Dos hombres montados sobre unos caballos flacos cabalgaban junto a las mulas de carga. Uno de ellos era un individuo joven y flaco. Llevaba un guardapolvo de viaje que era como una inmensa capa que lo cubría. Su cara brillaba con el sudor. Los ojos estaban oscurecidos por gafas de sol. El otro hombre era más sensato, pensó Luzia. Menos vanidoso. Era de edad madura, corpulento, con piernas cortas y cabeza pequeña, como un armadillo. Había envuelto su guardapolvo de viaje y lo había puesto en su regazo. Llevaba un traje de algodón, manchado de gris amarillento por el polvo y ajustado con un grueso cinturón de cuero. Las gafas de sol colgaban sueltas del cuello. Un sombrero de paja le daba sombra a la cara.
Antonio atrajo a Luzia hacia él.
– Mi Santa -susurró-, hazle un agujero a ese sombrero. ¿Podrás?
Era una pregunta tonta. Después de tres años de práctica, Luzia podía poner una bala en la boca de una botella vacía de cachaza. Podía abollar una lata de brillantina a siete metros de distancia. Podía hacer añicos una rodilla, convirtiendo a un hombre en un lisiado tan inútil como un caballo herido. O podía apuntar con un propósito más definitivo, dejando su marca en una cabeza, una garganta o un pecho.
Luzia enderezó los prismáticos. Sus pestañas rozaron las lentes rayadas. Vio el sombrero de paja del viajero y apuntó más abajo, a la cinta del sombrero, pues sabía que su mano se desviaría hacia arriba. Contuvo la respiración.
Como si hubiera sido arrastrado por una ráfaga de viento, el sombrero voló de la cabeza del jinete corpulento. El caballo del hombre más joven se espantó con el ruido del disparo. El jinete cayó al suelo y giró sobre sí para evitar las pezuñas del caballo, enredándose en su guardapolvo de viaje. El mulero detuvo de un fuerte tirón a sus animales y metió las manos en su bolso de cuero. No tuvo tiempo de coger el arma. Antonio silbó. Un grupo de cangaceiros rodeó al mulero. Le quitaron su pequeño rifle de perdigones. Antonio salió de entre la maleza. Le ordenó al mulero que se desnudara hasta quedarse en ropa interior y que se fuera. El hombre obedeció, corriendo luego entre los árboles grises. Las mulas se agitaron.
El viajero joven con gafas de sol finalmente se puso de pie. Metió las manos entre los pliegues de su guardapolvo de viaje y buscó algo.
– Espero que esté usted buscando su pañuelo -dijo Antonio.
Baiano estaba detrás del joven, encañonándolo con un Winchester. El viajero se quedó inmóvil. Antonio le ordenó que se quitara el guardapolvo de viaje. En el bolsillo tenía una pequeña pistola de cañón corto. Antonio la cogió, luego llamó con un silbido al resto de los cangaceiros. Salieron de la maleza, quitándose los pañuelos para dejar sus caras al descubierto.
La vida en la caatinga había hecho que la piel de los hombres estuviera oscura y curtida. Les había hecho perder los dientes. Ponta Fina se había dejado crecer el bigote. Baiano se había afeitado la cabeza. Canjica había perdido un dedo jugando con el mosquete de caza de un niño, que había explotado en sus manos. La calva de Chico Ataúd había crecido, al igual que los pelos supervivientes, lo que le hacía parecerse a un fraile rebelde. Mechones de pelo rígidos, desteñidos por el sol, salían por detrás de las orejas de Orejita, lo que le daba un aspecto de cactus redondo y grueso. El que llamaban Inteligente todavía tenía la mirada infantil y el paso ágil, pero su cara tenía más arrugas y ya no podía cargar tanto peso al hombro. Debido a esto, los miembros más jóvenes de la banda se turnaban para llevar las dos Singer portátiles del grupo. Aquellas máquinas de coser provenían de los saqueos de las caravanas del Partido Azul. Antonio había hecho equipar una Singer con una aguja del fabricante de sillas de montar para decorar cuero. Ponta Fina, cuyas habilidades para el bordado empezaban a competir con las de Luzia, la ayudó a enseñar a coser a los nuevos reclutas. Ponta se había convertido en un hombre silencioso -ya no era objeto de las bromas del grupo, sino uno de sus miembros fundadores- y daba sus lecciones de costura de una manera seria y profesional. Algunos reclutas al principio rechazaron la costura. Pero después de algunas semanas descubrieron que la vida en las tierras áridas no estaba tan llena de acción como habían imaginado. Durante la temporada seca pasaban muchas horas a la sombra por la tarde, a la espera de que pasara el calor. La costura aplacaba el aburrimiento de los cangaceiros. Al poco tiempo, los nuevos reclutas -con la garganta irritada por el zumo del carnoso cactus xique-xique-solicitaron con voz ronca ser incluidos en las lecciones de Luzia y Ponta.
Luzia, como el resto de los hombres, abandonó su escondite. No volvió a colocar su Parabellum en la pistolera de hombro. Antes de que ella pudiera llegar hasta donde estaba Antonio, el viajero más viejo saltó del caballo. Sus piernas pequeñas hicieron que la operación fuera complicada. Se quitó la alianza y se la arrojó a Antonio.
– Aquí tiene -dijo.
El lado sano de la boca de Antonio se frunció en un gesto de sorpresa.
– ¿Por qué me da usted eso?
– Lléveselo. Es todo lo que tenemos.
– ¿Acaso se lo he pedido?
– No -respondió el hombre.
– Entonces vuelva a ponérselo o le disparo.
El hombre se puso el anillo en el dedo. Antonio sacudió la cabeza.
– Me han decepcionado -continuó-. Ustedes son hombres de ciudad. Sé que no nacieron en un corral de cabras. Sé que sus madres les enseñaron buenos modales. Pero antes siquiera de que yo pudiera presentarme, usted trata de sacar una pistola. Y usted… Ni siquiera he pronunciado una sola amenaza y usted me entrega su anillo de boda. ¿Qué diría su esposa?
El mayor de los hombres se miró las botas. El joven se levantó las gafas de sol. Habían dejado una marca roja alrededor de los ojos, que eran de color de avellana y con párpados pesados, como los de una lagartija teú. Hacían que su mirada pareciera perezosa, como si nunca nada lo impresionara.
– Mi Santa -gritó Antonio-, háblales o perderé la paciencia.
Luzia se situó junto a él. Los hombres de ciudad se quedaron mirándola con los ojos muy abiertos. Antonio sonrió.
– No es de buena educación mirar así a una mujer decente -señaló-, pero lo comprendo. No lo pueden evitar. No estiren sus cuellos.
Detrás de ella, Luzia escuchó la risa ahogada de algunos cangaceiros. Apretó con más fuerza su Parabellum. Al principio, le había gustado la fascinación de Antonio por su altura. Primero le susurraba sus cumplidos sólo a ella, pero a medida que su ojo se fue nublando, que sus hombros se fueron encorvando y su pierna lisiada se arrastraba, empezó a elogiarla delante de los otros. Cuanto más se deterioraba su propio aspecto, más se preocupaba Antonio por el aspecto de ella. Le llenó los dedos con anillos. Le regaló pañuelos de seda y un par de guantes de cuero para proteger sus manos de las espinas. Le regaló una pistolera de hombro y una Luger Parabellum, una pistola alemana semiautomática de ocho tiros, gatillo sensible y feroz culatazo. Hacía que Luzia echara los hombros hacia atrás y se estirara hasta adquirir su plena estatura, que mantuviera su brazo lisiado orgullosamente a un costado, en lugar de acunarlo sobre el pecho. Con el tiempo, la actitud de Luzia se volvió tan segura como su puntería, pero no estaba segura de si Antonio amaba su aspecto o la impresión que causaba.
– ¿Qué negocios les traen por aquí? -preguntó Luzia.
– No tenemos negocios -replicó el viajero más viejo-. Somos topógrafos.
– ¿Qué es lo que son? -quiso saber Antonio.
– Cartógrafos -espetó el más joven.
– Van en dirección equivocada -advirtió Antonio.
– No -dijo el más joven-. Vamos hacia el interior.
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