Carmen Posadas - La cinta roja
Здесь есть возможность читать онлайн «Carmen Posadas - La cinta roja» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:La cinta roja
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:4 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 80
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
La cinta roja: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La cinta roja»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
La cinta roja — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La cinta roja», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
Pese a los escasos recursos con los que se cuenta en una cárcel, las damas rivalizábamos para ver cuál de nosotras lucía un «tajo» más realista. A muchos ha maravillado la dignidad y desapego con los que (casi) todos nos enfrentábamos a la muerte, pero para nosotros nada tenía de extraño: era una representación teatral más, una bella forma de morir. Personalmente, lo que me resultaba más complicado de sobrellevar no era la idea de cómo me enfrentaría en su momento a la Louisette , puesto que tenía pensadas incluso las palabras que dirigiría a Sansón, el verdugo, antes de que éste me ayudara a poner la cabeza bajo la cuchilla. Lo más difícil para mí eran ciertas circunstancias de la vida en prisión. Y es que por mucho que se intentara fingir y teatralizar, había un momento en el que uno se reencontraba con la realidad, es decir, con la idea de que tal vez mañana fuera el último de nuestros días; también con la suciedad, con el hedor, con los gusanos y, sobre todo, con las ratas. Siempre he tenido horror a esos bichos. Detesto sus gemidos repugnantes, así como el rascar de sus diminutas uñas, y sobre todo aborrezco sus cuerpos gruesos, peludos, untuosos y esa intuición suya para saber cuándo pueden acercarse más de la cuenta. Durante el día, lograba más o menos mantenerlos a raya a base de sacrificar parte de mi ración de comida. Colocaba a tal efecto en un rincón y en un sitio algo elevado para dificultar su acceso un trozo de pan o, mejor aún, de tocino rancio, para que se arremolinaran allí dejándome en paz. Pero de noche se volvían insaciables. Las ratas sabían muy bien que estábamos a su merced, y con una insolencia verdaderamente inaudita se acercaban hasta mordisquearnos las orejas, los dedos y sobre todo los pies. Inmundos bichos; aún ahora, cuando tantos años han pasado, mis peores pesadillas no remiten a esos días en los que me esperaba una muerte segura, sino a sus mordiscos, de los que aún los dedos de mis pies guardan señales.
***
Fue durante una de esas noches llenas de ruido y ratas cuando trabé amistad con otra reclusa. Se trataba de una criolla natural de la Martinica que pocos días más tarde quedaría viuda de un noble de nombre Beauharnais. Su gracia completa era Marie Joséphe Rose Tascher de la Pagerie de Beauharnais, y la Historia la conoce ahora como la emperatriz Josefina, esposa de Napoleón.
Dicen algunos que Josefina (a la sazón Rose) sentía por mí algo más que un cariño amistoso. Señalan cómo, en la Francia de la Revolución, los amores lésbicos estaban considerados de buen tono y de muy alta cuna; no en vano, a María Antonieta se la consideraba hija aventajada de Lesbos. Nada tengo contra las hijas de tan bella isla, pero para hacer honor a la verdad, he de decir que ni María Antonieta ni yo, ni tampoco Josefina, pertenecimos a sus huestes. En cuanto a esta última, comprendo que su actitud en La Force y sobre todo sus palabras pudieran dar lugar a equívocos:
— Teresa, tesoro mío, hoy he soñado con nosotras y me he despertado llorando como siempre. Préstame tu bella mano para que compruebes cómo late mi corazón.
— Vamos, Rose–le decía yo riendo-. Tranquilízate y cuéntame tu sueño.
— Nos encontrábamos en el más hermoso jardín que puedas imaginar, ma belle , estábamos preparando un almuerzo campestre en el que había frutas de mi país y dulces de Oriente, y el más delicioso chocolate de las Américas. ¡Era todo tan hermoso! No puedo parar de llorar sólo con recordarlo.
Josefina poseía ciertos rasgos personales de los que me gustaría hablar. Uno era su sensibilité , tan del gusto de la época, que hacía que estuviera permanentemente deshecha en lágrimas (ya hablaré más adelante de esta, para mí, enojosa costumbre). Otro era su actitud cariñosa con todo el mundo, así como su amor por los dulces y chocolates, que, por cierto, ya por entonces había causado estragos en su hermosa sonrisa criolla. Frágil y sensual, la belleza de Josefina puede describirse como una de esos seres que arrebatan a los hombres apelando siempre a su instinto de protección. Tenía además una bonita cabellera de color castaño oscuro que solía adornar con turbantes a la moda de las Antillas. Era de mediana estatura y con un cuerpo muy juvenil a pesar de sus casi treinta años y del hecho de ser madre de dos hijos que rozaban la edad adolescente. Recuerdo haber pensado entonces que, si alguna vez salíamos de allí con vida, no le sería difícil encontrar un nuevo marido, algo muy necesario en su caso puesto que no contaba con fortuna. «El problema va a ser esa dentadura», me dije a continuación de este pensamiento, porque Rose tenía unos dientes deplorables. Eran pequeños y oscuros, e incluso le faltaban varios. Cuentan que, mucho más adelante, cuando ya era emperatriz de Francia, intentó conseguir de la reina María Luisa, esposa de nuestro Carlos IV, su secreto mejor guardado. María Luisa, que era italiana, había logrado que un misterioso artesano, de nombre Antonio Saelices, y que vivía refugiado (vaya usted a saber por qué) en Medina de Rioseco, le fabricara un nuevo e innovador artilugio: una dentadura postiza.
El problema con los inventos innovadores es que nunca están perfeccionados del todo, por lo que aquella castañeta sólo podía usarse para masticar, no para presumir. Cumplía con creces con su labor de moler la comida, pero como tenía los goznes demasiado rígidos, mantener la boca cerrada era poco más que un tour de force , y a cada rato el feliz poseedor del invento adquiría un aire muy… boquiabierto, en el más literal sentido de la palabra.
Sea como fuere, el problema dental de Rose cuando nos conocimos en prisión no era tan notable como lo sería más adelante, sin embargo, aun así me pareció labor de una buena amiga darle un consejo.
— Mira, Rose–le dije en una de aquellas interminables tardes en las que nos sentábamos a matar el tiempo hasta que el tiempo nos matara a nosotras-, si alguna vez salimos de aquí, hay una recomendación de belleza que voy a darte y que pienso que te será de gran utilidad.
— Lo que tú me digas, tesoro–respondió ella-, será más que bienvenido. No hay nadie tan bella como tú, Teresa, te agradezco mucho que pienses en esta buena amiga tuya que te adora.
Interrumpo este diálogo para llamar la atención del lector sobre varios datos más de la personalidad de la futura esposa de Napoleón que se desprenden de este parlamento. Por un lado, su almibarada forma de hablar y de dirigirse a mi persona. En esta particularidad se basan los que pretenden decir que Josefina estaba enamorada de mí. Yo no lo creo en absoluto. Su melosidad era consecuencia de la tierra que la vio nacer. Entre cacao y caña de azúcar, entre melaza y miel, todos los antillanos que he tenido oportunidad de conocer eran así, muy dulces (a veces demasiado) en su forma de expresarse.
— Venga, Teresa, prenda mía, cuéntame eso tan importante que ibas a decirme, yo me despierto todas las noches llorando por nuestra suerte.
El llanto. He aquí la otra particularidad del carácter de mi nueva amiga en la que vale la pena detenerse también. Josefina era una perfecta llorona. Yo siempre he sostenido que la risa y la sonrisa de Teresa Cabarrús fueron sus armas más imbatibles, pero Josefina pertenecía claramente a otra escuela. Ella todo lo anegaba en lágrimas, en melindres, en pucheros, aunque para no mentir hay que reconocer que no le fue nada mal con sus llantos. Su futuro marido consideraba trés sensibles dichas manifestaciones y así lo dejó escrito en la voluminosa correspondencia que de él se conserva. Me cuesta reconocerlo, pero los llantos de Rose la llevarían, andando el tiempo, mucho más lejos que a mí la risa.
Otro dato reseñable sobre Josefina era su interés por la cartomancia. Según ella, en la Martinica todas las señoritas de familia acomodada conocían los secretos de los naipes adivinatorios que aprendían de las viejas esclavas africanas. «Has de saber, Teresa–me dijo en una ocasión-, que yo estoy segura de que mi vida no acabará mirando «por la ventana revolucionaria». En realidad, no temo en absoluto al filo de la Louisette . La vieja Marie Celeste me leyó el futuro hace años y ella nunca se equivoca». Entonces Rose me contó cómo, junto a una prima hermana suya, había asistido un día a una fiesta campestre cerca de Tríos–Îlets, su pueblo natal, y allí se habían hecho leer la buenaventura por una conocida hechicera. Por lo visto, la vieja Marie Celeste había tomado primero la mano de la prima de Josefina y le había dicho que la esperaba un futuro glorioso, puesto que iba a ser madre de un rey. Las dos muchachas se rieron de tal ocurrencia, pero la hechicera dijo que nada tenía de gracioso y que el futuro deparaba aún más sorpresas a las dos primas Tascher de la Pagerie. «Tú, muchacha–le dijo entonces a Josefina-, no serás madre de ningún rey, pero en cambio serás emperatriz y la esposa del hombre más poderoso del mundo».
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «La cinta roja»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La cinta roja» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «La cinta roja» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.