Los militares no fueron los únicos que abandonaron sus puestos en la caatinga cuando Gomes se hizo cargo de Brasil. Insignificantes funcionarios del Partido Azul que ocupaban puestos en las tierras interiores -un puñado de comisarios, recaudadores de impuestos y algunos jueces- renunciaron y regresaron a la costa para intentar pasarse al Partido Verde, o para esconderse en el anonimato de las grandes ciudades. En las tierras áridas el orden quedó en manos de los coroneles y de los cangaceiros. Esto no era una novedad para la mayoría de los residentes de la caatinga. Para ellos, la revolución era sólo una disputa muy lejana. La gente se sentía aliviada de que no estuviera ocurriendo en sus propiedades. Estaban orgullosos de no tener esos disturbios entre ellos. Y, como ocurre en todas las disputas, sólo las mujeres manifestaban preocupación.
– Si hay una chispa cerca de un montón de sacos de arpillera, el diablo va a soplar seguro -le susurró la esposa de un agricultor a Luzia-. El fuego se extenderá sin remedio.
Los hombres no creían que la caatinga fuera a verse afectada por Gomes ni por nadie que tomara el poder en Brasil. El campo siempre había sido ignorado, y esta vez no iba a ser diferente. Antonio habló con muchos agricultores arrendatarios, y la mayoría reaccionaba curiosa y divertida ante Gomes y su revolución.
– A este Partido Azul lo han cogido por la cola -se burlaban los agricultores-. Ese Gomes es el presidente ahora. -Siempre decían «ese Gomes» y nunca «nuestro presidente», porque Gomes, a la vez que un político, era también un sureño, lo que lo convertía en doblemente ajeno. Incluso el título de presidente parecía remoto, como la elegante marca de un coche extranjero.
En público, la mayoría de los coroneles se reía de Gomes. En privado, creaban alianzas entre sí y buscaban la amistad y protección del Halcón. Incluso los peores coroneles, los que más odiaban a los cangaceiros, de pronto trataban de restablecer los lazos con Antonio. A los coroneles no les gustaba Gomes, debido a sus promesas de derechos para los trabajadores y voto secreto. No creían que el nuevo presidente fuera a conceder efectivamente estas cosas a los habitantes de la caatinga, pero el solo hecho de sacar el tema de tales reformas le daba a Gomes influencia entre la gente común. Los coroneles habían colaborado con gobiernos anteriores, dando los votos del campo a los candidatos a cambio de una casi total autonomía. Gomes no estaba dispuesto a semejantes intercambios; él nunca había tendido la mano a los coroneles y éstos se habían puesto en contra de él en las elecciones, antes de la revolución. Ante la nueva situación, les preocupaba que su antiguo apoyo al Partido Azul se volviera ahora en contra de ellos. O bien Gomes iba a decidir que el campo era demasiado complicado, como habían hecho los otros presidentes, o bien iba a tratar de cambiar las cosas. Si ocurría esto último, los coroneles temían que sus tierras fueran confiscadas. Esperaban a ver qué iba a hacer Gomes. Durante este tiempo, también hicieron planes por si sucedía lo peor. Si tenían que enfrentarse a la pérdida de sus tierras y títulos, los coroneles pelearían, y querían que el Halcón y su pequeño ejército estuvieran de su lado. Los coroneles también armaron a sus vaqueiros, agricultores arrendatarios y pastores de cabras.
– Todos los aldeanos tienen rifle en estos tiempos -decía a menudo Antonio, sacudiendo la cabeza. A él no le gustaba la mayoría de los coroneles y rara vez estaba de acuerdo con ellos, pero en ese momento compartía su preocupación. No quería que el gobierno de Gomes ni ningún otro tomara el control del campo. No creía en las promesas de igualdad de Gomes. Muchos otros políticos habían prometido lo mismo y nunca habían hecho nada. Antonio no veía a Gomes como un presidente, sino como otro tipo de coronel empeñado en adquirir tierras y poder.
Con armas fácilmente accesibles y sin soldados a la vista, creció la población de ladrones en la caatinga. Un coronel le pidió a Antonio que lo ayudara a interceptar a los ladrones de ganado. Un productor de algodón le pidió ayuda para resolver una disputa con su vecino, que había decidido cercar su propiedad. Un mercader le prometió un porcentaje de sus ganancias a cambio del derecho a decir que su negocio estaba bajo la protección del Halcón. Eso bastó para disuadir a los ladrones. El grupo del Halcón era conocido y, como dijo un comerciante, su palabra tenía la fuerza del hierro.
– El hierro se oxida -corrigió Antonio al hombre-. Mi palabra es de oro.
Después de la revolución, aparecieron varios grupos de imitadores de los cangaceiros que afirmaban ser hombres del Halcón.
Secuestraban a los hijos de los coroneles e intimidaban a los pueblos usando la fama de Antonio. También había comerciantes deshonestos que aseguraban estar bajo la protección del Halcón cuando no era así. Durante semanas, Antonio insistió en recorrer todo el estado para descubrir y castigar a esos embusteros. Orejita alentaba esos viajes. Finalmente, en Garanhuns, un pueblo de montaña, Luzia encontró a un fabricante de papel y le encargó seis cajas de blancas y gruesas tarjetas de visita con la letra «H» impresa en ellas. Cuando cerraban un trato, Luzia entregaba una tarjeta de visita a comerciantes y rancheros acompañada de un mensaje escrito con la impecable caligrafía de ella, que confirmaba que su protección era auténtica. Con la tarjeta de visita del Halcón, cualquiera podía atravesar tranquilamente las zonas más peligrosas de la caatinga. Para muchos, las tarjetas se volvieron más valiosas que el dinero.
Cada vez que Antonio castigaba a sus imitadores -los hacía arrodillarse delante de él y les clavaba su puñal en la base del cuello- dejaba una tarjeta de visita junto a los cuerpos caídos. Cuando cortaba las orejas a los ladrones o castigaba a los violadores de la misma manera que los agricultores tratan a los gallos viejos, castrándolos con dos golpes de cuchillo, Antonio dejaba una tarjeta como prueba de su paso. Luzia sabía que esos castigos no eran peores que aquellos que infligían los coroneles. Sabía que no era Antonio quien había enseñado la crueldad a sus hombres, sino las tierras áridas. Lo habían aprendido en sus duras vidas, siempre en el campo. Desde el momento en que habían empezado a andar, se les enseñó a apuñalar, a despellejar, a limpiar y a destripar. Se les enseñó a resolver las disputas por las bravas. Se les enseñó que en la caatinga no existe el ojo por ojo. Nada de venganzas proporcionales, nada de equivalencias. Sólo había que superar, aventajar en la represalia. Una vida por un ojo. Dos vidas por una. Cuatro por dos. Cuando los hombres se hacían cangaceiros ya sabían todo esto. Lo único que Antonio les había enseñado era a dominar su crueldad, a ejercerla de forma controlada. A hacer que fuera útil. Antonio insistía en que las personas a las que ellos atacaban debían haber sido irrespetuosas, o haber humillado a una mujer, o hecho trampa, o mentido, o robado, o cometido tales fechorías que merecieran un castigo. Luzia, al igual que los cangaceiros, tenía una certeza embriagada de la rectitud de Antonio, de su honestidad poderosa y envolvente, como el olor de la caatinga en flor.
Antonio insistía en que sus hombres y él no alquilaban sus servicios; simplemente hacían trabajos para los amigos. A cambio, los amigos les brindaban refugio y obsequios, nunca pagos en moneda. No necesitaban dinero… Sus morrales ya estaban repletos de fajos de billetes de mil reales. Por lo general, los obsequios eran armas de fuego y municiones. Durante la revolución y después de ella, cuando Gomes retenía la mayor parte de las municiones para sus tropas, los envíos al campo se volvieron escasos. Antonio almacenaba todo lo que podía.
Luzia, a su vez, acaparaba periódicos adquiridos en sus robos al Partido Azul. Después de la revolución, el Diario dejó de publicar su sección de sociedad. Sólo había fotografías de Celestino Gomes en el palacio presidencial de Río de Janeiro, donde había establecido su gobierno provisional. Y más adelante aparecieron retratos de los «tenientes», hombres del Partido Verde nombrados para gobernar provisionalmente cada uno de los estados hasta que se redactara una nueva constitución. El capitán Higino Ribeiro se convirtió en el teniente de Pernambuco. Durante semanas, la portada del periódico publicó su fotografía.
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