los cartógrafos. Luzia lo leyó en voz alta.
«Unos cuantos perversos ladrones no le negarán a la gente lo que necesita», habría dicho el teniente Higino Ribeiro, el nuevo líder del estado. Les aseguraba a los lectores que el gobierno enviaría más topógrafos. Iban a construir la carretera Transnordeste. El artículo hablaba de la tarea cumplida por los cartógrafos en beneficio de su país. Habían sido hombres honorables y espléndidos.
Gomes envió una carta desde el palacio presidencial de Río de Janeiro diciendo que los cangaceiros eran un pequeño obstáculo en el camino hacia un futuro más grande: «¡No hay sitio para ellos en el nuevo Brasil!». También se mencionaban las palabras del doctor Duarte Coelho, recientemente nombrado consejero especial del estado para asuntos relacionados con el delito. Ofreció una fuerte recompensa por las cabezas de los cangaceiros: 25 millones de reales por el Halcón y la Costurera. Los funcionarios municipales estaban tratando de definir la mente delictiva para establecer los criterios físicos que usarían para eliminar a futuros delincuentes, para saber cuáles podrían ser rehabilitados y cuáles debían ser condenados a desaparecer.
– Como cabras lisiadas -dijo Luzia-. Como becerras nacidas ciegas o sólo con un pezón. -Tales animales estaban condenados desde el principio, sus destinos establecidos por sus cuerpos y no por sus almas.
– Estamos en primera página; es un éxito -intervino Antonio, no haciendo caso a lo que ella decía.
– No deberías bromear -replicó el doctor Eronildes-. Ese artículo también se puede considerar una nota necrológica para los topógrafos. No pagarán por ellos. No les importan.
– Les importarán -aseguró Antonio-. Haré que les importen.
– ¿Cómo?
Antonio miró a Luzia.
– Nos sacaremos una fotografía todos nosotros. La prueba de que están vivos.
– No lo hagas -aconsejó Eronildes, con voz grave-. Les han puesto precio a vuestras cabezas. Vuestra protección es el anonimato. Si sacáis una fotografía, conocerán vuestras caras. Nunca seréis libres.
– Ya somos libres -replicó Antonio-. Pero si dejamos que esa carretera llegue aquí, no lo seremos. Será como un gigantesco cerco; Gomes lo usará para encerrarnos. Para empujarnos cada vez más hacia la caatinga hasta que ya no quede nada de ella. Y luego nos acorralará para sacrificarnos. Somos hombres, doctor, no ganado vacuno.
Eronildes suspiró. Cogió una botella de whisky White Horse y dos vasos de un estante. El doctor sirvió las bebidas. Cuando Antonio la rechazó, Eronildes rápidamente se bebió ambos vasos.
– Las cosas han cambiado -reflexionó el doctor, secándose la boca.
Antonio asintió con la cabeza.
– El whisky es más abundante que el agua en estos tiempos.
– No es eso lo que quiero decir -replicó Eronildes-. Permanecer aquí, en Bahía, no pondrá fin a los problemas. Bahía, Pernambuco, Paraíba…, todos los estados están unidos ahora bajo Gomes. Ninguno es más seguro que los demás. Si quiere dar un ejemplo de esos topógrafos, la ley tendrá que hacer lo mismo con vosotros.
– Gomes nunca se quejó cuando deteníamos a aquellos prófugos azules -dijo Antonio-. Pero cuando detenemos a sus hombres, pone precio a nuestras cabezas. -Bajó la mirada y jugueteó con el gotero para sus ojos-. Hay algo que quería preguntarle, doctor. ¿Qué es una reliquia?
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